—¿Qué significa esto?, ¡llegado!, ¿adónde?, preguntó D. Abundio levantándose.

—Ha llegado á su palacio, que era el de D. Rodrigo; porque dicho señor marqués es el heredero fidei-comisario, según dicen; por lo tanto, no hay lugar á duda. Por lo que á mí hace, tendría una gran alegría si supiera que ese infeliz ha muerto cristianamente. Á buena cuenta, hasta ahora había rezado por él algunos padrenuestros, y ahora le cantaré el De profundis. Por lo demás, me han dicho que el expresado señor marqués es un excelente caballero.

—Seguramente, dijo D. Abundio, he oído hablar de él muchas veces á un buen señor de esos chapados á la antigua. Pero, ¿es cierto que?...

—¿Creéis al sacristán?

—¿Por qué?

—Porque él lo ha visto con sus propios ojos. Yo he estado solamente en los alrededores, y á decir verdad, he ido á propósito, porque he pensado que allí debería saberse algo; y más de una persona me ha dicho lo mismo. Luego he encontrado á Ambrosio que venía de allá, y que lo ha visto, según he dicho, hacer de amo. ¿Queréis oirlo de la misma boca de Ambrosio? Precisamente he dispuesto que esperase ahí fuera.

—Oigámosle, dijo D. Abundio. Renzo fué á llamar al sacristán. Éste confirmó la noticia punto por punto: añadió á ella algunos detalles; disipó todas las dudas, y después partió.

—¡Ah, conque ha muerto!, ¡ha dejado verdaderamente de existir!, exclamó D. Abundio. ¡Mirad, hijos míos, cómo al fin la Providencia llega también al fin para cierta clase de gente! ¡Sabéis que es una cosa grande, una felicidad suprema para este pobre país!, porque con semejante hombre no se podía vivir. Esta epidemia ha sido un gran azote; mas al propio tiempo también una buena escoba, porque ha barrido ciertos sujetos, de los cuales, hijos míos, jamás hubiéramos podido librarnos. ¡Quién había de haber dicho que el que estaba destinado á hacerle las exequias se hallaba aún en el seminario estudiando el musa musæ! En un abrir y cerrar de ojos han desaparecido á cientos. Ya no los veremos dar vueltas con su séquito de tunantes, con aquella arrogancia y orgullosos ademanes, lanzando sus insultantes miradas á todos, como si los demás estuvieran en el mundo por un favor especial que ellos se dignaban hacerles. Entretanto, ya no existen, y nosotros sí. Ya no mandarán más mensajes á la gente de bien. Nos han causado grandes molestias; pero mirad, también ahora las podemos contar.

—Yo lo he perdonado de todo corazón, dijo Renzo.

—Y cumples con tu deber, replicó D. Abundio; pero al mismo tiempo debemos dar gracias al cielo por habernos librado de él. Mas al presente; volviendo á vosotros, os repito como siempre que hagáis lo que mejor os parezca. Si queréis que os case, aquí me tenéis; si os parece cómodo de otro modo, hacedlo. Con respecto á la orden de prisión, veo también que como no hay nadie que os observe ni que quiera haceros daño, no es cosa que os pueda dar mucho cuidado, tanto más, cuanto que se ha dado un indulto con motivo del nacimiento del serenísimo infante. Y después, ¡la peste! ha sepultado muchas y grandes cosas. Por lo tanto, si queréis... hoy es jueves... el domingo os amonestaré; porque aun cuando ya se ha hecho una vez, no sirve de nada por haber transcurrido mucho tiempo, y luego tendré el gusto de casaros.