—Venid, venid, pobrecita, seguía ésta repitiendo.

Nibbio y sus dos compañeros, adivinando por las palabras y por la voz tan extraordinariamente sosegada de la vieja cuáles fuesen las intenciones de su señor, trataban por medios suaves de persuadir á la infortunada á que se manifestase obediente; mas ella continuaba mirando á su alrededor; y aunque el lugar solitario y desconocido, y el aire de seguridad de sus guardianes no le dejaban concebir esperanza alguna de socorro, sin embargo, abrió la boca para gritar; pero viendo á Nibbio que le enseñaba el pañuelo, se detuvo, y se puso á temblar; después de lo cual la cogieron y la metieron en la litera, entrando la vieja en pos de aquélla. Nibbio ordenó á los otros dos bribones que fuesen escoltándola, acudiendo él al llamamiento de su señor.

—¿Quién sois?, preguntaba Lucía con ansiedad á la vista de aquel semblante desconocido y deforme: ¿por qué me encuentro en vuestra compañía?, ¿en dónde estoy?, ¿adónde me conducís?

—¡Á la morada del que quiere haceros bien, respondió la vieja! ¡Dichosos aquellos á los que él quiere hacer bien! ¡Para vos es una felicidad, una verdadera felicidad. No tengáis miedo; alegraos, pues me ha mandado que os tranquilice. ¿Se lo diréis, eh?, ¿le diréis que os he tranquilizado?

—¿Quién es?, ¿qué quiere de mí? Yo no le pertenezco. Decidme en dónde estoy, dejadme marchar; decid á esos hombres que me dejen ir, que me lleven á alguna iglesia. ¡Oh, vos que sois una mujer!, ¡en nombre de la Virgen María!...

Este santo y dulce nombre, repetido con veneración en los primeros años, y luego nunca más invocado en muchísimo tiempo, ni acaso oído proferir, causaba en la mente de la desventurada que lo escuchaba en aquel momento una impresión confusa, extraña, lenta, como el recuerdo de la luz en un anciano, ciego desde niño.

Mientras tanto el Incógnito, de pie en la puerta del castillo, miraba al camino; veía venir la litera muy despacio, como antes el carruaje, y á Nibbio subir precipitadamente, adelantándose á la litera, cuya distancia se aumentaba más á cada paso que ésta daba. Cuando llegó arriba, el señor le hizo seña de que le siguiese, dirigiéndose con él á una de las habitaciones del castillo.

—¿Y bien?, dijo parándose.

—Todo ha salido á pedir de boca, respondió Nibbio, inclinándose respetuosamente: el aviso á tiempo, la mujer también, el paraje solitario, un solo grito, ningún aparecido, el cochero pronto, ágiles los caballos, ningún encuentro: mas...

—¿Mas qué?