Y él trataba de imaginar una empresa difícil que encargarle en compensación y como en represalias; pero vinieron á atravesársele de nuevo en la mente estas palabras: “¡Causar compasión á Nibbio! ¿Cómo ella puede haberlo conseguido?, se decía arrastrado por aquel pensamiento. Quiero verla... ¡oh!, no... Sí, quiero verla”.
Y de una en otra estancia, llegó á una escalerilla; subióla á tientas, se encaminó á la habitación de la vieja, y llamó á la puerta por medio de un puntapié.
—¿Quién es?
—Abre.
Á aquella voz, la vieja dió un salto: en el mismo instante se oyó descorrer el cerrojo, y la puerta se abrió de par en par. El Incógnito, desde el umbral, lanzó una ojeada al interior, y á la luz de una lámpara que ardía encima de la mesa, vió á Lucía echada en el suelo, en el rincón más lejano de la puerta.
—¿Quién te ha mandado que la arrojases ahí como un lío de trapos viejos, desgraciada?, dijo á la vieja con ademán iracundo.
—Se ha puesto donde ha querido, contestó ésta humildemente; he hecho todo lo posible para tranquilizarla; ella misma os lo podrá decir; pero no he sido escuchada.
—Levantaos, dijo á Lucía, aproximándose á ella; mas ésta, á quien el modo de llamar, el abrir, la aparición de aquel hombre, sus palabras, habían infundido un nuevo espanto en su espíritu alarmado, se acurrucó más y más en el rincón, con el rostro oculto entre sus dos manos, inmóvil, silenciosa y sobrecogida de un temblor general.
—Levantaos, que no quiero causaros ningún mal... y puedo dispensaros mucho bien, repitió el señor. ¡Levantaos!, gritó en seguida con voz de trueno, irritado de haber mandado dos veces una misma cosa inútilmente.
Como si el espanto la hubiese reanimado, la infortunada se arrodilló de súbito, y con las manos juntas, en ademán de súplica, como hubiera hecho delante de una imagen, alzó los ojos hacia el Incógnito, y bajándolos al momento exclamó: “Aquí me tenéis, matadme”.