Los negocios iban viento en popa: al principio se presentaron algunas dificultades con motivo de la escasez de operarios y de las altas pretensiones de los pocos que habían quedado. Publicáronse edictos que limitaban los salarios; y á despecho de algunos, con tales medidas, las cosas volvieron á su verdadero camino; porque al fin y al cabo debían arreglarse. Al cabo de poco tiempo, llegó de Venecia otro edicto más razonable, á saber: extinción, por diez años, de toda carga real y personal á los forasteros que fuesen á establecerse en el territorio. Para nuestros amigos, esto fué una nueva cucaña.
Antes de que concluyese el primer año de casados, Lucía dió á luz una hermosa criatura; y como si se hubiese hecho á propósito para dar ocasión á Renzo de cumplir su magnánima promesa, fué una niña, á la cual se la bautizó con el nombre de María. En el trascurso del tiempo tuvieron no sé cuántos más, de uno y otro sexo; é Inés, ocupada en llevarlos aquí y allá, les llamaba picarillos y les cubría de besos, los cuales quedaban impresos por largo rato en sus rosadas mejillas. Todos fueron inclinados al bien, queriendo Renzo que aprendiesen á leer y escribir, al cual se le oía decir, que ya que existía semejante picardía, era preciso que se aprovechasen de ella.
Era sumamente curioso el oirle contar sus aventuras, las que finalizaba siempre diciendo las grandes cosas que había aprendido para gobernarse mejor en lo sucesivo. “Me he aleccionado”, decía, “en no meterme en jaranas, en no predicar en las plazas, en no levantar el codo más de lo necesario, en no tener en la mano las aldabas de las puertas cuando hay alrededor gentes, cuya cabeza no está buena enteramente, en no atarme una campanilla al pie antes de haber pensado lo que podía suceder, y otras mil cosas por el estilo”.
Sin embargo, Lucía, sin encontrar la doctrina falsa en sí, no quedaba satisfecha; le parecía así de un modo vago, como si faltara algo. Á fuerza de oir repetir siempre el mismo estribillo, y meditar cada vez más sobre él; “y yo”, dijo un día á su moralista, “¿qué debo haber aprendido? Bien sabes que no he ido á buscar las desgracias, sino que ellas vinieron: á menos que no quieras decir, añadió, sonriéndose afectuosamente, que todo mi mal provino de quererte y haberte dado palabra de casamiento”.
Al principio Renzo no supo qué contestar. Después de haber discutido ambos por largo tiempo, sacaron en consecuencia que las desgracias las más veces provienen de causas motivadas por otros, que la conducta más cauta é inocente no podría evitar; y que cuando nacen por culpa ó sin culpa nuestra, la confianza en Dios las templa y las utiliza para la otra vida. Esta solución, aunque haya sido hallada por gentes sin instrucción de ninguna especie, nos ha parecido tan justa, que hemos pensado consignarla aquí como el pensamiento de toda la historia.
Últimamente, si la presente obra no os ha disgustado, agradecédselo al anónimo, y también un poquito á su comentador; mas si por el contrario, hemos tenido la desgracia de desagradaros, podéis estar seguros que no ha sido éste nuestro designio.
NOTAS:
[25] La vejez es por sí misma una enfermedad.
FIN DE “LOS PROMETIDOS ESPOSOS”.