La presencia de Federico era en efecto de aquellas que anuncian cierta superioridad. Su porte era naturalmente modesto y casi involuntariamente majestuoso, no encorvado ni destruido por los años; su mirada era grave y viva, la frente serena y pensativa; en la blancura de sus cabellos, en la palidez de su semblante, al través de las huellas de la abstinencia, de la meditación, de la fatiga brillaba un cierto no sé qué de virginal: todos los rasgos de su semblante indicaban que en otro tiempo había sido dotado de lo que con más propiedad llamamos belleza; el hábito de los pensamientos solemnes y benévolos, la paz interna de una larga vida, el amor hacia los hombres, la alegría continua de una esperanza inefable, habían sustituido una, si así podemos decirlo, hermosura de anciano, que sobresalía todavía más en medio de la magnífica sencillez de la púrpura cardenalicia.
El cardenal tuvo un momento fija sobre el Incógnito su mirada penetrante y ejercitada en leer los pensamientos de los hombres en su semblante, y bajo aquel aire sombrío y turbado, creyó descubrir alguna cosa que estaba conforme con la esperanza que había concebido al primer anuncio de semejante visita. ¡Oh!, exclamó con voz animada; ¡qué preciosa visita es ésta para mí! ¡Cuán agradecido debo estaros por tan buena resolución, aunque para mí tenga cierto aire de reproche!
—¡Reproche!, exclamó el señor atónito, pero tranquilo por aquellas palabras y suaves maneras, como también satisfecho de que el cardenal hubiese roto la valla y entablado la conversación.
—Ciertamente es para mí un reproche, replicó éste, el haber dejado prevenirme por vos. ¡Cuántas veces y cuánto tiempo hace, que hubiera podido, que yo hubiera debido ir á buscaros!
—¡Á mí, vos!, ¿sabéis quién soy yo?, ¿os han dicho verdaderamente mi nombre?
—¡Ah!, este consuelo que yo experimento y que á la verdad se manifiesta en mi semblante, ¿os parece que yo lo hubiera sentido al anuncio, á la vista de un desconocido? Vos sois el que me lo habéis hecho experimentar; vos, repito, á quien debería haber ido á buscar; vos, á quien tanto he amado y compadecido, y por el cual tanto he rogado; vos, aquel de mis hijos, que sin embargo los amo á todos de corazón, aquel de mis hijos á quien más hubiera deseado acoger y abrazar si yo lo hubiese creído posible. Pero Dios solo sabe obrar milagros, y suple á la debilidad, á la lentitud de sus miserables servidores.
El Incógnito permanecía admirado á aquella acogida tan ardiente, á aquellas palabras que respondían tan resueltamente á lo que él no había dicho todavía, ni estaba determinado á decir. Conmovido y bastante turbado, guardaba el más profundo silencio.
—¡Pues cómo!, replicó aún más afectuosamente Federico: ¿tenéis una buena noticia que darme, y me la hacéis esperar tanto?
—¡Una buena noticia, yo! Tengo el infierno en el corazón ¡y vendría á daros una buena noticia! Decidme vos si lo sabéis, ¿cuál es esta buena noticia que esperáis de un hombre como yo?
—Que Dios ha tocado vuestro corazón y quiere haceros suyo, respondió el cardenal con la mayor calma.