—¡Dios! ¡Dios! ¡Dios! ¡Si yo lo viese! ¡si yo lo sintiese! ¿en dónde está ese Dios?
—¡Vos me lo preguntáis, vos! ¿y quién más que vos lo tiene tan cerca? ¿No lo sentís en vuestro corazón, que os oprime, que os agita, que no os deja un momento de reposo, y que al mismo tiempo os atrae, os hace presentir una esperanza de tranquilidad, de consuelo, de un consuelo que está lleno, inmenso, tan pronto como vos lo reconozcáis, lo confeséis y lo imploréis?
—¡Oh! sí, sí; yo tengo aquí alguna cosa que me oprime, que me devora. Pero, ¡Dios!... si es ese Dios, ése que decís, ¿qué queréis que haga de mí?
Estas palabras fueron pronunciadas con acento de desesperación: mas Federico, con tono solemne y como de plácida inspiración, respondió: “¿Qué cosa puede hacer Dios de vos? ¿qué es lo que quiere hacer? una señal de su poder y de su bondad: quiere recabar de vos una gloria que ningún otro pudiera darle. Vos, contra quien el mundo grita hace tanto tiempo; vos, contra quien mil y mil voces se levantan y cuyos hechos detestan... (El Incógnito se estremeció y permaneció un momento estupefacto al oir aquel lenguaje tan insólito, más estupefacto todavía de no experimentar ni un átomo de cólera, y de encontrar al mismo tiempo casi una especie de consuelo). ¡Cuánta gloria, prosiguió Federico, no reportará á Dios! Ésos son gritos de terror, son gritos de interés; quizá también gritos de justicia, pero ¡de una justicia tan fácil, tan natural! Entre los que os acusan, los hay á quienes anima la envidia de ese desgraciado poder que habéis ejercido, de esa deplorable seguridad de ánimo que habéis conservado hasta hoy. Pero cuando vos mismo os levantaréis para condenar vuestra vida y para acusaros, entonces, ¡oh, entonces Dios será glorificado! ¿Y preguntáis lo que Dios puede hacer de vos? ¿Quién soy yo, criatura indigna, para deciros qué provecho puede sacar Dios en adelante de vos, el que puede hacer de esta voluntad impetuosa, de esta imperturbable constancia, cuando la haya animado, enardecido con su amor, de esperanza y arrepentimiento? ¿Quién sois vos, pobre mortal, que habéis pensado ejecutar cosas más grandes por medio del mal, que Dios no puede hacer que hagáis y deis cumplimiento por medio del bien? ¿Lo que Dios puede hacer de vos? ¿Y perdonaros, salvaros? ¿Y consumar en vos la obra de la redención? ¿No son acaso cosas magníficas y dignas de él? ¡Oh, mirad si yo, humilde pecador; si yo tan miserable, y sin embargo tan lleno de mí mismo; si yo, tal cual soy, me regocijo de vuestra salvación, que para asegurarla daría con alegría (el Señor me es testigo) estos pocos días que me restan de vida! ¡Oh, juzgad cuánta debe ser la caridad de ese Dios que me infunde una tan viva, aunque tan imperfecta; y cuánto os ama, cuánto os quiere, él que me ordena y me inspira hacia vos un amor que me abrasa!”
Á medida que estas palabras salían de sus labios, su semblante, sus miradas, cada uno de sus movimientos expresaba lo que sentía. La cara de su oyente, hasta entonces consternada, convulsa, primeramente comenzó á aparecer admirada y atenta, luego dejó traslucir una emoción más profunda y menos angustiada: sus ojos, que desde la infancia no conocían las lágrimas, se hincharon; cuando Federico dejó de hablar, aquél ocultó el rostro entre sus manos, y dió rienda suelta al llanto, que fué como su última y más clara respuesta.
—¡Dios grande y bueno!, exclamó el cardenal, alzando los ojos y las manos al cielo: ¡qué he podido yo hacer jamás, servidor inútil, pastor negligente, para que vos me hayáis llamado á este convite de gracia, para que me hayáis considerado digno de asistir á un tan agradable prodigio! Así diciendo, extendió la mano para coger la del Incógnito.
—¡No!, gritó éste: ¡no, apartaos, apartaos de mí! No manchéis esta mano inocente y benéfica. No sabéis todo lo que ha hecho esta mano que queréis estrechar.
—Dejad, dijo Federico, cogiéndola con dulce violencia; dejad que estreche esta mano que reparará tantos males, que derramará tantos beneficios, que aliviará á tantos afligidos, que se extenderá desarmada, pacífica, humilde á tantos enemigos.
—¡Esto es demasiado!, dijo sollozando el Incógnito: ¡dejadme, monseñor!, ¡buen Federico, dejadme! Una multitud de gente reunida os aguarda con ansia; hay tantas almas puras, tantos inocentes que han venido desde muy lejos para veros una sola vez, para oiros; y vos os entretenéis... ¡con quién!
—Dejemos las noventa ovejas, respondió el cardenal, ellas están seguras en el monte; al presente quiero permanecer con la que estaba descarriada. Esas almas están ahora, quizá, más contentas que si viesen á este pobre obispo. Acaso Dios, que ha obrado en vos un prodigio de misericordia, infunde á aquéllas alegría, cuya causa no penetran todavía. Esa multitud está quizá unida á nosotros sin saberlo; acaso el Espíritu Santo introduce en sus corazones un ferviente ardor de caridad, les inspira una súplica, que exhala por vos acciones de gracias, de las cuales sois el objeto aún ignorado. Al decir esto, echó los brazos al cuello del Incógnito; el cual, después de haber intentado sustraerse, y resistido un momento, cedió como vencido por aquel ímpetu de caridad, abrazó á su vez al cardenal, y dejó caer sobre su hombro su trémulo y demudado semblante. Sus ardientes lágrimas se deslizaban sobre la púrpura sin mancha de Federico, y las manos puras del obispo estrechaban afectuosamente aquellos miembros, oprimían aquel traje habituado á llevar las armas de la violencia y de la traición.