Federico, una vez fué arzobispo, hizo un estudio particular y continuo de no tomar para sí más riquezas, más tiempo, más cuidados, ni nada más en fin, que lo estrictamente necesario. Decía, como todos dicen, que las rentas eclesiásticas son el patrimonio de los pobres; ahora vamos á ver cómo ponía en práctica semejante máxima. Quiso que se apreciase á cuánto podía ascender su manutención y la de su servidumbre; y habiéndosele dicho que unos seiscientos escudos (escudo se llamaba entonces á la moneda de oro que, quedando siempre con el mismo peso y nombre, fué después llamada zequí), dió orden para que todos los años se sacasen otros tantos de su caja particular, para la de la mensa, no creyendo que á él, siendo tan rico, le fuera lícito vivir con aquel patrimonio. Era tan escaso y minuciosamente económico para sí mismo, que procuraba no quitarse un vestido hasta que estuviese muy usado, uniendo, sin embargo, según fué notado por los escritores contemporáneos, á la costumbre de una extremada sencillez, la de una limpieza esmerada, dos circunstancias remarcables en aquel tiempo de desaseo y despilfarro. Hizo más: á fin de que no se desperdiciase nada, dispuso que las sobras de su frugal mesa se dieran á un hospicio, y uno de los pobres del expresado establecimiento entraba todos los días por orden suya al comedor á recoger todo lo que había quedado. Estos pequeños cuidados acaso podrían inducir á formar el concepto de una virtud avara y miserable, de un espíritu entregado á minuciosidades é incapaz de elevados designios, si no atestiguase lo contrario esa biblioteca ambrosiana que aún existe en el día, la cual proyectó con tan animosa magnificencia y erigió con tantos dispendios. Para proveerla de libros y manuscritos, además del regalo que hizo de los que él mismo había compilado con grande estudio y enormes gastos, envió ocho individuos, los más hábiles é instruidos que pudo hallar, con el objeto de hacer compras por Italia, Francia, España, Alemania, Flandes, Grecia y al monte Líbano, en Jerusalén. De este modo logró reunir cerca de treinta mil volúmenes impresos y catorce mil manuscritos. Añadió á la biblioteca un colegio de doctores (fueron nueve, pensionados por Federico mientras vivió; después, no siendo suficientes las entradas ordinarias para semejante gasto, quedaron reducidos á dos), y su oficio era cultivar varios ramos de conocimientos humanos, como la teología, la historia, las bellas letras, las antigüedades eclesiásticas y las lenguas orientales, con la obligación cada uno de ellos de publicar algún trabajo sobre la materia que les estaba señalada; añadió, igualmente, un colegio llamado por él Trilingüe, para el estudio de las lenguas griega, latina é italiana; un colegio de alumnos, á quienes se instruía en las mencionadas facultades y lenguas para que ellos llegasen también á enseñarlas algún día; estableció allí mismo una imprenta para las lenguas orientales, esto es, para el hebreo, caldeo, árabe, persa y armenio; una galería de pinturas, otra de escultura, y una escuela de las tres principales artes del dibujo.
Para esto encontró fácilmente profesores ya formados; para lo demás, sabemos qué de trabajos le habían costado el hallar los libros y manuscritos. Pero los caracteres de las mencionadas lenguas, mucho menos cultivadas en Europa que lo están en el día, eran ciertamente muy difíciles de hallar; y mucho más todavía que los caracteres, los profesores. Bastará decir, que de nueve doctores sacó ocho de entre los jóvenes alumnos del seminario, juicio enteramente conforme al que parece haber traído la posteridad, que ha condenado á unos y á otros al olvido. En las reglas que planteó para el uso y gobierno de la biblioteca, se trasluce una intención perpetua de utilidad, no solamente bella en sí misma, sino sabia y bien entendida; y en muchas partes, sobrepujando á las ideas y costumbres ordinarias de aquel tiempo. Prescribió al bibliotecario que mantuviese correspondencia con los hombres más doctos de Europa, para que le pusieran al corriente del estado de las ciencias, y le diesen aviso de los mejores libros extranjeros de todo género que salieran á luz, y que tratara de adquirirlos: encargóle también, que indicase á los que quisieran estudiar, las obras que podrían serles útiles, y ordenó que ya fuesen nacionales, ya extranjeros, se les diese todo el tiempo y comodidad posibles para servirse de ellas según la necesidad. Tal intención debe parecer al presente muy natural, y aun inherente á la fundación de una biblioteca; mas sin embargo, en aquella época no era así. En una historia de la biblioteca Ambrosiana, escrita con la mira de utilidad y con la elegancia propia del siglo, por un tal Pierpaolo Bosca, que fué bibliotecario después de la muerte de Federico, se nota expresamente como cosa muy singular, que en dicha biblioteca, fundada por un particular y casi toda á sus expensas, los libros estaban expuestos á la vista del público, eran llevados por cualquiera que los pedía, dando también á todo el mundo sillas para sentarse, papel, plumas y tinta para tomar apuntaciones, mientras que en todas las grandes bibliotecas de Italia, no sólo no estaban visibles los libros, sino que también estaban cuidadosamente cerrados en los armarios: jamás salían de ellos, á no ser que los bibliotecarios se dignasen, por condescendencia, á manifestarlos por un instante: respecto á facilitar á los concurrentes las comodidades indispensables para estudiar, no se tenía una idea siquiera. De modo que enriquecer semejantes bibliotecas, era sustraer los libros al uso común; esto era un modo de cultivar que había entonces, y hay todavía, que vuelve estériles los campos.
No vayáis ahora á preguntar cuáles han sido los efectos de la fundación de Borromeo sobre la instrucción pública: sería fácil demostrarlo en dos palabras, del mismo modo que se demuestra que fueron prodigiosos ó que fueron nulos. Buscar y explicar hasta cierto punto cuáles hayan sido verdaderamente, sería cosa muy pesada, de poca utilidad y extemporánea. Pero imaginaos qué generoso, qué ilustrado, qué benévolo, qué amigo tan perseverante de las mejoras humanas debió haber sido el que pudo querer semejante cosa, que la quiso así, que la puso en ejecución en medio de aquella inercia, de aquella antipatía general para toda aplicación estudiosa, y por consecuencia en medio de los ¿qué importa?... ¡otras cosas hay en qué pensar!... ¡Oh, bella invención!... ¡No faltaba más que ésta!... y otras mil cosas por el estilo. Seguramente, los propósitos debieron ser más números aún que los escudos que gastó en la empresa, y eso que no bajaron de quinientos mil.
Para dar á un hombre semejante el título de benéfico y liberal en el más alto grado, puede parecer que no sea preciso saber si gastó mucho dinero en socorrer inmediatamente á los necesitados: hay mucha gente que opina, que los gastos de este género (iba á decir todos los gastos) constituyen la mejor y más útil limosna. Mas en la opinión de Federico, la limosna, propiamente dicha, era un deber esencial; y en esto, como en lo demás, sus acciones estuvieron de acuerdo con su opinión. Su vida fué una larga y perpetua limosna; y á propósito de aquella misma carestía, de la cual nuestra historia ha hablado ya, tendremos dentro de poco ocasión de referir algunos rasgos que harán ver cuánta sabiduría y generosidad supo prestar aun á sus liberalidades. De los muchos ejemplos singulares que de una tal virtud han descrito sus biógrafos, no citaremos más que uno solo. Habiendo cierto día llegado á su conocimiento que un noble usaba de mil artificios y malos tratamientos para obligar á una de sus hijas á ser religiosa, que deseaba más bien casarse, hizo llamar al padre; y habiéndole arrancado que el verdadero motivo de semejante tiranía era el no tener cuatro mil escudos, cuya cantidad, á su parecer, hubiera sido necesaria para casar á su hija convenientemente, Federico la dotó con cuatro mil escudos. Esto acaso parecerá á alguno una largueza excesiva, mal entendida, demasiado condescendiente con los tontos caprichos de un orgulloso, y que cuatro mil escudos podían ser mejor empleados de otras mil maneras; á la cual nada tenemos que responder, sino que sería de desear que se viesen con frecuencia tales excesos de una virtud tan libre de opiniones dominantes (cada época tiene las suyas), tan independientes de la tendencia general, como lo fué en este caso la que movió á un individuo á dar cuatro mil escudos para que una joven no se viese forzada á ser religiosa.
La caridad inagotable de aquel hombre resplandecía no menos en su continente que en sus larguezas. De fácil acceso para todo el mundo, creía deber manifestar un semblante jovial, una cortesía afectuosa á aquellos á quienes llaman de baja condición, tanto más, cuanto que éstos encuentran pocos en el mundo. Y en este punto tuvo que combatir con los caballeros del ne quid nimis[3]. Un día que en una de sus visitas á un país montañoso y salvaje, Federico instruía á unos pobres niños, y en un momento de descanso los acariciaba amistosamente con la mano, uno de esos nobles de que acabo de hablar, le advirtió que usara más miramiento en hacer caricias á aquellos muchachos, porque estaban demasiado sucios y asquerosos, como si hubiera supuesto el buen hombre que Federico no poseía bastante sentido común para conocerlo, ó la suficiente penetración para adivinar lo que se ocultaba bajo semejante consejo. Tal es la desgracia de los hombres constituidos en dignidad, que mientras que las gentes que les adviertan de sus faltas son muy raras, se encuentran multitud de personas atrevidas que les reprenden el bien que hacen. Pero el buen obispo respondió, no sin algún resentimiento: Son almas encomendadas á mi custodia; acaso no me volverán á ver nunca más; ¡y no queréis que los abrace!
Sin embargo, el resentimiento era bien raro en él, estimado como era por su tranquilidad de espíritu, por la dulzura de su genio, que se hubiera atribuido á una felicidad extraordinaria de temperamento, y sólo era, sin embargo, el efecto de una lucha constante contra una índole pronta y viva. Si alguna vez se mostró severo y brusco, fué con sus subordinados, culpables de avaricia y negligencia, ú otros vicios diametralmente opuestos al espíritu de su noble y santo ministerio. Por todo lo que podía tener alguna relación con sus intereses, ó á su gloria temporal, no daba jamás señales de alegría, pesar, ardor ni agitación: admirable en efecto si estos movimientos no se presentaban á su espíritu, más prodigioso todavía si se presentaban. No sólo en un gran número de cónclaves, á los cuales asistió, se atrajo el concepto de no haber aspirado jamás al puesto que ocupaba, tan envidiado por la ambición y tan terrible para la verdadera piedad, sino que una vez uno de sus colegas más eminentes fué á ofrecerle su voto y el de su facción (palabra muy fea, pero era la que usaban): Federico rehusó esta proposición tan resueltamente, que aquél renunció á su idea, y volvió sus miras á otra parte. Esta misma modestia, esta aversión á dominar, aparecía igualmente en todas las ocasiones más ordinarias de su vida. Atento é infatigable á disponer, á gobernar lo que él juzgaba que era un deber suyo el hacerlo, huyó siempre de entrometerse en los negocios de otros; aun cuando se reclamase su intervención, se defendía con todo su poder; discreción y comedimiento poco comunes en los hombres tan celosos del bien, como lo era Federico.
Si quisiéramos abandonarnos al placer de recoger los rasgos notables de su carácter, resultaría seguramente una mezcla singular de méritos opuesta en apariencia, y que á la verdad es difícil encontrar reunidos; sin embargo, no omitiremos el señalar una particularidad de aquella hermosa existencia: llena como fué de actividad, de cuidados importantes, de funciones, de enseñanza, de audiencias, de visitas diocesanas, de viajes, de controversias, no sólo el estudio tuvo su parte, sino que tuvo tanta, que hubiera bastado á un literato de profesión. Efectivamente, además de muchos títulos dignos de alabanza, Federico obtuvo también, entre sus contemporáneos, el de hombre docto.
No debemos, con todo, disimular que adoptó con una firme persuasión y que sostuvo con una larga constancia ciertas opiniones, que hoy día parecerían á todos más bien extrañas que mal fundadas aun á los mismos que tuviesen deseos de hallarlas justas. Si se le quisiera defender acerca de dicho punto, se tendría esta excusa tan corriente y recibida, que eran errores de aquella época más bien que suyos; excusa que cuando resulta del examen particular de los hechos, puede tener algún valor y significar alguna cosa; pero cuando se aplica en general y enteramente á ciegas, nada vale absolutamente. Sin embargo, como no queremos resolver por medio de simples fórmulas cuestiones complicadas, ni alargar demasiado un episodio, nos abstendremos también de exponerlos. Bástanos haber indicado de paso, que estamos lejos de pretender, que en un hombre tan admirable en conjunto, lo fuese igualmente en todo, porque tenemos miedo que se nos diga hemos querido escribir una oración fúnebre.
No es ciertamente hacer una injuria á nuestros lectores, el suponer que alguno de ellos pregunte, si un hombre tan sabio y tan estudioso no ha dejado por ventura algún monumento. ¡Sí lo ha dejado! Las obras que han quedado de Federico, grandes y pequeñas, latinas é italianas, impresas y manuscritas, llegan á más de ciento, las cuales se conservan en la biblioteca fundada por él: tratados de moral, de oraciones, disertaciones sobre la historia, antigüedades sagradas y profanas, literatura, bellas artes y otras muchas.
¿Y cómo, pues, dirá el lector, tanta diversidad de obras están condenadas al olvido, ó á lo menos son tan poco conocidas, tan poco buscadas? ¿Cómo, pues, con tanto ingenio, con tanto estudio, con tanta experiencia de los hombres y de las cosas, con tanto meditar, con una tan viva pasión por lo bueno, con un alma tan candorosa, con todas estas cualidades que forman al grande escritor, ese hombre en cien obras no ha dejado tan siquiera una sola de las que son reputadas insignes por los mismos que no las aprueban del todo, y conocidas por el título aun de aquellos que no las leen? ¿Cómo, pues, todas juntas no son suficientes, á lo menos por su número, para dar á su nombre una fama literaria que llegue hasta nosotros, que para él constituimos la posteridad?