—Vos sabéis muy bien que justamente hemos venido para esto, dijo Renzo.

—Ciertamente, y os serviré; y quiero dar aviso de ello á su eminencia.

—¿Quién es su eminencia?, preguntó Inés.

—Su eminencia, contestó D. Abundio, es nuestro cardenal arzobispo, á quien Dios conserve.

—¡Oh!, en cuanto á eso, perdonadme, replicó Inés; pues á pesar que no soy más que una pobre ignorante, puedo asegurar que no se le llama así, porque cuando fuimos por segunda vez á hablarle, como yo os hablo ahora, uno de aquellos señores sacerdotes me llamó aparte y me enseñó cómo se debía tratar al expresado señor, siendo necesario decirle su señoría ilustrísima y monseñor.

—Y al presente, si debiese enseñaros de nuevo, os diría que le llamaseis eminencia; ¿habéis entendido? Porque el papa, á quien Dios también conserve, ha prescrito desde el mes de junio que se dé este título á los cardenales. ¿Y sabéis por qué ha resuelto esto? Porque el tratamiento de ilustrísima que estaba reservado á ellos y á los príncipes, estáis viendo ahora mismo con cuánta prodigalidad se da y cuántos lo toman voluntariamente. Á semejante escándalo, ¿qué había de hacer el papa?, ¿quitárselo á todos? Esto hubiera hecho nacer quejas, reclamaciones, desgracias y disgustos, y al fin y al cabo habría quedado lo mismo que antes. El papa ha ideado, pues, un excelente medio. Poco á poco se empezará á dar eminencia á los obispos; los abades la querrán también; luego los deanes; porque los hombres son así, siempre quieren subir y subir; después los canónigos...

—¿Y los curas?, interrumpió la viuda.

—No, no, replicó D. Abundio; los curas para tirar de una carreta; no tengáis miedo que les hagan tomar malos hábitos; los curas serán reverendos hasta el fin del mundo. Más bien, no me sorprendería nada absolutamente que los caballeros que están acostumbrados á oirse llamar ilustrísima y á ser tratados como cardenales, quisieran un día que se les diese el tratamiento de eminencia; y si lo desean llegarán á conseguirlo. ¿Y entonces el papa que hará?, ¿hallará otra cosa para los cardenales? Pero volvamos á nuestro asunto: el domingo os publicaré en la iglesia, y entretanto, ¿sabéis lo que he pensado para servir mejor? Mientras, pediremos la dispensa para las otras dos amonestaciones. En la curia deben tener mucho que hacer para ocuparse en dar dispensas, si las cosas están tan revueltas como aquí. Para el domingo tengo ya... una... dos... tres, sin contar con vosotros; y puede que todavía haya alguna otra. El fuego ha prendido; parece que de aquí en adelante nadie quiere vivir solo. ¡Qué mal ha hecho Perpetua en morirse ahora! pues al presente ella habría encontrado también esposo. ¿Y en Milán, señora, me figuro que será lo mismo?

—Exactamente. Sabed, pues, que sólo en mi parroquia, el domingo pasado, se han celebrado cincuenta matrimonios.

—¡Cuando yo lo digo!, el mundo no quiere acabarse... ¿Y á vos, señora, no han empezado á revolotear en torno algunos moscones?