—¡Oh!, no lo creo. Ha hecho mucho ruido en los primeros momentos, pero ahora me imagino que no es más que una simple formalidad.

—Siendo así, la cosa será fácil, y la tomo con gusto á mi cargo.

—¡Y después no querrá vuestra señoría que se diga que es una persona poderosa! Lo digo, y quiero decirlo, por más que se ofenda; repito que quiero decirlo. Y aun cuando yo me callase, de nada serviría, porque todo el mundo habla de lo mismo, y Vox populi... vox Dei.

Encontraron justamente á las tres mujeres y á Renzo. Dejo á la consideración de los lectores el calcular cómo se quedarían aquellas pobres gentes: yo creo que hasta las desnudas y ahumadas paredes, las ventanas, banquetas, y todo su modesto ajuar, se maravillaron de recibir una tan extraordinaria visita. Él animó la conversación hablando del cardenal y de otras cosas con franca cordialidad, y al propio tiempo con la mayor delicadeza. Luego pasó á hacer la proposición que había sido el objeto de su ida. D. Abundio, rogado por el marqués para que fijara el precio, después de haberlo rehusado por algún tiempo, y dado algunas excusas, diciendo que no lo entendía, que no podría menos de vacilar, que hablaba sólo por obedecer, y que indicaba, por conformarse á su deseo, un precio muy subido. El comprador dijo, que por su parte estaba contentísimo, y como si hubiese entendido mal, repitió el doble, no quiso escuchar rectificaciones, y cortó de repente aquella conversación, invitando á la pequeña reunión á ir á comer á su palacio el día después de las bodas, en donde se haría el negocio en regla.

“¡Ah!, decía luego entre sí D. Abundio, á medida que volvía á su morada, si la peste hiciese siempre en todo y por todo las cosas de este modo, sería verdaderamente una picardía el hablar mal de ella: casi, casi, se podría desear que hubiese una en cada siglo, y pactar el tenerla, con tal de curar, se entiende”.

Por último llegó la dispensa y también la absolución, llegando igualmente el tan deseado día. Los desposados se encaminaron con seguridad triunfante á aquella misma iglesia, en la cual fueron unidos por el propio D. Abundio. Otro y mucho más singular triunfo fué al día siguiente su viaje al palacio. ¡Imagínese el lector lo que debería pasar por su mente al emprender la subida, al entrar por la puerta, y qué reflexiones harían cada uno según su carácter! Únicamente indicaré que en medio de la alegría, el uno y el otro se dijeron que para completar la fiesta faltaba sólo el malogrado padre Cristóbal. “Mas sin embargo”, decían, “él está seguramente mejor que nosotros”.

El marqués les hizo la más fina acogida, los condujo á un hermoso saloncito, y colocó en la mesa á los dos esposos, junto con Inés y su amiga. Antes de retirarse para ir á comer en compañía de D. Abundio á otra habitación, quiso permanecer un rato con sus convidados, ayudando en persona á los criados á servirles. Supongo que á nadie se le pasará por la imaginación el que hubiera sido más sencillo el poner buenamente una sola mesa. Hemos presentado al citado señor como un excelente sujeto, pero no como un hombre de un tipo original, según ahora diríamos; hemos manifestado que era humilde, no que fuese un portento de humildad. Tenía la suficiente para ponerse debajo de aquellos infelices, pero no para colocarse á su nivel.

Finalizadas ambas comidas, el contrato fué extendido por manos de un doctor, que no era Azzecca-Garbugli; el cual, quiero decir, sus mortales despojos estaban y todavía están en Cantarelli. Es indispensable que hagamos una breve y sucinta explicación del citado pueblo, para los que no tengan de él idea alguna.

Cerca de media milla más allá de Lecco, y casi á un lado de la otra población llamada Castello, existe un lugar al cual dan el nombre de Cantarelli, en donde se cruzan dos caminos; muy próximo al punto en que éstos se unen, se divisa una eminencia, á modo de una pequeña colina artificial, coronada de una cruz; lo cual no es otra cosa más que una gran porción de muertos de la terrible epidemia que hemos descrito, colocados en aquel sitio. La tradición dice simplemente “los muertos del contagio”, sin manifestar precisamente cuál era, debiendo ser el que ya conocemos, porque fué el último y más cruel de que hay memoria; y es demasiado sabido que si á las tradiciones no se las ayuda un poco, no dicen nunca por sí mismas lo bastante.

Á la vuelta de los esposos á casa, no surgió otro inconveniente más sino que Renzo iba un tanto incomodado con el peso del dinero que llevaba encima. Mas el hombre, según sabemos, había tenido otros disgustos. No queremos hablar del trabajo de su mente, que no era sin embargo pequeño, pensando en la manera de hacer producir más dicho dinero. Al ver los proyectos, reflexiones é incertidumbres de su imaginación; al oir el pro y el contra con respecto á la agricultura y á la industria, era como si se hubiesen encontrado frente á frente dos academias del siglo pasado. El embarazo para él era más que real, porque siendo un hombre solo, no se le podía decir: “¿qué necesidad había de elegir?”. Lo mejor que podía hacer era emprender con ambas, porque los medios en sustancia son los mismos, y al mismo tiempo dos cosas que se parecen á las piernas, esto es, que las dos andan mejor que una sola.