La demanda es razonable, sin duda, y el debate muy interesante. Las causas de este fenómeno no se encuentran; sería preciso hallarlas en una multitud de hechos generales. Encontrados que fueran, conducirían á la explicación de muchos otros fenómenos semejantes, pero serían numerosos y prolijos; ¿y después si os agradasen?,¿si os hiciesen arrugar el entrecejo? Vamos; lo mejor será que volvamos á tomar el hilo de nuestra historia, en vez de parlotear más tiempo acerca del mencionado personaje; y vamos á verle obrar, guiados por nuestro autor.

NOTAS:

[2] S. Carlos Borromeo.

[3] Nada de más.

CAPÍTULO QUINTO

Mientras que el cardenal Federico esperaba la hora de ir á la iglesia á celebrar los divinos oficios, y se entretenía en estudiar, como tenía de costumbre en sus ratos de ocio, entró el familiar con aire inquieto y turbado.

—Una extraña visita; extraña en verdad, monseñor ilustrísimo.

—¿Quién es?, preguntó el Cardenal.

—Nada menos que el señor ***, replicó el capellán, y apoyándose en cada sílaba con ademán significativo, pronunció aquel nombre que nosotros no podemos decir á nuestros lectores. Luego añadió: Está ahí fuera en persona, y no pide más que ser introducido á la presencia de vuestra señoría.

—¡Él!, dijo el cardenal con semblante animado, cerrando el libro y levantándose del sitial; ¡que venga, que venga pronto!