—¡Ay, ay, ay!, dijo D. Abundio: ¿qué es lo que querrá hacer con semejante herramienta? ¡Buen cilicio, bella disciplina de convertido! ¡Y si le viene á la imaginación alguna brutalidad! ¡Oh, qué expedición, qué expedición!
Si el señor hubiese podido sospechar apenas qué especie de ideas pasaban por la mente de su compañero, no se puede decir qué es lo que hubiera hecho para tranquilizarlo; mas estaba muy lejano de semejante sospecha; y D. Abundio procuraba no hacer ningún ademán que significase claramente: “no me fío de vuestra señoría”.
Llegados á la puerta de la calle, encontraron las dos cabalgaduras dispuestas: el Incógnito saltó sobre la que le fué presentada por un palafrenero.
—¿No tiene ningún vicio?, preguntó al ayuda de cámara D. Abundio, con un pie puesto en el estribo y el otro apoyado todavía en tierra.
—Montad y tranquilizaos, porque es un cordero, respondió aquél. D. Abundio, agarrándose á la silla sostenido por el ayuda de cámara, hace esfuerzos y más esfuerzos para montar, y por fin lo consigue.
La litera, que permanecía á algunos pasos delante, arrastrada también por dos mulas, se puso en movimiento á la voz del conductor, y la comitiva partió.
Era preciso pasar por delante de la iglesia, toda llena de gente, por una plazuela henchida también de gentes del país y forasteros que no habían podido entrar en aquélla. La gran noticia se había difundido ya por todas partes, y al aparecer la litera, al divisar aquel hombre, objeto pocas horas antes de terror y de execración, y ahora de admirable pasmo, se alzó al través de la multitud un confuso murmullo como de aplausos; y abriendo paso se apresuraban todos con la mayor ansiedad á salirle al encuentro para verlo de cerca. La litera pasó: el Incógnito también; y delante de la puerta abierta de la iglesia, se quitó el sombrero, é inclinó aquella frente tan temible hasta las mismas crines de la mula, en medio del susurro de cien voces que decían: “¡Dios os bendiga!”. D. Abundio se quitó igualmente su sombrero, se inclinó, y se encomendó á Dios; mas percibiendo el concierto solemne de sus colegas que cantaban sin interrupción, experimentó una envidia, una especie de triste ternura, una desanimación tan grande, la cual no le dejó contener las lágrimas.
Mas cuando hubieron salido de la población, cuando se hallaron á campo raso, en medio de las revueltas con frecuencia totalmente solitarias del camino, un velo aún más oscuro se extendió sobre sus pensamientos. No tenía otro objeto en el cual posar de una manera segura sus miradas más que sobre el conductor, el que estando al servicio del cardenal debía ser verdaderamente un hombre de bien, siendo así que no tenía facha de bribón. De vez en cuando aparecían viajeros que acudían á ver al cardenal; su vista era un bálsamo para D. Abundio, pero pasajero; pues recordaba que se dirigía hacia aquel terrible valle en donde no se encontraban más que súbditos del amigo: ¡y qué súbditos! Él hubiera deseado al presente más que nunca entablar conversación con el Incógnito, tanto para tantearle todavía, como para tenerle propicio; mas viéndolo tan preocupado y meditabundo, se le pasaban los deseos. Vióse, pues, obligado á hablar consigo mismo; y he aquí una parte de lo que el infeliz se dijo en aquella travesía.
“¿No es una cosa admirable que tanto los santos como los bribones tengan siempre azogue en las venas; que no se contentan en revolverse, con apesadumbrarse ellos mismos, sino que quieren meter en danza, si pueden, á todo el género humano? ¿No es una fatalidad que los más revoltosos me vengan siempre á encontrar, yo que no busco á nadie, á cogerme casi por los cabellos para meterme en sus negocios, yo que no pido otra cosa sino que me dejen vivir tranquilo? ¡Ese malvado, ese loco de atar de D. Rodrigo! ¿Qué es lo que podría faltarle para ser el hombre más feliz de este mundo, si él tuviese únicamente un poco de juicio? Él es rico, joven, respetado, cortejado; su dicha le pesa y es preciso que vaya á caza de cuidados para sí y para los demás. Podía poseer el arte de Michelaccio: ¡no, Dios mío!, quiere tener el oficio de molestar á las mujeres, el más loco, el más necio, el más rabioso oficio de este mundo: podría ir al paraíso en carroza, y quiere ir á la mansión del diablo á pie cojo. ¡Y éste!... Y diciendo esto lo miraba, como si hubiese sospechado que él entendiese sus pensamientos. Éste, después de haber revuelto por sus maldades el mundo de arriba abajo, al presente lo revuelve con su conversión... ¡Dios quiera que sea verdadera! Pero mientras, á mí me toca hacer la experiencia... Hay gente que cuando nace con esta manía, siempre están poseídos del afán de hacer ruido. ¿Se quiere que uno sea hombre de bien toda su vida, como yo lo he sido? No señor: se debe descuartizar, asesinar, hacer mil diabluras... ¡Oh, cuán desgraciado soy!... ¿Y luego, meter tanto ruido aun para hacer penitencia? Cuando se tienen buenos deseos de hacerla, se puede practicar en casa tranquilamente sin tanto aparato, sin incomodar tanto al prójimo... ¡Y su señoría ilustrísima! Salirle al encuentro con los brazos abiertos, diciéndole, amigo querido, amigo mío; escuchar sus menores palabras como si le hubiese visto hacer milagros, tomar de repente una resolución, aprobarlo todo, aplaudir todo lo que aquél propone; pronto por aquí, pronto por allá. Esto se llama, según mi pobre entender, una precipitación. ¡Y sin tener ninguna prenda, sin la menor seguridad poner en sus manos á un pobre párroco! Esto se llama jugar á un hombre á pares ó nones. Un santo obispo como él lo es, debe estar tan celoso de sus párrocos, como de las niñas de sus ojos. Un poco de cachaza, un poco de prudencia, un poco de caridad, son cosas que pueden, á mi entender, conciliarse con la santidad... ¡Y si todo esto no fuesen más que apariencias! ¿Quién es capaz de conocer los designios de los hombres? ¡Y digo, de los hombres como éste! ¡Solamente el pensar que tengo que ir con él á su casa, me horrorizo! ¿Quién sabe las diabluras que puede tener proyectadas allá arriba? ¡Desventurado de mí! Es mejor no pensar en esto. ¿Qué embrollo es éste de Lucía? Se diría que era una inteligencia con D. Rodrigo: ¡qué gente ésta! Dios permita todavía que la cosa sea así: pero ¿cómo ha caído en las garras de ese hombre? ¿quién lo sabe? Éste es un secreto entre él y monseñor; y no se dignan decirme una palabra siquiera á mí, que me hacen trotar de semejante modo. Yo no me cuido de saber los negocios de otro; pero cuando á uno le va el pellejo, tiene derecho de no ignorar las cosas. Si fuese en efecto para ir á buscar á aquella pobre criatura, ¡vaya, paciencia! Á pesar de que podía conducirla muy bien consigo en derechura. Y luego, si en efecto está arrepentido, si se ha convertido en un santo hombre, ¿qué necesidad tenía de mí? ¡Oh, qué confusión!... Basta. ¡Plegue al cielo que así sea! Habrá sido una penosa comisión; pero ¡paciencia! me alegraré por la pobre Lucía; la infeliz habrá escapado de una buena. ¡Dios sabe lo que ha sufrido! La compadezco; pero ella ha nacido para causar mi ruina... Á lo menos, si pudiese leer en el corazón de este hombre y saber lo que piensa! ¿Quién podrá vanagloriarse de conocerlo? Helo aquí; tan pronto se parece á S. Antonio en el desierto, tan pronto á Holofernes en persona. ¡Oh infeliz de mí, cuán desgraciado soy! Vamos; el cielo está obligado á protegerme, pues yo no me he mezclado en nada por mi capricho”.
Efectivamente, sobre el semblante del Incógnito veíanse pasar, por decirlo así, los pensamientos que le agitaban, como se ve en un día de tempestad á las nubes correr delante del sol, ora dejando escapar sus deslumbradores rayos, ora oscureciendo el espacio. El ánimo, aún embriagado por las suaves palabras de Federico, y como rehecho y rejuvenecido por una nueva vida, se elevaba hacia las ideas de misericordia, de perdón y de amor; volviendo á caer de nuevo bajo el peso de aquel terrible pasado, inquieto, agitado, turbulento, buscaba en su memoria cuáles eran las iniquidades que podía esperar, cuáles las que podía detener que no estuviesen aún ejecutadas del todo; qué remedios serían más expeditos y seguros; el modo de cortar tantos nudos; qué hacer de tantos cómplices: era una verdadera confusión y aturdimiento esa expedición á la cual corre, esa expedición tan fácil, que toca ya á su fin, y á la que no va más que con un deseo mezclado de angustias, atormentado como está por el pensamiento de que aquella infortunada criatura sufre, ¡ah, Dios sabe cuánto! Ansía que llegue el momento de libertarla; y entretanto, ¡él es el que la hace padecer! Cada vez que se presentaban dos caminos, el conductor de la litera se volvía hacia el Incógnito para saber cuál debía tomar, y éste se lo indicaba con la mano, haciéndole al propio tiempo señas de que apresurase el paso.