—No, no; dejadme.
—Vos sois la que lo queréis. Vamos, he aquí un buen sitio; me pongo en la orilla; estaré incómoda por vos. Si queréis venir á la cama, ya sabéis que lo podéis hacer. Acordaos que os lo he rogado muchas veces. Así diciendo, se metió vestida como estaba debajo del cobertor, y todo quedó en el más profundo silencio.
Lucía permanecía inmóvil, en su rincón, con las rodillas pegadas al pecho, las manos colocadas sobre ellas, y el rostro oculto entre dichas manos. El estado de abatimiento en que se hallaba, no era sueño ni desvelo, sino una sucesión rápida, dolorosa y vaga, de terribles pensamientos, de ideas penosas, de latidos de corazón. Ora más segura de su razón, y recordando mejor todos los horrores que había presenciado y sufrido aquel día, recordaba dolorosamente hasta las más pequeñas circunstancias de la oscura y formidable realidad en la cual se veía envuelta; ora su mente transportada á una región aún más tenebrosa, luchaba contra los fantasmas nacidos de la incertidumbre y del terror. Largo tiempo permaneció siendo presa de semejantes angustias; pero al fin, abatida, fatigada, sintiendo aflojar sus atormentados miembros, se acostó, ó más bien, se dejó caer sobre el pavimento, y permaneció algún tiempo en un estado muy parecido al sueño. Mas de repente se despertó, como al ruido de una voz exterior que la estuviese llamando, y experimentó el deseo de despertar enteramente, de dar toda la extensión posible á su pensamiento, de saber en dónde estaba, cómo y por qué. Prestó atento oído al ruido que se percibía, el cual no era otra cosa más que la respiración lenta y embarazosa de la vieja. Abrió sus espantados ojos, y distinguió una opaca claridad, que por intervalos aparecía y desaparecía: era la torcida de la lámpara que, estando muy cerca de apagarse, despedía una luz trémula, y en seguida se retiraba, por decirlo así, como la ola que va y viene sobre la playa. Aquella luz que huía antes que los objetos hubiesen recibido de ella un reflejo y color distinto, no ofrecía á la vista más que una sucesión de cosas flotantes é indecisas. Pero bien pronto las recientes impresiones, reapareciendo en su mente, la ayudaron á distinguir lo que se presentaba á su vista de una manera tan confusa. La desventurada, despierta ya del todo, reconoció su prisión; todos los recuerdos del horrible día transcurrido, todos los terrores del porvenir la asaltaron á la vez: aquella nueva calma, después de tantas agitaciones, aquella especie de reposo, aquel abandono en que había estado sumida, le producían un nuevo terror, y se apoderó de ella tal ansiedad que deseó morir. Pero en semejante momento se acordó que podía á lo menos dirigir sus súplicas al cielo, y juntamente con dicho pensamiento apareció en su corazón como una repentina esperanza de felicidad. Tomó de nuevo su rosario, y empezó á rezar. Á medida que las oraciones se desprendían de sus trémulos labios, su corazón se entreabría á una confianza indeterminada. Mas de pronto se le presentó otra idea á la imaginación, esto es, que sus oraciones serían mejor acogidas y escuchadas, si en medio de su desolación hiciese alguna promesa. Trajo á la memoria lo que más amaba, lo que más había amado; y aun cuando su espíritu no podía sentir otra afección que el espanto, ni concebir otro deseo que el de la libertad, se acordó, sin embargo, y resolvió súbitamente, hacer un sacrificio. Se incorporó, colocando sus manos unidas junto al pecho, de las cuales pendía el rosario, elevó los ojos al cielo, y dijo: “¡Oh, Virgen Santísima! ¡Vos, á quien me he acogido tantas veces, y que tantas me habéis consolado! ¡Vos, que habéis padecido tantos dolores, y sois ahora tan gloriosa, y habéis obrado tantos milagros en favor de los infelices atribulados, socorredme, sacadme de este peligro; haced que vuelva sana y salva al lado de mi madre, Madre del Señor! y hago voto de permanecer virgen; renuncio para siempre á mi desventurado prometido, para no ser jamás de nadie, más que vuestra”.
Dichas las anteriores palabras, bajó la cabeza y se puso el rosario alrededor del cuello, casi como en señal de consagración, y á la vez de resguardo como una armadura de la nueva milicia, á la cual se había inscrito. Habiéndose vuelto á sentar en el suelo, sintió renacer en su alma una cierta tranquilidad, una más larga confianza. Le vino á la imaginación aquel mañana por la mañana repetido por el poderoso desconocido, y le pareció entrever en aquella palabra una promesa de salvación. Los sentidos, fatigados por tantas luchas, se adormecieron poco á poco en aquella tranquilidad de pensamientos, y por último, ya cercano el día, con el sagrado nombre de su protectora en los labios, se durmió gozando de un sueño perfecto y continuado.
Mas había otra persona en aquel mismo castillo, que hubiera querido hacer otro tanto, y no le fué posible. Habiéndose separado, ó más bien, huido de Lucía, después de haber dado las órdenes convenientes para la cena de ésta, y visitado, según costumbre, ciertos puestos del castillo, siempre preocupado con la imagen de Lucía, y con aquellas palabras que resonaban sin cesar en sus oídos, el señor se había retirado á su estancia.
Se había encerrado precipitadamente, como si hubiera tenido que atrincherarse contra un ejército de enemigos; y desnudándose sumamente agitado, se acostó. Pero aquella imagen cada vez más presente en su mente, pareció que en aquel momento le decía: tú no dormirás. “¡Qué loca curiosidad he tenido de ver á esa muchacha! se decía. Tiene razón ese imbécil de Nibbio; ¡uno no es ya hombre, es hombre perdido! ¡Yo!... ¿no soy yo hombre por ventura? ¿Qué ha pasado, pues? ¿Qué me ha pasado? ¿Qué diablos tengo? ¿Qué hay de nuevo? ¿No sabía antes de verla que las mujeres siempre chillan? ¡Lloran aun los hombres algunas veces, cuando no son bastante fuertes para defenderse! ¡Qué diablo!, ¿esto consiste en que yo no he oído lloriquear jamás mujeres?”
Y aquí, sin que tuviese necesidad de fatigar su memoria, ésta le presentó más de un caso, en que las súplicas ni lamentos habían podido quebrantar la resolución de llevar á cabo sus empresas. Mas lejos de darle el valor que le faltaba para cumplir ésta, como esperaba y deseaba, todos sus recuerdos no hicieron más que añadir á su irresolución una especie de consternación y de terror. De modo, que el volver á la primera imagen de Lucía, contra la cual había tratado de afirmar todo su valor, pareció que le aliviaba. “Ella vive, pensaba: se halla en el castillo; aún es tiempo; le puedo decir: partid, regocijaos; puedo ver cambiar aquel semblante; además le puedo decir: perdonadme... ¡Perdonadme! ¡Yo pedir perdón!, ¡y á una mujer!, ¡yo!... Y sin embargo, ¡si una palabra, si una palabra tal me pudiese hacer bien!, si me ayudase á sacudir por un momento el demonio que se ha apoderado de mí, la pronunciaría. ¡Á qué estado me veo reducido! ¡Ya no soy hombre, no soy hombre!... ¡Vamos!, dijo en seguida, revolviéndose furiosamente sobre su lecho, que le parecía tan duro como una piedra, y debajo de sus cobertores que le pesaban horriblemente: vamos, éstas son simplezas que me han pasado por la cabeza otras veces; ésta pasará también”. Y para hacerla pasar trató de buscar con el pensamiento algún proyecto, alguno de aquellos que solían ocuparle fuertemente, y no le dejaban un instante siquiera para reflexionar; mas no encontró ninguno. Todo se le presentaba cambiado: lo que otras veces estimulaba con más fuerza sus deseos, ahora no tenía para él ningún atractivo. La pasión rehusaba avanzar, del mismo modo que cuando un caballo se asusta de repente de una sombra cualquiera. Pensando en las empresas comenzadas y no acabadas, en vez de animarse á dar cima á ellas, en lugar de irritarse con los obstáculos (en semejante momento, la cólera misma le hubiera parecido dulce), experimentaba una sombría tristeza, se espantaba casi de los pasos ya dados. El tiempo se presentaba á su imaginación desnudo de todo interés, de todo querer, de toda acción, lleno únicamente de recuerdos intolerables: todas las horas que iban á sucederse se le representaban semejantes á la que corría tan lentamente, y que tanto pesaba sobre su cabeza. Repasaba en su imaginación á todos sus secuaces, y no encontraba nada importante que mandar á ninguno de éstos: la idea misma de volverlos á ver, de hallarse en medio de ellos, era un nuevo peso, un motivo de disgusto y embarazo. Cuando quería encontrar una ocupación para el día siguiente, una cosa que fuese factible, no se detenía más que en un solo pensamiento; éste era, que á la mañana siguiente podía dejar en libertad á aquella infortunada.
“La libertaré, sí; apenas empiece á apuntar el día, volaré á su lado, y le diré: partid, partid. La haré acompañar... ¿Y mi promesa? ¿y el compromiso que tengo? ¿y D. Rodrigo?... ¿Quién es D. Rodrigo?”
Como un hombre á quien su superior dirige de improviso una pregunta embarazosa, el Incógnito pensó de pronto responder á la que él mismo se había hecho, ó mejor diremos, aquel nuevo él que en un momento había tomado tan colosales y terribles dimensiones, y se levantaba como para juzgar al antiguo. Iba, pues, buscando las razones por las cuales, antes casi de ser rogado, se había podido resolver á tomar el empeño de hacer sufrir tanto, sin ningún motivo de aborrecimiento ni de temor, á una infeliz desconocida, únicamente para servir á D. Rodrigo; pero lejos de conseguir hallar en aquel momento ninguna razón que le pareciese propia para excusar semejante acción, no sabía casi explicarse á sí mismo cómo había sido inducido á ello. Aquel rasgo, más bien que una deliberación, había sido un movimiento instantáneo de un espíritu obediente á sentimientos antiguos y habituales, la consecuencia de mil hechos anteriores; y en medio del doloroso examen, al cual se entregaba para darse cuenta de un solo hecho, se encontró engolfado en repasar toda su vida.
Remontándose á tiempos muy lejanos, de año en año, de empresa en empresa, de crimen en crimen, de asesinato en asesinato, cada una de sus acciones se presentaba á su nuevo espíritu separada por sentimientos que le habían determinado y hecho cometer, apareciendo bajo un aspecto monstruoso, que estos mismos sentimientos no le habían dejado hasta entonces comprender. Todos le pertenecían, eran suyos: el horror de este pensamiento, que nacía á cada una de estas imágenes, y que estaba adherido á todas ellas, creció hasta la desesperación. Se levantó furioso, llevó con rabia las manos hacia la pared cercana á su lecho, agarró una pistola, apretóla convulsivamente, la montó, y... en el instante de ir á terminar una vida que le era insoportable, su pensamiento, sorprendido por un terror, por una inquietud, por decirlo así, supersticiosa, se lanzó al tiempo que seguiría después de su muerte. Figurábase con estampa su cadáver desfigurado, inmóvil, en poder de los hombres más viles; la sorpresa, la confusión que reinarían al día siguiente en el castillo; él mismo, sin fuerza, sin voz, arrojado quién sabe dónde. Se figuraba oir las conversaciones que tendrían lugar con motivo de semejante catástrofe, y que no dejarían de correr en todos los alrededores, y la alegría de sus enemigos. Las tinieblas mismas, el silencio de la noche, le hacían ver en la muerte cierta cosa de más triste, de más espantosa. Le parecía que no habría vacilado si hubiese sido de día, fuera de su casa y en presencia de alguno. Además, ¿qué tenía de particular echarse en el río y desaparecer? Absorto en estas desgarradoras contemplaciones, montaba y desmontaba con fuerza convulsiva el gatillo de la pistola, cuando le vino á la imaginación otra idea: si esa otra vida de la cual me han hablado siendo muchacho, de la cual se me habla siempre como si fuese una cosa segura; si esa vida consiste únicamente en no ser; si es una invención de los sacerdotes, ¿qué hago entonces? ¿qué importa todo lo que yo he hecho? ¿no dejará de ser una locura mía?... ¿Y si hay en efecto otra vida?...