—Mas... digo la verdad; hubiera querido mejor que la orden hubiese sido la de descargarle un arcabuzazo en las espaldas, sin oirla hablar, sin verle el rostro.
—¡Hola, hola! ¿Qué es lo que quieres decir?
—Quiero decir, que todo aquel tiempo... me ha causado mucha compasión.
—¡Compasión! ¿Qué entiendes tú de compasión?, ¿sabes acaso lo que es?
—Jamás la he comprendido como ahora: la compasión es una cosa parecida al miedo; si uno se deja apoderar de ella, es hombre perdido.
—Oigamos cómo se ha compuesto para moverte á compasión.
—¡Oh, ilustrísimo señor!, ¡tanto tiempo!... Orar, suplicar de cierto modo, y volverse pálida, pálida como la muerte; y después sollozar y rezar de nuevo, y ciertas palabras...
“No quiero á esa mujer en mi castillo”, decía para sí entretanto el Incógnito; “he sido un bruto en empeñarme en semejante cosa; mas lo he prometido... en fin, lo he prometido... Cuando estará lejos..”. Y levantando la cabeza, en actitud de mando, hacia Nibbio: “ahora deja la compasión á un lado”, dijo; “monta á caballo, toma un compañero, dos si quieres, y vuela al palacio del consabido D. Rodrigo. Dile que mande... pero que sea pronto, pronto; porque de otro modo...”
Mas otro no interior más imperioso que el primero, le impidió el concluir la frase. “No”, dijo con voz resuelta, como para manifestarse á sí mismo el mandato de aquella voz secreta: “no, vete á descansar, y mañana por la mañana... harás lo que te diga”.
“Es preciso que esa muchacha tenga algún demonio que la proteja”, pensó en seguida. Habiendo quedado solo, de pie con los brazos cruzados sobre el pecho, y la mirada inmóvil sobre cierta parte del pavimento, en donde los rayos de la luna, entrando por una elevada ventana, dejaban ver un cuadrado de pálida luz, cortado á trechos por la sombra de los barrotes de hierro, y atravesado en divisiones de los vidrios; “algún demonio ó... ángel que la defienda... ¡Causar compasión á Nibbio!... Mañana, mañana muy temprano, es indispensable que esa mujer esté fuera del castillo; que vaya á su destino, y que no se hable más de esto; y después proseguía, con ese ademán con el cual se intima una orden á un niño indócil: ¡jum!, ¡que no se hable más de esto! Que ese animal de D. Rodrigo no me venga á romper la cabeza con sus gracias; porque... no quiero oir hablar más de semejante cosa. Lo he servido, porque... se lo prometí; y se lo prometí... porque... era mi destino. Mas yo haré que me pague este servicio con usura. Vamos á ver...”.