El Incógnito, desasiéndose de los brazos del cardenal, se cubrió de nuevo los ojos con las manos, y alzando al mismo tiempo la cabeza, exclamó: “¡Dios verdaderamente grande! ¡Dios verdaderamente bueno, ahora me reconozco, comprendo quién soy!, ¡tengo á la vista mis iniquidades; me horrorizo de mí mismo; y sin embargo... sin embargo, experimento un consuelo, una alegría, sí, una alegría tal como nunca la he sentido en todo el trascurso de mi horrible vida!”.

—Es una gracia, dijo Federico, que Dios os concede para atraeros á su servicio, para animaros á entrar resueltamente en la nueva vida, en la cual tanto tendréis que deshacer, tanto que reparar, tanto que lamentar.

—¡Yo, desventurado!, exclamó el señor: ¡cuántas... cuántas cosas hay, las cuales no podré hacer más que lamentar! Pero á lo menos hay algunas que apenas están empezadas, y que yo podré deshacer, y tengo una, principalmente, que puedo deshacer en seguida, romper, reparar.

Federico prestó la mayor atención, y el Incógnito refirió sucintamente, pero con palabras más execrables, más enérgicas, quizá, que nosotros lo hubiéramos hecho, la violencia cometida con Lucía, los terrores y padecimientos de la infortunada, el modo con que le había implorado, y la especie de frenesí que las súplicas de dicha joven había hecho nacer en su alma, y cómo ella seguía aún en el castillo.

—¡Ah, no perdamos tiempo!, exclamó Federico, palpitante de piedad y de solicitud. ¡Bienaventurado vos! Ésta es una prenda del perdón de Dios: él hace de vos un instrumento de salvación para aquella de quien vos queríais ser un instrumento de ruina. ¡Dios os ha bendecido!... ¿Sabéis de dónde es nuestra pobre desgraciada?

El señor nombró el pueblo de Lucía.

—No está lejos de aquí, dijo el cardenal: ¡Dios sea loado! y probablemente... Al hablar así, corrió á una pequeña mesa y tocó una campanilla. El capellán entró al momento con aire inquieto, y la primera cosa que hizo fué mirar al Incógnito. Al ver aquella figura tan descompuesta, aquellos ojos preñados de lágrimas, miró al cardenal, y al través de aquella modestia, aquella calma inalterable, descubrió en su semblante como una especie de gran contento, de extraordinaria solicitud. Hubiera permanecido extasiado y con la boca abierta, si el cardenal no le hubiese sacado repentinamente de aquella contemplación, preguntándole, si entre los párrocos reunidos en la otra estancia se encontraba el de ***.

—Está efectivamente, monseñor ilustrísimo, respondió el capellán.

—Hacedlo entrar en seguida, dijo Federico, y con él al párroco de esta iglesia.

El capellán salió y se dirigió á la sala en donde los sacerdotes estaban reunidos. Todas las miradas se fijaron en él, el cual con la boca siempre abierta, la admiración pintada sobre su rostro, dijo levantando las manos y agitándolas en el aire: “¡Señor, Señor! hic mutatio dexteræ excelsi”; y permaneció un momento sin añadir nada más. Después, tomando el tono y la voz correspondientes al encargo que llevaba, añadió: “Su señoría ilustrísima y reverendísima pregunta por el señor cura de la parroquia y el señor cura de ***”.