El cardenal le preguntó en seguida qué parientes tenía Lucía.

—No tiene pariente más próximo que su madre, con la cual vivía, respondió D. Abundio.

—¿Y ésta se halla en su casa?

—Sí, monseñor.

—Ya que, replicó Federico, esa pobre niña no puede por el pronto ir á su morada, le servirá de un gran consuelo el ver á su madre cuanto antes: si el señor cura párroco de esta población no llega antes de que yo vaya á la iglesia, os ruego tengáis á bien decirle que busque un carruaje ó una cabalgadura, y envíe un hombre de juicio para buscar á la madre y conducirla aquí.

—¿Y si fuese yo mismo?, dijo D. Abundio.

—No, vos no; ya os he suplicado otra cosa, contestó el cardenal.

—Lo decía, replicó D. Abundio, para disponer á aquella pobre madre: es una persona muy sensible, y se requiere uno que la conozca, y sepa comprender su genio, con el objeto de no causarle más mal que bien...

—Por esto es por lo que os he suplicado que advirtieseis al señor párroco que escoja una persona á propósito: vos seréis mucho más necesario en otra parte, respondió el cardenal. Él hubiera querido decir: “Esa pobre niña tiene necesidad de ver prontamente una figura conocida, una persona segura en ese castillo, después de tantas horas de espanto, y en una tan terrible oscuridad acerca del porvenir”. Pero esto era cosa que no podía decirse claramente delante de aquel tercer personaje. El cardenal encontró, sin embargo, extraño, que D. Abundio no lo hubiese entendido con el aire que lo decía, y también que no lo hubiese pensado por sí propio. La oferta y la persistencia con la cual se oponía, le parecieron fuera de lugar, lo cual le hizo juzgar que allí se encerraba algún misterio. Miróle al semblante, y descubrió sin trabajo el miedo que el pobre cura experimentaba de tener que viajar con aquel hombre temible, como igualmente el de ser su huésped aunque fuese por pocos momentos. Quiso disipar enteramente sus temores; y como no juzgó conveniente llamarlo aparte y hablarle en secreto en presencia de su nuevo amigo, pensó que el mejor medio era hacer lo que hubiera hecho sin este motivo; es decir, hablar al Incógnito mismo. Así, D. Abundio vería por sus respuestas que ya no era un hombre del cual se pudiese tener miedo. Se aproximó, pues, al señor, y con ese aire de confianza espontánea que se encuentra en una nueva y fuerte afección, del mismo modo que en una antigua antipatía, “No creáis, le dijo, que yo me contente con la visita de hoy: ¿vos volveréis, no es cierto, en compañía de este digno eclesiástico?”

—¡Sí volveré! contestó el Incógnito, aun cuando vos lo rehusarais, me quedaría obstinadamente á vuestra puerta como un mendigo; ¡yo tengo necesidad de hablaros, de oiros, de veros! En una palabra, ¡tengo necesidad de vos!