Á semejante duda, á tal riesgo, se vió sobrecogido por una desesperación aun más sombría, más grave, y contra la cual ni aun podía hallar un refugio en la muerte. Dejó caer el arma fatal, llevó las manos á sus cabellos, sus dientes rechinaban, un temblor convulsivo se había apoderado de todos sus miembros. De repente, las palabras que había oído pocas horas antes, volvieron á resonar en su memoria: “¡Dios perdona tantas cosas por una obra de misericordia!” No volvían á su espíritu del mismo modo que habían sido pronunciadas, con un acento de humilde súplica, sino con un tono de autoridad, que dejaba entrever al mismo tiempo una lejana esperanza. Esto fué para él un momento de consuelo: dejó caer las manos, y en una actitud más tranquila, fijó mentalmente sus miradas, como si la hubiera tenido delante, en aquella que las había proferido; y la veía, no como su prisionera, ni como una persona que suplica, sino con el ademán del que dispensa gracias y consuelos. Esperaba con ansiedad que viniera el día para correr á devolverle la libertad, para escuchar de su boca otras palabras de alivio y de vida, imaginándose conducirla él mismo al lado de su madre. “¿Y luego, yo, qué haré mañana, el resto del día? ¿Qué haré el día que sigue después de mañana? ¿y al otro? ¿y á la noche? ¡la noche que volverá con sus doce horas! ¡Oh, la noche, la noche; no, no pensemos en la noche!”. Y volviendo á caer en el vacío espantoso del porvenir, trataba en vano de buscar un modo de emplear el tiempo, una manera de pasar los días y las noches. Tan pronto se proponía abandonar el castillo y huir á países remotos, en donde jamás se hubiese oído hablar de él, en que no se le conociera, ni aun siquiera de nombre; como le renacía una confusa esperanza de recobrar el antiguo ánimo, los antiguos gustos, no considerando la situación del momento más que como un delirio pasajero; tan pronto, por último, temía la luz del día que debía mostrarle á los suyos tan miserablemente cambiado; y finalmente, suspiraba por esta misma luz que también debía iluminar sus pensamientos. Mas he aquí que de pronto, al rayar el alba, pocos momentos después que Lucía se había quedado dormida, mientras que él estaba sentado é inmóvil sobre su lecho, un sonido vago y confuso, pero que sin embargo tenía un cierto no sé qué de alegre, vino á herir sus oídos. Prestó atención, y percibió un campaneo como si tocasen á fiesta; después de algunos instantes, distinguió también que el eco de la montaña repetía lánguidamente la lejana armonía, y se confundía con ella. De allí á poco siente que el ruido se aproxima, es una campana que está más cerca del castillo; después otra que le responde, y en seguida todavía otra. “¿Qué alegría es ésta? ¿Por qué este ruido de fiesta? ¿De qué se regocijan estas gentes?”. Salta de aquel lecho de espinas; medio se viste apresuradamente, vuela á la ventana, la abre, y mira por todas partes. Los montes estaban todavía medio velados por la niebla; el cielo parecía cubierto por una oscura y vasta nube; pero á la claridad del día que á cada instante iba creciendo, se divisaba allá á lo lejos, en el camino que atravesaba el fondo del valle, gentes que caminaban muy aprisa, otras que salían de sus casas y se ponían en camino, y se dirigían todas hacia el mismo lado, á la entrada de dicho valle, á la derecha del castillo, con los trajes domingueros, y una alegría extraordinaria.
“¿Qué diablos tienen esas gentes? ¿qué hay de alegre en este maldito país? ¿dónde va toda esa canalla?” Y habiendo llamado á un bravo de confianza que dormía en una próxima habitación, le preguntó la causa de todo aquel movimiento. Éste, que estaba tan enterado como su amo, le contestó que iría al momento á informarse. El señor permaneció apoyado en la ventana, sumamente atento al movible espectáculo. Veíanse hombres, mujeres, niños, en grupos, solos, uno alcanzando al que iba delante se unía á él; otro al salir de su casa se acompañaba con el primero que encontraba, y caminaban juntos como amigos á hacer un viaje convenido de antemano. Distinguíase en todos sus movimientos una celeridad y alegría común; las campanas más ó menos próximas, más ó menos distintas que resonaban á lo lejos, algunas veces sin estar acordes, pero siempre concertadas, se asemejaban en cierto modo á la voz de todo aquel pueblo y á la expresión de las palabras que no podían llegar al castillo. El Incógnito miraba, miraba sin cesar, y sentía nacer en su alma una ávida curiosidad de saber lo que podía comunicar un transporte igual á tan diversas gentes.
CAPÍTULO CUARTO
Pocos momentos después, el bravo volvió y contó á su señor, que el cardenal Federico Borromeo, arzobispo de Milán, había llegado la víspera á *** en donde permanecería todo el día siguiente (que era el en que estábamos). El ruido de la llegada se había esparcido la misma tarde á lo lejos y por todas las cercanías, lo cual había hecho que el pueblo tuviese deseos de ir á ver á aquel personaje, y tocaban las campanas en señal de regocijo, y para avisar al mismo tiempo á la gente. El Incógnito volvió á quedar solo, y continuó mirando en dirección al valle, cada vez más pensativo. “¡Por un hombre!, ¡todos presurosos, todos alegres, para ver á un hombre! ¡Y sin embargo, cada uno de éstos tendrá su demonio que le atormente! ¡Pero nadie, nadie deberá tener uno como el mío; nadie habrá pasado una noche como la mía! ¿Qué tiene, pues, ese hombre para excitar la alegría de todo un pueblo? Algún dinero que distribuirá así á la aventura... ¡Mas toda esa gente no va á recibir una limosna! ¡Y bien: algunas cruces en el aire, algunas palabras!... ¡Oh, si tuviese para mí palabras que pudieran consolarme!, ¡sí!... ¿Por qué no había yo de ir también?, ¿por qué no?... Iré, iré y le hablaré: le hablaré cara á cara. ¿Qué es lo que le diré? ¡Y bien!, aquello que, que... veré lo que él sabe”.
Tomada esta vaga determinación, concluyó de vestirse precipitadamente, poniéndose una especie de traje, cuyo corte tenía algo de militar; cogió la pistola que había dejado encima de la cama, se la colocó en un lado de su cinto, y en el otro una segunda que descolgó de la pared, así como también su puñal; y habiendo alcanzado una carabina tan famosa casi como él, se la puso á guisa de bandolera; tomó su sombrero, salió de la estancia, y antes de partir se encaminó á la en que había dejado á Lucía. Dejó su carabina en un rincón junto á la puerta, y llamó haciendo al mismo tiempo oir su voz. La vieja se precipitó del lecho de un salto, y corrió á abrir. El señor entró, y echando una ojeada por la estancia, vió á Lucía acurrucada en su rincón y muy quieta.
—¿Duerme?, preguntó en voz baja á la vieja. ¡Duerme en semejante sitio! ¿Eran éstas mis órdenes?, ¡desventurada!
—He hecho todo lo que he podido, respondió ésta; pero no ha querido absolutamente comer ni tampoco venir...
—Déjala dormir en paz; guárdate de turbar su sueño; y cuando se despierte... Marta vendrá aquí, á la habitación próxima, y la mandarás á buscar lo que la joven pida. Cuando despierte... dile que yo... que el señor ha salido por poco tiempo, que volverá, y que... hará todo lo que ella quiera.
La vieja se quedó toda estupefacta, pensando entre sí: ¿será acaso alguna princesa?
El castellano salió, tomó su carabina, mandó á Marta que permaneciese en la antecámara; dió orden al primer bravo que encontró que se pusiera de centinela para que ninguna otra persona más que ésta entrara en la habitación, y después salió del castillo y bajó la pendiente con la mayor agilidad y precipitación.