—Os he dicho que no quiero haceros mal alguno, respondió el Incógnito con acento más dulce, mirando fijamente aquel semblante alterado por la aflicción y el terror.
—Ánimo, ánimo, decía la vieja; si él mismo dice que no quiere causaros mal alguno...
—¿Y por qué?, replicó Lucía, con una voz en la cual, á pesar de la turbación y espanto se traslucía cierta seguridad de indignación desesperada, ¿por qué me hace padecer las penas del infierno?, ¿qué es lo que yo le he hecho?
—¿Os han maltratado quizás?, hablad.
—¡Oh, maltratado! ¡Se han apoderado de mí, á traición, por fuerza! ¿Por qué, por qué he sido robada?, ¿por qué me encuentro en este sitio?, ¿en dónde estoy? Soy una infeliz muchacha: ¿qué he hecho yo? En el nombre de Dios...
—¡Dios, Dios!, interrumpió el Incógnito; ¡siempre Dios! Los que no pueden defenderse á sí mismos, los que carecen de fuerza, continuamente ponen á Dios por delante, como si le hubiesen hablado. ¿Pretendéis con semejante palabra hacerme... y dejó la oración sin concluir.
—¡Oh, señor!, ¡pretender!... ¿Qué puedo yo pretender, estando cautiva, sino que uséis conmigo de misericordia? ¡Dios perdona tantas cosas por una sola obra de misericordia! ¡Dejadme ir; por caridad, dejadme ir! Ninguna cuenta tiene al que en su día ha de morir, el hacer padecer tanto á una pobre criatura. ¡Oh, vos que podéis mandar, decid que me dejen ir! Me han traído aquí á la fuerza. Enviadme con esta mujer á *** en donde mi madre se halla. ¡Oh, Virgen santísima! ¡Madre mía, mi querida, mi idolatrada madre!, ¡quizá no esté lejos de aquí!... ¡He divisado mis montañas! ¿Por qué me hacéis padecer? Disponed que me conduzcan á una iglesia: rogaré por vos toda mi vida. ¿Qué os cuesta decir una palabra?, ¡he aquí que os enternecéis!, ¡decid una sola palabra, decidla! ¡Dios perdona tantas culpas por una obra de misericordia!
“¡Oh, por qué no será hija de uno de esos perros que me han desterrado!, pensaba el Incógnito; ¡de uno de esos miserables que me quisieran ver muerto!, cómo gozaría ahora con sus sufrimientos! y en vez de...”.
—¡No desechéis una tan buena inspiración!, continuaba fervorosamente Lucía, reanimada al ver un cierto aire de duda en el rostro y en el ademán de su tirano. Si vos no me concedéis esta gracia, el Señor me la concederá: me hará morir y todo se habrá concluido para mí; pero vos... acaso un día, también... pero no, no; yo siempre rogaré al Señor que os preserve de todo mal. ¿Qué os cuesta decir una palabra? Si vos llegaseis alguna vez á sufrir estos tormentos...
—Vamos, ánimo, interrumpió el Incógnito, con una dulzura que admiró á la vieja. ¿Os he causado yo por ventura algún mal? ¿Os he hecho algunas amenazas?