—Pero... replicó el capellán sin moverse; vuestra señoría ilustrísima debe saber quién es este individuo: aquel desterrado, aquel famoso...

—Y no es una fortuna para un obispo el que haya nacido en un hombre semejante la voluntad de venir á encontrar...

—Pero... insistió el capellán: nosotros no podemos hablar de ciertas cosas, porque monseñor dice que son charlatanerías; mas cuando llega el caso, me parece que es un deber... El celo le hace á uno cobrar enemigos, monseñor; y sabemos positivamente que más de un malvado ha osado vanagloriarse que un día ú otro...

—¿Y qué han hecho?, interrumpió el cardenal.

—Digo que ese hombre es un encubridor de delitos, un calavera, que tiene correspondencia con los calaveras mayores, y que acaso puede ser enviado...

—¡Oh!, ¿qué disciplina es ésta?, interrumpió el cardenal con una sonrisa. ¡Qué! ¿Los soldados exhortan al general á tener miedo? Luego con aire grave y pensativo replicó: San Carlos no hubiera deliberado un momento si debía recibir á semejante hombre; hubiera ido á buscarlo en seguida. Hacedlo entrar al instante: demasiado ha esperado ya.

El capellán salió, diciendo entre sí: No hay remedio; todos estos santos son obstinados.

Abrió la puerta, y habiéndose presentado en la estancia donde se encontraba el señor y la gente reunida, vió á ésta retirada á un lado, ocupada en cuchichear y mirar de reojo á aquél, abandonado y enteramente solo en otro extremo. Se encaminó hacia él, y mientras lo miraba según podía con el rabo del ojo, estaba pensando qué diablo de armas podía llevar ocultas bajo aquel traje. Verdaderamente, antes de introducirlo hubiera debido, á lo menos, proponerle... mas no pudo resolverse á ello... Se le acercó, y dijo: “Monseñor aguarda á vuestra señoría: hacedme el obsequio de venir conmigo”. Y precediéndolo en medio de aquella pequeña multitud que de súbito se abrió dejando paso, echaba á derecha é izquierda ciertas miradas, las cuales significaban: ¿Qué queréis?, ¿no sabéis vosotros tan bien como yo que ese buen señor hace siempre lo que se le antoja?

Apenas el Incógnito fué introducido, cuando Federico le salió al encuentro, con semblante alegre y sereno, con los brazos abiertos, como á una persona que esperaba con ansia, y en seguida hizo seña al capellán que saliese: éste obedeció.

Los dos permanecieron por espacio de algún tiempo sin hablar, y diversamente indecisos. El Incógnito, que había sido llevado allí como á la fuerza, por un delirio inexplicable, más bien que conducido por un determinado designio, estaba como violentado, desgarrado por dos pasiones opuestas: experimentaba á la vez el deseo, la esperanza confusa de encontrar un alivio en sus tormentos interiores, y por otra parte una cólera, una vergüenza de llegar á aquel sitio como vencido por el arrepentimiento, como un súbdito, como un miserable para confesarse culpable, para implorar á un hombre; él no encontraba palabras, ni tampoco casi las buscaba. Sin embargo, alzando los ojos hacia el rostro de aquel hombre, se sentía cada vez más sobrecogido por un sentimiento de respeto suave, irresistible, que aumentando la confianza, mitigaba el despecho, y sin hacer frente al orgullo, lo hacía alejarse y le imponía silencio.