—¡Oh!, ¡qué amabilísima bondad la de los dos!

—Cuando fuí á despedirme de ese hombre incomparable, que me honra con su amistad, me habló de dos jóvenes prometidos que existen en esta parroquia, los cuales han sufrido muchas desgracias, por causa del infortunado D. Rodrigo. Monseñor desea tener noticias de ellos. ¿No han muerto, es verdad? ¿Están ya arreglados todos sus negocios?

—Ciertamente, todo está ya arreglado; y también habían pensado escribírselo á su eminencia; mas ahora que tengo el honor...

—¿Se hallan aquí?

—Sí, señor; y serán marido y mujer lo más pronto que sea posible.

—Está bien; pero al presente os ruego tengáis la bondad de decirme, qué bien puede dispensárseles, é indicar la manera más conveniente de hacerlo. Durante este tiempo tan calamitoso, he perdido á mis dos hijos, y á su madre, habiendo recaído en mí tres herencias considerables. Antes de suceder esto, tenía todavía de sobra; así, pues, ya veis que el proporcionarme una ocasión para emplear bien mis riquezas, es á la verdad prestarme un gran servicio, que os agradeceré infinito.

—¡Que el cielo bendiga á vuestra señoría!, pues, no todos los... no debo decirlo... son como vos. Yo también doy gracias á vuestra señoría ilustrísima por esos pobres hijos míos; y ya que me dais tanto ánimo, diré que me ha venido á la imaginación un expediente que acaso será de vuestro agrado. Sabed, pues, que esas buenas gentes han resuelto irse á establecer á otra parte, y vender lo poco que aquí poseen; lo cual consiste en una pequeña viña perteneciente al joven, pero abandonada y enteramente erial: es preciso contar sólo con el terreno, y además dos casuchas, la una propia del joven, y la otra de la doncella; las que propiamente hablando, no son más que dos ratoneras. Una persona como vuestra señoría no puede saber lo que acontece á los pobres cuando quieren deshacerse de lo que les pertenece. Concluyen siempre topando con algún tunante, que desde largo tiempo ha echado el ojo sobre dichos bienes, y cuando sabe que tienen necesidad de venderlos, se retira y hace el desdeñoso; en vista de lo cual, es preciso correr tras él, y dárselo por un pedazo de pan, especialmente en circunstancias como las presentes. El señor marqués comprende ya dónde va á parar mi discurso. La mejor caridad que les puede hacer vuestra señoría ilustrísima es sacarlos de ese tropiezo, comprándoles lo poco que poseen aquí. Verdaderamente, yo doy un consejo interesado porque vendría á adquirir en mi parroquia un feligrés como el señor marqués; pero vuestra señoría decidirá según mejor le plazca: yo sólo he hablado por obedecerle.

El marqués alabó mucho la idea, dió las gracias á D. Abundio, y le suplicó que fuese el árbitro del precio, fijándolo bien alto; colmándole en seguida de admiración, con la proposición que le hizo de dirigirse en su compañía á la casa de la joven prometida, en donde probablemente debía hallarse también el novio.

Por el camino, D. Abundio, transportado de gozo, se decidió además á hablarle del siguiente modo: “Ya que vuestra señoría ilustrísima se muestra tan inclinado á favorecer á esas pobres gentes, ahora recuerdo que podría prestarles otro servicio. Pesa sobre el joven una orden de prisión, por una pequeña calaverada que hizo en Milán ahora hace dos años, el día del grande alboroto en el cual se vió metido sin querer por ignorancia, como un ratón en la trampa. Por supuesto que no es cosa grave; niñadas, locuras, pues es incapaz de cometer el más leve daño, yo puedo asegurarlo, porque lo he bautizado, y lo he visto crecer y hacerse hombre: y luego, si vuestra señoría quiere, por vía de pasatiempo, oir razonar á esos pobres sobre semejante materia, podrá hacerse contar la historia por el mismo joven y verá. Actualmente, tratándose de cosas antiguas, no hay nadie que lo moleste, y como ya he dicho, piensa salir de este territorio; pero con el tiempo, ¿quién sabe si tendrá que volver aquí, ó adónde? Lo mejor y más seguro, es que se encuentre enteramente libre. El señor marqués pasa en Milán, como es muy justo, por un gran caballero, por un poderoso sujeto que... No, no, dejadme decir, que la verdad ha de estar en su lugar. Una recomendación, una palabrita de una persona como vuestra señoría, es lo suficiente para obtener una completa absolución”.

—¿Existen acaso graves cargos contra ese joven?