He aquí la primera. Cuando Lucía volvió á hablar á la viuda de sus aventuras, más circunstanciadamente y con más orden que no lo había podido hacer en medio de la agitación de su primera confidencia, é hizo mención más expresa de la señora que le había dado asilo en el monasterio de Monza, comprendió cosas que, dándole la llave de muchos misterios, llenaron su alma de admiración, dolor y espanto. Supo por la viuda, que la desventurada, sospechándosela autora y cómplice de atroces y horribles crímenes, había sido trasladada por orden del cardenal á un convento de Milán; que allí, después de haberse entregado por algún tiempo á la rabia y á la desesperación, había concluido por enmendarse y acusarse á sí misma, y que su vida actual era un suplicio voluntario, tal cual nadie podría calcular más severo. El que desee conocer más detalladamente esta triste historia, podrá verla en el libro y lugar que ya hemos citado en otra parte, á propósito de la misma persona[24].

La segunda circunstancia es, que preguntando Lucía á todos los capuchinos que se hallaban en el lazareto por el padre Cristóbal, supo con más dolor que sorpresa, que había muerto de la peste.

Finalmente, antes de partir había también deseado saber algo de sus antiguos señores y cumplir con un deber suyo, según decía, si por fortuna existían. La viuda la acompañó á la casa, donde les dijeron que ambos habían fallecido. Tocante á D.ª Prajedes, diciendo que había muerto, está todo dicho; pero por lo que hace á D. Ferrante, como se trataba de un sabio, nuestro anónimo ha creído debía extenderse un poco más; y nosotros á nuestra cuenta y riesgo, trascribiremos según nos sea posible lo que dejó escrito.

Dice, pues, que desde que se empezó á hablar de la peste, D. Ferrante fué uno de los más decididos y constantes en negarla, y que sostuvo tenazmente hasta el fin dicha opinión, no con exclamaciones y gritos de rabia como el pueblo, sino con razones, á las cuales nadie podrá encontrar, á lo menos, falta de encadenamiento.

In rerum natura, decía, no hay más que dos géneros de cosas, á saber: sustancias y accidentes; y si yo pruebo que el contagio no puede ser ni lo uno ni lo otro, habré probado que no existe, que es una quimera. Las sustancias son materiales ó espirituales: que el contagio sea una sustancia espiritual, es un absurdo que nadie querrá sostener; así pues inútilmente hablaríamos de ello. Las sustancias materiales son simples ó compuestas: ahora bien, el contagio no es una sustancia simple; y si no, lo voy á demostrar en cuatro palabras. No es una sustancia aérea, porque si lo fuese, en vez de pasar de un cuerpo á otro, volaría con más prontitud á su esfera. No es acuosa, porque mojaría, y el viento la secaría. No es ígnea, porque quemaría. No es terrosa, porque sería visible. Tampoco es sustancia compuesta, porque entonces á cada momento debería ser sensible á la vista y al tacto; y dicho contagio, ¿quién lo ha visto? ¿quién lo ha tocado? Ahora nos queda que ver si es un accidente. Peor que peor. Esos señores doctores dicen que se comunica de un cuerpo á otro; éste es un asidero, éste el pretexto para dar tantas órdenes sin utilidad. Supongamos ahora que es un accidente: de todos modos sería un accidente transportado; y esto son dos palabras que luchan entre sí. En toda la filosofía no hay una cosa más clara que ésta, á saber; que un accidente no puede pasar de un objeto á otro; que si para evitar semejante Scilla, se reducen á decir que es un accidente producido, tropiezan en Caribdis; porque si es producido, no se comunica ni se propaga como van vociferando. Sentados estos principios, ¿de qué sirve que vengan á hablarnos de bubones, de granos, de carbunclos?...

—Todo es pura charlatanería, exclamó una vez, uno de los que le escuchaban.

—No, no, replicó D. Ferrante; yo no digo esto. La ciencia es siempre ciencia; únicamente que es preciso saberla emplear. Los bubones violáceos, parótidas, carbunclos negros, son todas palabras respetables que tienen su significación buena y bella, pero repito que nada tienen que ver con la cuestión. ¿Quién niega que pueda haber estas cosas, y también que las haya? Mas lo principal está en ver de dónde provienen.

Aquí empezaban las pesadumbres para D. Ferrante. Mientras que no hacía más que declamar contra la opinión de los que decían que era epidemia, por todas partes encontraba oídos benévolos, atentos y respetuosos; porque no hay necesidad de manifestar cuán grande es la autoridad de un sabio de profesión, cuando quiere demostrar á los demás cosas de que ya están convencidos. Pero cuando venía á distinguir y á querer probar que el error de los médicos no consistía en afirmar que existía una enfermedad terrible y general, sino en asignar la causa y los modos; entonces (hablo del principio, en que no se quería oir hablar de la peste), entonces, repito, en vez de oídos hallaba lenguas rebeldes é intratables; entonces no había otro medio que predicar, y no podía exponer su doctrina más que á trozos.

—He aquí verdaderamente la razón, decía, y están obligados á reconocerla, aunque ellos sostengan después otras cosas sin fundamento... Que nieguen, si pueden, esa fatal conjunción de Saturno con Júpiter. ¿Y cuándo se ha oído decir que las influencias se propagan?... ¿Y esos señores me querrán negar las influencias? ¿Me negarán que la tienen los astros?, ¿ó me querrán decir que se sostienen allá arriba, sin servir ni hacer nada, como una porción de cabezas de alfiler metidas en una pelota?... Pero lo que no me puede entrar de esos señores médicos es que ellos confiesan que nos hallamos bajo una conjunción sumamente maligna, y luego nos vienen diciendo, con la cara torcida: “¡No toquéis á esto, no toquéis á aquello, y estaréis seguros!”. ¡Como si el esquivar el contacto material de los cuerpos terrestres, pudiese impedir el efecto producido por la virtud de los cuerpos celestes! ¡Y tanto afanarse para quemar andrajos! ¡Pobre gente! ¿Quemaréis á Júpiter?, ¿quemaréis á Saturno?...

His fretus; que equivale á decir: con estos bellos principios no tomó ninguna precaución contra la peste; en su consecuencia fué atacado, se encaminó al lecho, se acostó, y murió como un héroe de Metastasio, emprendiéndola con las estrellas.