El primer llamado apareció en seguida, y al mismo tiempo salió, de entre la multitud, un “¿yo?” tardío y pronunciado con acento de sorpresa.
—¿No sois por ventura el señor cura de ***? prosiguió el capellán.
—Justamente; mas...
—Su señoría ilustrísima y reverendísima os llama.
—¿Á mí?, dijo todavía aquella voz, significando claramente en aquel monosílabo: “¿Qué tengo que hacer allá dentro?”. Pero esta vez el hombre salió de la multitud juntamente con la voz, no siendo otro que D. Abundio en persona. Se adelantó con forzado paso y con semblante entre atónito y disgustado. El capellán le hizo una seña con la mano, que quería decir: “Vamos, vamos; ¿cuesta esto tanto?”. Y precediendo á los dos curas, se encaminó hacia la puerta, la abrió y los introdujo.
El cardenal abandonó la mano del Incógnito, con el cual entretanto había concertado lo que debían hacer. Se separó un poco de él y llamó por medio de una seña al cura de la parroquia. Contóle en pocas palabras el asunto del cual se trataba, y le preguntó si podría encontrar en seguida una buena señora que quisiese ir en una litera al castillo para traer á Lucía. Era preciso que fuese una mujer decidida, caritativa, que supiese gobernarse bien en una expedición tan nueva, y usar las maneras más convenientes, encontrar las palabras más adaptadas para reanimar y tranquilizar á aquella infeliz, á quien después de tantas angustias é inquietudes la idea de su libertad podía causar una nueva turbación en su alma.
Después de haber reflexionado un momento, el cura dijo que tenía una persona á propósito, y dicho esto salió. El cardenal llamó con otra seña al capellán, á quien ordenó que hiciese preparar una litera y ensillar un par de mulas. Luego que hubo partido el capellán, se volvió hacia D. Abundio.
Éste, que se había ya colocado cerca del cardenal por estar lejos de aquel otro señor, y que miraba de reojo, tan pronto al uno como al otro, perdiéndose en conjeturas acerca de lo que podía significar todo aquello, se adelantó un poco más, hizo una profunda reverencia, y dijo: “Se me ha significado que vuestra señoría ilustrísima me llamaba; mas creo que debe haber sido una equivocación”.
—No es equivocación, respondió Federico; tengo que daros una noticia á la vez agradable y consoladora, y un encargo dulcísimo. Una de vuestras feligresas, que habéis llorado como perdida, Lucía Mondella, ha sido hallada; está aquí cerca, en la casa de este mi estimado amigo que tenéis presente. Iréis con él y con una señora que el cura de esta población ha ido á buscar: iréis, repito, al sitio en que se encuentra, y la acompañaréis aquí.
D. Abundio hizo todo lo posible para disimular el disgusto, ¡qué digo!, el tormento, el martirio que le causaba semejante proposición, semejante mandato. Demasiado adelantado para contener un gesto desagradable formado ya sobre su rostro, trató de ocultarlo, inclinándose profundamente en señal de obediencia; y no se levantó más que para hacer otro pequeño saludo al Incógnito, dirigiéndole una mirada piadosa que equivalía á decir: “Estoy en vuestras manos, compadeceos de mí: parcere subjectis”.