Cuando pasó por Monza, era ya completamente de noche: no obstante esto, consiguió encontrar la puerta que conducía al verdadero camino. Mas nadie puede imaginarse en qué estado se hallaba dicho camino, y cómo se iba volviendo de un momento á otro. Sepultado (del mismo modo que lo estaban todos, como ya lo hemos dicho en otra parte) entre dos márgenes á semejanza de un álveo, se le hubiera podido dar el nombre si no de río, á lo menos de acueducto, encontrándose en una innumerable porción de sitios cenagosos, zanjas de las que podía retirar apenas sus zapatos, y repetidas veces sus pies. Mas iba saliendo sin impacientarse, sin jurar, sin arrepentirse. Reflexionaba que cada paso le acercaba al término de su viaje, y que el agua cesaría cuando Dios quisiera, que el día vendría á su tiempo, y que el camino hecho, hecho quedaba.

Renzo no calculaba que entonces no podía hacer otra cosa. Esto mismo era efecto de su distracción, porque el gran trabajo de su imaginación era recordar la historia de aquellos tristes años pasados; ¡tantos obstáculos, tantas adversidades, tantos momentos en que él había estado á punto de renunciar también á la esperanza y de creerlo todo perdido! oponía á esto, las revelaciones de un porvenir tan distinto, la llegada de Lucía, las bodas, el arreglo de la casa, y el placer de referir sus pasados infortunios, y toda su vida.

¿Cómo había de componerse para seguir adelante hallándose en un paraje en que los caminos se cruzaban en todas direcciones? Nosotros no podremos verdaderamente asegurar, si el poco conocimiento que tenía de dichos caminos, ó si el opaco brillo de las estrellas le hicieron encontrar siempre su precisa ruta, ó si la tomó á la ventura; pues él mismo, que tenía costumbre de contar detalladamente su historia con más amplitud que nosotros (y todo hace creer que nuestro anónimo se lo había oído referir varias veces), él mismo, al llegar á este punto, decía que no se acordaba de la expresada noche más que como un ensueño. Lo cierto es que al amanecer se encontró junto al Adda.

No había cesado de llover aún; pero el agua que caía á torrentes, veíase convertida en una lluvia fina, igual, penetrante; las nubes elevadas y caprichosas formaban un velo continuo, mas ligero y diáfano; y la luz del crepúsculo hizo descubrir á Renzo el paisaje de los alrededores. Era su pueblo, y á su vista sería difícil expresar lo que sintió. Únicamente diremos que aquellos montes, el vecino Resegon, y el territorio de Leceo le parecía que habían llegado á ser propiedad suya. Se miró á sí mismo, y á la verdad se vió tan mal pergeñado y tan raramente vestido de lo que jamás hubiera podido figurarse: su traje todo chorreando y pegado al cuerpo; su sombrero se había puesto muy blando, perdido la forma y enteramente calado; lleno de lodo hasta la cintura, y su desgreñado cabello caía sobre su cara á manera de madejas. Con respecto al cansancio, debía tenerlo, mas no lo advertía; pues el frío de la madrugada junto con el de la noche, y aquel pequeño baño, no le inspiraban otro deseo que el de caminar más apresuradamente.

Está ya en Pescate; costea aquel último trozo del Adda, arrojando, sin embargo, una melancólica mirada sobre Pescarenico; pasa el puente, y llega bien pronto atravesando campos y sendas á la morada de su amigo. Éste, que acababa de levantarse, estaba en el umbral de su puerta observando el tiempo; mas he aquí, que de repente mira hacia el lado por donde venía Renzo, quedándose estupefacto al ver aquella figura tan estrambótica, tan cubierta de barro, pero al propio tiempo tan viva y decidida: desde que existía no había visto un hombre peor arreglado, y á la vez más alegre.

—¡Hola!, dijo, ¡de vuelta ya, y con este tiempo! Vamos, ¿cómo ha ido?

—Está allí, está allí.

—¿Sana?

—Curada, que es todavía mejor. Debo dar gracias al Señor y á la Madonna mientras viva. Pero, ¡hay cosas grandes, cosas admirables! Luego te lo contaré todo.

—Mas, ¿cómo vienes tan estropeado?