Renzo dijo por último que iba á ver á D. Abundio á fin de ponerse de acuerdo con él para los desposorios. Fué en efecto; y con cierto aire burlón y respetuoso á la vez, le dijo: “Señor cura, ¿os ha pasado ya aquel dolor de cabeza que os impedía el casarnos? Ahora es tiempo; la novia se halla aquí, y yo también estoy á vuestra disposición para que me indiquéis la hora que os venga bien, rogándoos que esta vez lo dispongáis con la prontitud que os sea posible”.
D. Abundio no se atrevió á decir que no quería; mas empezó á balbucear, presentando algunas escusas, y haciendo ciertas observaciones.
—Comprendo, dijo Renzo; os queda todavía un poco de aquel dolor de cabeza; pero escuchad, escuchad. Y se puso á describir el estado en que había visto al infortunado D. Rodrigo, el cual seguramente á aquellas horas ya no existía. “Esperemos, añadió, que el Señor habrá usado con él de misericordia”.
—Ello no se ha de verificar aquí, repuso D. Abundio. ¿Por ventura, os he dicho que no? Yo no digo que no; hablo... hablo para daros algunas justas razones... Por lo demás, mirad; mientras que el hombre tiene un soplo de vida... Contempladme: yo soy un mueble cascado; he estado también más cerca de la muerte que él, heme aquí sin embargo; y... si no vuelven á caer sobre mí nuevas pesadumbres... ya, ya... espero aún vivir un poquito más. Figuraos luego ciertos temperamentos... pero como digo, esto no hace al caso.
Después de algunas preguntas y respuestas, ni más ni menos concluyentes, Renzo le hizo un profundo saludo, volvió á su morada, refirió la conversación que había tenido, y acabó diciendo: “Me he venido en seguida porque ya estaba hasta aquí; y al pronunciar estas palabras colocaba su dedo índice sobre la frente, y no quise arriesgarme á perder la paciencia, y también el respeto. En ciertos momentos era exactamente el D. Abundio de antes; me quería entretener aún con su acostumbrada palabrería; y estoy seguro de que si me hubiese detenido un poco más, habría sacado á plaza algún latinajo. Estoy viendo que quiere dar de nuevo largas al asunto, y por consiguiente que valdrá más, como él dice, que vayamos á casarnos donde vamos á vivir”.
—¿Sabéis lo que haremos?, dijo la viuda; iremos nosotros á probar fortuna, á ver si conseguimos algo más; así como así tengo grandes deseos de conocer á ese hombre, principalmente siendo como vos decís. Nos dirigiremos allá después de comer, para no volver á atacarlo tan pronto. Ahora, señor esposo, acompañadnos á dar un paseo, mientras que Inés despacha sus haciendas, que yo serviré de mamá á Lucía; pues tengo grandes deseos de ver un poco más de cerca estas montañas, y este lago, del cual tanto tengo oído hablar, porque lo que he visto me ha parecido sumamente hermoso.
Renzo las condujo antes de todo á casa de su huésped, donde éste los obsequió; haciéndole prometer que no sólo aquel día, sino todos, si podía, iría á comer con ellos.
Después de haber paseado y comido, Renzo partió precipitadamente, sin decir adónde iba. Las mujeres permanecieron un buen rato discurriendo y concertando los medios de comprometer á D. Abundio; y por último se encaminaron á dar el asalto.
“Aquí están ellas”, dijo éste entre sí; pero las recibió con muy buen semblante, haciendo grandes demostraciones de alegría á Lucía, con mil enhorabuenas á Inés, y muchos cumplidos á la forastera. En seguida las hizo sentar, y al momento entró á hablar de la peste. Deseó oir de la boca de Lucía del modo que había pasado aquellos aflictivos días. El lazareto proporcionó también que hablara la que había sido su compañera; luego D. Abundio, como era muy justo, habló igualmente de su borrasca; y se regocijaba, á más no poder, de que Inés hubiese tenido la dicha de escapar. La conversación, sin embargo, se arrastraba lánguidamente; desde las primeras palabras, las dos mujeres estaban espiando la ocasión oportuna para hablar del motivo esencial de su visita. En fin, no se sabe á punto fijo cuál de las dos rompió la valla. Pero, ¿qué medio? D. Abundio estaba enteramente sordo, cuando se tocaba el consabido asunto. Con todo, nunca decía que no; pero siempre volvía á sus tergiversaciones y á sus dudas; como el pájaro que salta de rama en rama... “Sería indispensable, decía, hacer levantar la orden de prisión. Vos, señora, que sois de Milán, conoceréis poco más ó menos el curso que llevan estas cosas; tendréis algún buen influjo, algún caballero poderoso; pues ya sabéis que con estos medios se cicatrizan todas las llagas. Si después se quería ir por el camino más corto, sin meterse en honduras, ya que los jóvenes y la buena Inés quieren expatriarse (y aquí no puedo menos de decir que la verdadera patria es aquella en donde á uno le va bien), soy de parecer que podría verificarse todo, en donde no hay orden de prisión, ni obstáculo alguno que se oponga. No veo la hora de ver terminada esta alianza; pero quisiera que se concluyese tranquilamente. Digo la verdad: aquí con esa malaventurada orden en pie, ir á vociferar el nombre de Lorenzo Tramaglino, no las tendría todas conmigo; lo aprecio demasiado, temería prestarle un flaco servicio. Vos misma lo podéis conocer”.
En esto, tan pronto Inés, como la viuda le rebatían los anteriores razonamientos; mas D. Abundio los reproducía bajo otra forma. Nada se adelantaba, pues siempre volvían al principio; cuando he aquí que entró de pronto Renzo con andar resuelto y el aire de traer alguna importante noticia: en efecto, en el instante mismo, dijo: “Ha llegado el señor marqués de ***”.