Federico le tomó la mano, se la apretó, y le dijo: “Favorecednos, pues, quedándoos á comer con nosotros; así lo espero. Entretanto, voy á rogar y á dar gracias en compañía del pueblo, y vos id á recoger los primeros frutos de la misericordia”.

D. Abundio, á semejantes demostraciones, se parecía á un niño miedoso que ve acariciar sin temor á un gran perro de presa, con el pelo erizado, con los ojos sangrientos, famoso por sus mordeduras y por los terrores que ha causado. El niño ha oído perfectamente decir al dueño que su perro es un buen animal, dulce, tranquilo, y mientras está oyendo dichas alabanzas, mira al expresado dueño, y no le contradice ni aprueba; mira también al perro, y no se atreve á acercarse á él por miedo de que el buen animal no le enseñe los dientes, aun cuando no sea más que por vía de juego, ni tampoco osa alejarse por no parecer cobarde, y dice interiormente: ¡oh, si me encontrase en mi casa!

El cardenal, que se disponía á salir, teniendo siempre de la mano y llevando consigo al Incógnito, dió de nuevo una ojeada al pobre cura, que se quedaba atrás, triste, mortificado, descontento, dejando entrever, á su pesar, el disgusto que sentía. Juzgando que semejante desagrado pudiese provenir de que pareciese que era olvidado ó como abandonado en un rincón, tanto más poniéndole en parangón con un facineroso tan bien acogido y tan acariciado, volviéndose hacia él se paró un momento, y con una amable sonrisa le dijo: “Señor cura, vos habéis permanecido siempre conmigo en la casa de nuestro buen padre; pero éste... este perierat, et inventus est...”.

—¡Oh, cuánto me alegro! dijo D. Abundio, haciendo al mismo tiempo á ambos una gran reverencia.

El arzobispo pasó el primero, empujó la puerta, que fué súbitamente abierta de par en par por la parte exterior, por dos criados que estaban colocados uno á un lado y otro á otro, y el admirable cuadro de aquellos tres personajes tan distintos entre sí, apareció á las ávidas miradas del clero reunido en aquel paraje. Viéronse aquellos dos rostros, en los cuales estaba retratada una emoción muy diversa, pero igualmente profunda: en el aspecto venerable de Federico, la ternura de reconocimiento, la humilde alegría; en el del Incógnito, una confusión templada por el contento, un pudor nuevo, una compunción en la cual, sin embargo, se traslucía todavía el vigor de aquella naturaleza áspera y salvaje. Y luego se supo, que á más de uno de los espectadores le había venido á la imaginación este pasaje de Isaías: El lobo y el cordero irán á pacer juntos á una misma pradera; el león y el buey comerán en un mismo establo. Detrás de ellos venía D. Abundio, de quien nadie hizo caso.

Cuando estuvieron en medio de la estancia, entró por el ángulo opuesto el ayuda de cámara del cardenal, el cual se acercó para decirle que había ejecutado las órdenes comunicadas por el capellán; que la litera y las mulas estaban preparadas, y que únicamente se esperaba á la señora que el párroco debía conducir. El cardenal le previno que apenas llegara aquél se viese al momento con D. Abundio, y que en seguida se pusiese todo á las órdenes de éste y del Incógnito, al cual apretó de nuevo la mano en ademán de despedida, diciendo: “Os aguardo”. Se volvió á saludar á D. Abundio, y se dirigió hacia el lado que conducía á la iglesia. El clero le siguió en buen orden; los dos compañeros de viaje se quedaron solos en la estancia.

El Incógnito permanecía recogido en su interior, meditabundo, y al propio tiempo impaciente por que llegase el momento de ir á aliviar á su Lucía de sus penas y sacarla de su encierro; porque ella es ahora su Lucía, pero en muy diverso sentido que lo era la víspera. Su semblante expresaba una agitación concentrada, que á la espantadiza vista de D. Abundio, podía parecer fácilmente otra cosa peor. De cuando en cuando miraba al Incógnito á hurtadillas; bien hubiera querido entablar con él una conversación amistosa; “pero, ¿qué es lo que debo decirle?, pensaba entre sí; ¿le diré de nuevo que me alegro? ¡Me alegro! ¿De qué? ¿De que habiendo sido hasta ahora un demonio, haya tomado la resolución de llegar á ser un hombre honrado como los demás? ¡Hermoso cumplido! ¡Bah, bah, bah!, de cualquier modo, por más vueltas que le dé, las congratulaciones no significarían más que lo dicho. Y después, ¿será cierto que se haya vuelto hombre de bien, así, tan de pronto? ¡Se hacen tantas demostraciones en este mundo, y por tantas cosas! ¿Qué sé yo?, algunas veces... ¡Y entretanto es preciso que vaya con él á ese castillo!... ¡Oh, qué historia, qué historia! ¡Quién me lo había de haber dicho esta mañana! ¡Ah!, si llego á salir con bien, la señora Perpetua tendrá que oírme, por haberme impelido aquí á la fuerza, sin necesidad, fuera de mi curato. ¡Todos los párrocos de las cercanías acuden, y no es cosa de quedarse atrás, y esto, y meterme en un negocio de semejante especie! ¡Oh, infeliz de mí! Sin embargo, es preciso decir algo á este hombre”. Se puso á pensar; y por último, encontró lo que tenía que decirle. “Jamás hubiera esperado tener la dicha de hallarme con tan respetable compañía”, é iba abrir la boca, cuando el ayuda de cámara entró acompañado del cura del pueblo, el cual anunció que la dama estaba pronta en la litera; y luego se volvió á D. Abundio para recibir de él la otra comisión del cardenal. D. Abundio desempañó como pudo su encargo en medio de aquel desorden de ideas, y acercándose enseguida al ayuda de cámara, le dijo: “Dadme al menos un animal pacífico; porque, á la verdad, soy muy mal jinete”.

—Podéis estar tranquilo, respondió el ayuda de cámara con tono de zumba; es la mula del secretario, que es un literato.

—Bien..., replicó D. Abundio, y continuó diciendo entre sí: “¡El cielo me la depare buena!”.

El señor se había apresurado á ponerse en marcha al primer aviso. Llegado al umbral, se apercibió de que D. Abundio se había quedado atrás. Se detuvo para esperarle, y cuando éste llegó precipitadamente con ademán de pedirle perdón, le saludó y le hizo pasar adelante con aire cortés y humilde, cosa que tranquilizó algún tanto el espíritu del pobre atribulado. Mas apenas puso el pie en el patiecillo, vió otra novedad que le disminuyó un poco aquel pequeño consuelo: divisó al Incógnito dirigirse hacia un rincón, tomar con una mano su carabina por la culata, después cogerla con la otra por la correa, y con un movimiento rápido, como si hiciese el ejercicio, colocarla sobre sus espaldas.