—No quiero comer, no quiero dormir. Dejadme, no os acerquéis; no os mováis de aquí.

—No, no, vamos; dijo la vieja retirándose y yéndose á sentar en un ancho y carcomido sitial, desde donde lanzaba á la infeliz ciertas miradas de terror y de cólera á la vez; después de lo cual contemplaba su lecho, enfurecida al pensar que acaso estaría privada de él toda la noche y tiritando de frío; mas por otro lado se alegraba con la idea de la cena, con la esperanza que también participaría de ella. Lucía no sentía frío, ni tenía hambre, y como aturdida no experimentaba de sus mismos dolores más que un sentimiento confuso y vago, parecido á esas imágenes vanas que se presentan en el delirio de la fiebre.

Al oir tocar á la puerta de la estancia, se estremeció; y alzando su aterrado semblante, gritó: “¿Quién es, quién es? ¡que nadie entre!”.

—No es nada, nada; una buena noticia; es Marta que nos trae algo que comer.

—Cerrad, cerrad, exclamaba Lucía.

—¡Oh, ciertamente!, en seguida, en seguida, replicó la vieja; y tomando una cesta de las manos de la expresada Marta, á la cual despidió apresuradamente, cerró la puerta, y fué á colocar dicha cesta sobre una mesa que había en medio de la habitación. Después invitó repetidas veces á Lucía para que se aproximase á gozar de aquellos deliciosos manjares. Empleaba las palabras más eficaces, á su parecer, con el objeto de infundir apetito á la desgraciada, y prorrumpía en exclamaciones de júbilo, hablando de la excelencia de la comida. “Cuando la gente como nosotras puede llegar á disfrutar de semejantes manjares, se acuerdan toda la vida. Este vino es del que el amo bebe en compañía de sus amigos... cuando le vienen á visitar... y quieren estar alegres... ¡Hem!”. Mas viendo que todas sus tentativas eran inútiles: “¡Sois vos la que no queréis!, dijo; es preciso no olvidar el decirle mañana que yo os he animado. Mientras tanto, yo comeré dejándoos lo suficiente para cuando entréis en razón y queráis obedecer”. Dicho esto, se puso á comer ávidamente. Saciada que estuvo, se encaminó al rincón, y bajándose hacia Lucía, la invitó de nuevo á comer y á acostarse.

—No, no quiero nada, respondió ésta, con voz débil y como soñolienta; en seguida dijo con más resolución: “¿Está la puerta cerrada, bien cerrada?” Y después de haber echado una ojeada por toda la estancia, se levantó, y con las manos puestas adelante, con paso sospechoso, se dirigió hacia aquel lado.

La vieja llegó corriendo antes que ella, cogió el cerrojo, lo corrió, y dijo: “¿Lo veis?, ¿está bien cerrado? ¿estáis ahora satisfecha?”.

—¡Oh, contenta! ¡Yo contenta aquí! replicó Lucía, volviéndose de nuevo á su rincón; pero Dios sabe dónde estoy.

—Venid á acostaros; ¿qué queréis hacer ahí echada como un perro? ¿Se han visto rehusar jamás los comodidades, cuando se pueden tener?