El manuscrito no dice la distancia que había desde el castillo al pueblo en donde se hallaba el cardenal; pero por los hechos que vamos á referir, resulta que no debía haber más que un largo paseo. Por el solo acudir de los lugareños á dicho pueblo, no se podrían sacar consecuencias, pues que en las memorias de aquel tiempo encontramos que, de veinte millas y más, corría la gente en tropel para ver al cardenal Federico.

Los bravos que acertaban á pasar mientras el Incógnito bajaba, se paraban respetuosamente, esperando si tenía órdenes que darles, ó si quería que le siguiesen á alguna expedición, no sabiendo qué pensar de aquel aire y aquellas miradas con que contestaba á sus saludos.

Cuando estuvo ya en el camino real, lo que admiraba á los pasajeros era el verlo sin acompañamiento. Por lo demás, todos le hacían lugar y se desviaban, dejándole sitio suficiente, no sólo para él, sino también para su séquito si lo hubiese llevado, y se quitaban respetuosamente los sombreros. Habiendo llegado al pueblo, lo halló enteramente cuajado de una inmensa muchedumbre de gentes; pero aun á pesar de esta circunstancia, su nombre, pasando de repente de boca en boca, bastaba para que la multitud le abriera paso. Se acercó á uno y le preguntó en dónde estaba el cardenal. En la casa del cura, le contestó aquél saludándole, y le indicó cuál era. El señor se dirigió á ella: entró en un patiecillo, en donde había muchos sacerdotes, los cuales le miraron con ademán atónito y de desconfianza. Divisó al frente una puerta abierta que daba entrada á una salita, en donde se hallaban reunidos otros muchos sacerdotes. Se desembarazó de la carabina y la dejó en un rincón del patio; después entró en la mencionada salita, y allí fué también acogido con miradas furtivas, murmullos, su nombre repetido de boca en boca, concluyendo por guardar un profundo silencio. Dirigiéndose el Incógnito á uno de ellos, le preguntó dónde se hallaba el cardenal, porque quería hablarle.

“Yo soy forastero”, contestó el interrogado; y después de haber echado una mirada en derredor, llamó á un capellán, familiar del cardenal, el cual desde un rincón de la sala, estaba justamente diciendo, en voz baja, á un compañero suyo: “¿Es ése el famoso?... ¿Á qué vendrá aquí? ¡Aparta!” No obstante, al llamamiento que resonó en medio del silencio general, se vió precisado á acudir. Saludó al Incógnito, escuchó su pregunta, y levantando la vista con una curiosidad inquieta sobre aquel rostro, y bajándola en seguida, permaneció allí un poco como aturdido, y después dijo, ó más bien balbuceó: “No sé si monseñor ilustrísimo... en este instante se encuentra... éste... pueda... Bien: voy á ver”. Y se dirigió de muy mala gana á la vecina estancia, en la cual se hallaba el cardenal.

Llegados á este pasaje de nuestra historia, no podemos menos de detenernos un poco, como el caminante fatigado y triste, á causa de un largo viaje por un terreno árido y escabroso, se recrea y pierde un poco de tiempo á la sombra de un frondoso árbol, sobre la yerba, ó al lado de una cristalina fuente de agua viva. Nos hemos encontrado con un personaje, cuyo nombre y recuerdo, presentándose á la mente en cualquier tiempo que sea, le causan una emoción tranquila de respeto y un agradable sentimiento de simpatía. Pero ¿cuánto más dulce es dicho sentimiento, después de tantas imágenes dolorosas, después de la contemplación de tanta perversidad? Es absolutamente indispensable que nosotros digamos cuatro palabras tocante al expresado personaje; los que no deseen oirlas y quieran sin embargo saber la continuación de la historia, que salten en derechura al capítulo siguiente.

Federico Borromeo, nacido en el año de 1564, fué uno de esos hombres raros en todo tiempo, que han empleado un esclarecido talento, todos los recursos de una opulenta fortuna, todas las ventajas de una condición privilegiada, una aplicación continua en buscar y practicar el bien. Su vida es como un arroyuelo que, naciendo límpido de la roca, sin estancarse ni enturbiarse jamás en un largo curso por diversos terrenos, va á echarse límpido al caudaloso río. En medio de los placeres y la magnificencia, se dedicó desde su más tierna infancia á esas palabras de abnegación y de humildad, á esas máximas sobre la vanidad de los goces, sobre la injusticia del orgullo, sobre la verdadera dignidad y verdaderos bienes que, comprendidos ó no por los corazones, son trasmitidos de generación en generación, siendo la doctrina fundamental de la religión. Se aplicó, repito, á esas palabras, á esas máximas; las adoptó formalmente, las gustó, las halló verdaderas, reconoció que no podía haber verdad en las palabras y máximas opuestas que se trasmiten también de una en otra generación con la misma perseverancia, y tal vez por los mismos labios, y se propuso tomar por norma de sus acciones y de sus pensamientos las que eran realmente verdaderas. Persuadido que la vida no es para el mayor número más que una pesada carga, y un placer para algunos pocos, pero de cuya inversión es indispensable dar cuenta, empezó á pensar desde niño cómo podría hacer la suya útil y santa.

En el año 1580 manifestó la resolución de consagrarse al ministerio eclesiástico, y recibió el hábito de manos de su primo Carlos[2], á quien la fama ya universalmente y desde largo tiempo proclamaba santo. Poco después entró en el colegio fundado por éste en Pavía, y que lleva todavía el nombre de la familia; y aplicándose con asiduidad á las ocupaciones que estaban prescritas, se impuso además otras dos voluntariamente, siendo la una el enseñar la doctrina cristiana á los más pobres é ignorantes, y la otra el visitar, servir, consolar y socorrer á los enfermos.

Se valió de la autoridad que tenía en aquel paraje para atraer á sus compañeros á secundarle en dichas buenas obras; ejerció en todo lo que era honesto y provechoso como una primacía de ejemplo, una primacía que hubiera obtenido sólo por sus dotes personales, aunque hubiese pertenecido á la más ínfima clase. Las ventajas de otro género que su cuna le hubiera podido procurar, lejos de buscarlas, hizo un estudio particular en esquivarlas. Quiso que su mesa fuera más mezquina que frugal, sus vestidos más bien pobres que sencillos, y conforme á esto todo lo demás, al tenor de su persona ó modo de vivir. No se creyó jamás precisado á mudarlos, aun cuando algunos de sus parientes ponían el clamor en el cielo, y se quejaban de que de semejante modo deshonraba la dignidad de la casa. Tuvo también que sostener una guerra con sus maestros, los cuales furtivamente, y como por sorpresa, procuraban ponerle delante, detrás, á los lados, objetos más ricos, ciertas cosas que lo distinguiesen de los demás, y le hiciesen parecer como el príncipe del lugar donde se hallaba. Esto lo hacían tal vez porque creerían que andando el tiempo podrían sacar algún partido granjeándose su voluntad, ó acaso también movidos por esa bajeza servil que se envanece y se recrea en el esplendor de otros, ó bien porque fuesen de esos hombres prudentes que se asombraban tanto de la virtud como del vicio, y proclaman siempre que la perfección conste en un buen medio, y este medio lo fijan justamente en el punto donde ellos se encuentran á su comodidad. Federico, en vez de dejarse vencer por tales tentativas, reprendía á los que las hacían, y esto en una edad tierna, á saber, entre la pubertad y la juventud.

Que viviendo el cardenal Carlos, que le llevaba veintiséis años, en presencia de una persona tan imponente, y por decirlo así, tan solemne, rodeado de homenajes y respeto, realzado por un tan gran renombre, marcado al propio tiempo con señales de santidad, Federico, niño todavía, procurase conformarse á las maneras y modo de pensar de tal superior, no es ciertamente una cosa que admire; pero lo que sorprende más es que después de la muerte de tan santo varón, nadie pudo apercibirse de que Federico, el cual contaba apenas veinte años, estuviese privado de un guía y un censor. El ruido siempre creciente de sus talentos, de su instrucción y piedad, el parentesco y los influjos de más de un poderoso cardenal, el crédito de su familia, su mismo nombre, al cual el cardenal Carlos había adherido en los ánimos una idea de santidad y de preeminencia, todo lo que debe y puede conducir los hombres á las dignidades eclesiásticas, concurría á pronosticárselas. Pero él, persuadido en el fondo de su corazón, y un buen cristiano no lo puede negar, persuadido de que un hombre no debe tener una justa superioridad sobre los demás, si no están á su servicio, temía las dignidades y trataba de eludirlas; no porque huyese de servir á los otros, pues pocas existencias se ocuparon en esto tanto como la suya, sino porque no se consideraba bastante digno ni con suficiente capacidad para tan importante y peligroso servicio. Por esto, siendo en el año 1595 propuesto por Clemente VIII para el arzobispado de Milán, se le vió sumamente agitado y rehusó sin titubear este cargo; mas luego cedió á causa de una orden expresa y terminante del Papa.

Semejantes demostraciones no son difíciles ni raras. ¿Quién no sabe esto? La hipocresía no tiene necesidad de grandes esfuerzos de ingenio para hacerlas, y la bufonería para burlarse de ellas á buena cuenta y á cada paso. Mas, ¿dejan por ventura por esto de ser la expresión natural de un sentimiento virtuoso y sabio? La vida es la piedra de toque de las palabras; y las palabras que expresan dicho sentimiento, aunque pasen por los labios de todos los impostores y bufones del mundo, serán siempre bellas cuando vayan precedidas y seguidas de una vida de desinterés y de sacrificio.