—Pero, continuó el Incógnito, anímala.

—¿Qué he de decirle?

—¿Qué has de decirle?, anímala, te repito. ¿Has llegado por ventura á tu edad sin saber cómo se inspira el ánimo á una criatura cuando es preciso? ¿Tu corazón no ha sido lacerado por ninguna clase de aflicciones? ¿Has tenido miedo alguna vez? ¿Ignoras las palabras que agradan en semejantes momentos? Dile de estas palabras; búscalas en el recuerdo de tus desgracias: anda.

Luego que la vieja hubo partido, el Incógnito permaneció algún tiempo en la ventana, con los ojos fijos sobre el carruaje, que ya aparecía mucho mayor; en seguida los levantó al sol, que en aquel instante se ocultaba detrás de la montaña; luego miró las nubes esparcidas por la atmósfera, cuyo color oscuro se cambió de repente en color de fuego. Retiróse de la ventana, la cerró y se puso á pasear de arriba abajo por la estancia, con el paso de un caminante que lleva prisa.

NOTAS:

[1] Mala noche.

CAPÍTULO TERCERO

La vieja se había apresurado á obedecer y á mandar con la autoridad de un nombre que por cualquiera que fuese pronunciado en aquel paraje, hacía brincar á todos, porque á nadie le pasaba por la imaginación que hubiese una sola persona que se sirviese de él falsamente. En efecto, se halló en la Malanotte un poco antes de llegar el carruaje; al verlo venir, salió de la litera é hizo una señal al cochero para que parase; se acercó á la portezuela, y refirió en voz baja á Nibbio, que había sacado la cabeza fuera, las órdenes del amo.

Lucía, al detenerse el carruaje, se estremeció y salió de la especie de letargo en que estaba sumida. Sintió que se le agolpaba toda la sangre en la cabeza, abrió la boca y los ojos, y miró á todas partes. Nibbio se había hecho un poco atrás, y la vieja, con la puntiaguda barba sostenida en la portezuela, mirando á Lucía, decía: “Venid, niña mía: venid, pobrecita; venid conmigo; pues tengo orden de trataros bien y de tranquilizaros”.

Al sonido de una voz de mujer, la desventurada experimentó cierto consuelo y valor momentáneo; pero en seguida volvió á caer en un más profundo terror. “¿Quién sois?”, dijo con voz trémula, fijando sus miradas atónitas en el semblante de la vieja.