¿Y aquella su famosa librería? Acaso anda dispersa todavía por algunas partes.
NOTAS:
[24] Ripamonti. His. Pat., Dec. V., lib. VI., cap. III.
CAPÍTULO VIGÉSIMO
Cierta tarde, Inés oyó parar un carruaje á la puerta. “¡Es ella, no me cabe duda!” En efecto, era Lucía acompañada de la buena viuda. El lector podrá imaginar la acogida que recíprocamente se harían las tres mujeres.
Á la mañana siguiente muy temprano llegó Renzo, ignorante de lo que pasaba, y únicamente con el deseo de tranquilizar un poco su espíritu con Inés sobre la gran tardanza de Lucía. Los gestos que hizo y las cosas que dijo, lo dejamos á la penetración de los que lean este libro. Las demostraciones de Lucía fueron tales, que se necesita muy poco para describirlas. “¿Cómo estáis?”, dijo con los ojos bajos, pero sin inmutarse. No se crea que Renzo encontrase este recibimiento frío, ni tampoco que se alarmara; antes al contrario, lo tradujo á su favor; y como entre gentes bien educadas se debe ser avaro de cumplimientos, comprendió perfectamente el sentido oculto de aquellas palabras. Por lo demás, era fácil conocer que tenía dos modos de pronunciarlas, el uno para Renzo, y el otro para todo el mundo que pudiese conocerla.
—Yo estoy bueno cuando os veo, repuso el joven.
—¡Pobre padre Cristóbal!, dijo Lucía, rogad por su alma; á pesar de que casi estoy segura que en este momento él ruega en el cielo por nosotros.
—Demasiado me lo esperaba que sucedería esto, replicó Renzo. Y no fué ésta la sola cuerda triste que se tocó en aquella conversación. Pero ¡qué!, de cualquiera cosa que se hablase, el coloquio concluía por ser alegre y delicioso. Como aquellos caballos fogosos que se encabritan y levantan una mano, y después otra, volviéndolas á colocar en el mismo sitio, haciendo mil movimientos antes de dar un paso, y luego de repente emprenden su carrera como si fuesen llevados por el viento; del mismo modo había cambiado el tiempo para Renzo; un poco antes los minutos le parecían horas; después por el contrario, éstas le parecían minutos.
La viuda, no sólo no empeoraba la sociedad, sino que antes bien contribuía á mejorarla; y ciertamente, Renzo, cuando la vió la vez primera acostada en aquel miserable lecho, estaba muy lejos de imaginar que pudiese tener un genio tan sociable y divertido. Mas el lazareto y el campo, la muerte y las bodas, son cosas sumamente distintas. Ella se había ligado ya con Inés con la mayor intimidad; con Lucía era un gusto el verla tan alegre y cariñosa, dándole bromas con dulzura y gracia, sin ser pesada, hasta tanto que la obligaba á demostrar toda la alegría que rebosaba en su corazón.