Cuando llegó era todavía muy temprano, pero él tenía tantos deseos de lograr su intento, como el lector de que se acabe la presente historia. Se informó acerca de Inés, y supo que no tenía novedad, habiéndosele indicado la casa en que vivía. Dirigióse á ella; llamó desde la calle á Inés; al sonido de su voz, ésta se asomó presurosa á la ventana, y mientras permanecía con la boca abierta para pronunciar algunas palabras, ó acaso para exhalar un grito, Renzo se le anticipó diciendo: “Lucía está buena, la vi antes de ayer; me encarga que os salude, y que os diga que pronto va á venir. Y después, ¡tengo tantas y tales cosas que deciros!”.

Entre la sorpresa de semejante aparición, el contento que le había causado la noticia y el ansia de saber más, Inés prorrumpía tan pronto en una exclamación, tan pronto empezaba á hacer una pregunta, pero siempre sin concluir lo que iba á decir: en seguida, olvidando las precauciones que tenía costumbre de tomar hacía ya algún tiempo, dijo: “Voy á abriros”.

—Aguardad; ¿y la peste? Según creo, no la habéis tenido.

—Yo no; ¿y vos?

—Yo sí, pero vos debéis tener prudencia. Vengo de Milán, y durante dos días he estado metido hasta el cuello en medio del contagio. Es verdad que me he mudado de pies á cabeza, pero hay tal inmundicia, que se pega á veces á la carne como un maleficio; y ya que el Señor os ha preservado hasta ahora, quiero que os guardéis hasta que haya cesado la epidemia, porque sois nuestra madre, y deseo que vivamos juntos alegremente largos años, en compensación de lo mucho que hemos sufrido, á lo menos yo.

—Pero...

—¡Bah!, no hay pero que valga, replicó Renzo. Sé lo que queréis decir; con todo, ya veréis que el pero está de más. Vámonos á algún paraje que estemos al aire libre, que podamos hablar con comodidad y sin peligro, y veréis.

Inés le indicó un jardín que se hallaba situado detrás de la casa, y añadió: “Entrad en él y veréis dos bancos, uno enfrente de otro, que parecen colocados á propósito; yo voy en seguida”.

Renzo fué á sentarse en el uno; pocos instantes después, Inés se hallaba en el otro. Estoy seguro que si el lector, informado como está de todos los antecedentes, hubiese podido encontrarse allí como un tercero, ver con sus propios ojos aquella conversación tan animada, y escuchar con sus oídos aquellas narraciones, preguntas y explicaciones, aquel exclamar, condolerse y alegrarse, y D. Rodrigo, y el padre Cristóbal, y todo lo demás, y las descripciones del porvenir, claras y positivas, como las del pasado; estoy seguro, repito, que hubiera encontrado muchos encantos, y que habría sido el último en retirarse. Pero al ver dicha conversación sobre el papel, muda, sin colorido y sin ningún hecho ó suceso nuevo, soy de parecer que le es del todo indiferente, juzgando al propio tiempo que prefiere adivinarla por sí mismo. La conclusión fué que iría á establecerse cerca de Bérgamo, en el mismo paraje en que Renzo había empezado ya á hacer negocio; con respecto á la época, nada se podía decidir aún, porque dependía de la peste y de otras circunstancias. Quedaron pues en que tan pronto como cesara el peligro, Inés volvería á su casa para esperar á Lucía, ó que ésta, por el contrario, la aguardaría en ella: en el ínterin, Renzo haría algún viaje á Pasturo para ver á su madre y para informarse de lo que pudiera acontecer.

Antes de marchar le ofreció también dinero, diciendo: “Mirad, están todavía intactos: por mi parte he hecho voto de no tocarlos hasta que la cosa estuviese puesta en claro. Ahora, si los necesitáis, traedme una cazuela de agua y vinagre, y echaré en ella los consabidos cincuenta escudos relucientes y hermosos”.