Trataron pues de arreglar el equipaje, y ponerse en camino, la familia Tramaglina para su nueva patria, y la viuda para Milán. Se derramaron muchas lágrimas, se dieron mutuamente un millón de gracias, y se hicieron mil y mil promesas de irse á ver unos á otros á menudo. La separación de Renzo y de la familia del amigo que le había dado hospitalidad no fué menos tierna, si se exceptúa que no hubo lágrimas; y no se crea que la despedida con D. Abundio fuese fría; nada de esto. Aquellas excelentes criaturas habían conservado siempre cierta respetuosa adhesión para con su cura, y éste, en el fondo también los había apreciado; sino que ya se ve, ¡hay negocios tan malditos que llegan á turbar hasta las afecciones!
Nada obligaba á Renzo á salir de su pueblo natal; pues D. Rodrigo no existía, y la orden de prisión había sido anulada. Mas hacía ya algún tiempo que los tres estaban acostumbrados á mirar como suyo el país adonde se dirigían. Renzo había logrado que cayera en gracia á las mujeres, haciéndoles ver las ventajas que encontraban en él los operarios y otras mil cosas de la buena vida que se pasaba. Además, en aquel del cual se apartaban, habían tenido momentos bien amargos; y los recuerdos tristes que con frecuencia se presentan á nuestra imaginación de los lugares en que hemos sufrido, nos hacen alejar de ellos.
¡Quién había de figurarse que al llegar á la nueva patria, en donde Renzo creía hallar la dicha, no encontró más que disgustos! Indudablemente no era nada; pero sin embargo, lo bastante para turbar su felicidad. He aquí, en pocas palabras, lo que sucedió.
Las conversaciones que en el citado pueblo había habido respecto de Lucía, mucho tiempo antes que ésta fuese á él; el saber que Renzo había padecido tanto por ella, permaneciendo siempre firme y constante; acaso alguna palabrilla de algún amigo parcial para con él y para con todo lo que le concernía, habían hecho nacer una cierta curiosidad de ver á la joven, concibiendo una idea extraordinaria de su belleza. Otros decían: “¿Queréis saber cómo es la que esperáis con tanta ansia? Es holgazana, crédula, desdeñosa; no encuentra jamás lo que busca, porque nunca sabe lo que quiere; y por último, hace pagar muy caros los dulces momentos que había concedido sin razón”. Cuando Lucía se presentó, muchos de los que creían que tenía una cabellera de oro, las mejillas exactamente de rosa, los ojos más hermosos que lo uno y lo otro, y qué sé yo qué más, empezaron á encogerse de hombros, á arrugar las narices, y á decir: “¡Bah!, ¡es ésta la mujer tan ponderada! ¡Después de tanto tiempo y de tanto hablar, era de esperar otra cosa! ¡Y qué es después de todo! Una aldeana como tantas otras. Mujeres como ella y mejor se encuentran por todas partes”. Viniendo en seguida á examinarla en particular, éste notaba un defecto, aquél otro, y algunos la llegaron á encontrar fea.
Mas sin embargo, como todo esto nadie iba á decirlo á la cara de Renzo, hasta aquí no era un gran mal. Pero por desgracia al cabo de algún tiempo no faltó quien fuera á contarle dichas habladurías, lo cual le afligió mucho. Principió á meditar sobre ello, siendo objeto de varias disputas con los que le hablaban de tal asunto, y también de amargas quejas consigo mismo. “¿Y qué os importa?, ¿quién os ha dicho que esperaseis esto ni aquello? ¿He ido por ventura á hablaros nunca de semejante cosa?, ¿á deciros que era hermosa? Y cuando me lo preguntabais, ¿os di quizás otra contestación, sino que era una buena muchacha? ¡Es una aldeana! ¿Me habéis oído decir jamás que os traería una princesa? ¿Os desagrada?; no la miréis. Ya que vosotros tenéis mujeres hermosas, extasiaos en ellas, contempladlas cuanto queráis”.
Es preciso observar, que una bagatela cualquiera basta á veces para decidir la dicha de un hombre para toda su vida. Si Renzo hubiese querido pasar la suya en dicho pueblo, según su primer designio, hubiera obrado muy mal. Á fuerza de tantas incomodidades, había llegado á estar siempre disgustado; era grosero y brusco con todos, porque calculaba que cada uno en particular podía criticar á Lucía. En todas sus palabras se traslucía siempre un no sé qué de punzante y satírico; en todo encontraba también motivos de crítica; hasta el punto de que si hacía mal tiempo dos días seguidos, al momento exclamaba: “¡Oh, vaya un país hermoso!” Finalmente, se hizo insoportable hasta con las personas que le habían apreciado; y con el tiempo, de una cosa á otra, se hubiera encontrado por decirlo así, en guerra abierta con casi toda la población, sin poder quizá ni aun él mismo conocer la causa primitiva de un mal tan grande.
Mas se habría dicho que la peste se había empeñado en reparar todas sus tonterías. El dueño de una fábrica de hilados situada cerca de las puertas de Bérgamo había muerto; y el heredero, joven libertino, que en todo aquel edificio no encontraba nada que le divirtiera, resolvió venderlo por la mitad del precio; mas quería que fuese inmediatamente y á dinero contante, para poderlo emplear en seguida en gastos improductivos.
Habiendo llegado la noticia á oídos de Bartolo, acudió á verle y trató con él. No podía hallarse una ganga mayor, pero la condición de pagar al contado, en metálico, lo echaba todo á perder; porque su escaso peculio, reunido lentamente á fuerza de muchas economías, estaba aún lejos de alcanzar á la suma señalada. Entretuvo al vendedor con palabras ambiguas, se volvió apresuradamente, comunicó el negocio á su primo, y le propuso hacerlo á medias. Un partido tan excelente puso fin á las dudas económicas del joven, el cual se decidió de pronto por la industria, y contestó afirmativamente. Ambos se dirigieron allá en seguida, y quedó consumado el contrato.
Luego que los nuevos dueños se posesionaron de su establecimiento, Lucía, que no era de ninguna manera esperada allí, no sólo no fué objeto de crítica, sino que aun podemos añadir que no dejó de agradar; tanto, que Renzo llegó á saber que algunos habían dicho: “¿Habéis visto la bella palurda que nos ha venido?”. El epíteto hacía llevadero el sustantivo.
Además, los disgustos que Renzo había experimentado en el otro pueblo, le sirvieron de muy útil lección. Hasta entonces había sido un poco ligero en decir lo que sentía, teniendo un placer en criticar á la mujer del vecino y demás; pero luego comprendió que las palabras hacen un efecto en la boca y otra en los oídos, por lo cual contrajo el hábito de pesar más las suyas antes de proferirlas.