—¿Estoy bonito, eh?

—Si te he de decir la verdad, no hay por donde cogerte. Pero, espera, espera que encienda una buena lumbre.

—Lo acepto de buena gana. ¿Sabes dónde me ha pillado la lluvia?: justamente en la misma puerta del lazareto. Pero, ¡esto no vale nada! El tiempo hace su oficio, y yo el mío.

El amigo se fué y apareció de nuevo en seguida con dos haces de maleza y algunos troncos de arbustos que colocó en el hogar. Renzo entretanto se había quitado el sombrero, y después de haberlo sacudido dos ó tres veces lo había arrojado al suelo; mas el jubón no se lo sacó con tanta facilidad. En seguida cogió su cuchillo, cuya hoja estaba toda mojada y tomada, lo dejó sobre una pequeña mesa, y dijo: “¡Esta hoja también se ha puesto buena! Pero, ¡es agua, es agua! ¡Loado sea el Señor!... Por poco no hago allí una... Después te lo contaré; y al decir esto, se restregaba las manos. Ahora hazme un favor: tráeme aquel lío de ropa que dejé arriba, porque antes que ésta se seque...”.

Al volver su amigo con dicho lío, le dijo: “Calculo que debes tener apetito, pues comprendo que en el camino habrás podido beber, pero comer...”.

—Compré dos panes, que fué lo que pude encontrar ayer á la caída de la tarde; mas á la verdad, desde que emprendí mi marcha, es lo único que ha entrado en mi estómago.

—Déjame hacer, dijo el amigo, después de lo cual echó agua en una pequeña caldera, que colgó de una cadena, y añadió: voy á ordeñar la vaca; cuando vuelva con la leche, el agua estará á punto, y haremos una buena polenta. Tú, entretanto, haz lo que mejor te parezca.

Habiendo Renzo quedado solo, se quitó, no sin costarle algún trabajo, el resto de sus vestidos, los cuales tenía pegados al cuerpo; se enjugó bien, y se vistió de nuevo de pies á cabeza. El amigo dió la vuelta al cabo de pocos instantes, y continuó haciendo su polenta, mientras que Renzo esperaba sentado.

—Ahora me voy sintiendo cansado, dijo: Hay una tirada muy buena. Pero esto no vale nada. Tengo tanto que contar, que hay para ocupar todo el día. ¡Cuán revuelto está Milán! ¡Es preciso verlo y tocarlo! ¡Es cosa de hacerle erizar á uno el pelo! ¡Y lo que han querido hacer conmigo los señores de allí! Ya lo oirás. ¡Mas si vieses el lazareto! se vuelve uno loco al aspecto de tantas desgracias. ¡Vamos! Ya te lo referiré todo... Ella está allí; tú la verás aquí; será mi mujer, y tú debes hacer de testigo, y aunque haya peste ó no, quiero que estemos alegres, á lo menos por algunas horas.

Por lo demás, cumplió lo que había prometido á su amigo, tocante á ocupar todo el día contándole lo que le había sucedido; tanto más, cuanto que no habiendo cesado de llover, pasó el día refugiado en la casa, ora sentado al lado de su amigo, ora ocupado en preparar tinas, cubas y demás utensilios para la vendimia, en lo cual Renzo no dejó de darle una buena mano; porque según solía decir, era de los que se cansan más sin hacer nada, que trabajando. Sin embargo, no pudo menos de dar una escapadita á la casa de Inés, con el objeto de ver de nuevo cierta ventana, y para ir á darse un restregoncito de manos. En efecto, lo verificó, volviendo en seguida sin ser visto de nadie, y se acostó. Levantóse antes de amanecer, y viendo que había cesado la lluvia, aunque el tiempo no estaba sentado del todo, se puso en camino para Pasturo.