Por último, entraron en el valle. ¡En qué estado se hallaba entonces el pobre D. Abundio! ¡Encontrarse en aquel famoso valle, acerca del cual había oído referir tan espantosas, tan horribles historias! ¡Aquellos hombres célebres, la flor de los bravos de Italia; aquellos hombres sin miedo y sin misericordia, verlos en carne y hueso; tropezar con uno, dos ó tres á cada revuelta que hacía el camino! Ellos se inclinaban, es verdad, con respeto ante su señor; pero aquellos rostros bronceados, aquellos erizados bigotes, aquellos enormes ojazos, que al sentir de D. Abundio parecían decir: “¿Es necesario ajustar la cuenta á este sacerdote?...”. El desgraciado estaba turbado hasta tal extremo, que en un momento de consternación llegó á decirse interiormente: Aun cuando los hubiera casado, no podía sucederme otra cosa peor.

Entretanto, avanzaban por un sendero arenoso á lo largo del torrente. Al frente las miradas no se detenían más que sobre aquellos terribles, profundos y desiertos precipicios, detrás de los cuales se hallaba aquella espantosa población, á cuyo lado la más horrible soledad hubiera sido preferible. Dante no estaba mejor en medio del Malebolge[4].

Pasan por delante de la Malanotte: los bravos que están á la puerta saludan respetuosamente al señor, y echan miradas furtivas á su compañero y á la litera. Ellos no sabían qué pensar: ya la partida del Incógnito solo al amanecer tenía algo de extraordinario; la vuelta no lo era menos. ¿Era acaso una presa que conducía? ¿y cómo la había hecho por sí solo? ¿y de quién podía ser aquella librea? Miraban, miraban, pero nadie se movía, porque ésta era la orden que el amo les significaba con su aire y sus miradas.

Emprenden la subida; llegan por fin á lo alto. Los bravos que se hallaban en la explanada, y en la puerta, se retiran á un lado y á otro con el objeto de dejar el paso libre: el Incógnito les manifiesta, por medio de una seña, que no se muevan; espolea á su cabalgadura, y pasa delante de la litera; indica al conductor y á D. Abundio que le sigan; entra primeramente en un patio, luego en otro; se dirige á una pequeña puerta; detiene por medio de un gesto á un bravo que acudía á tenerle el estribo, y le dice: “Quédate aquí y no dejes pasar á nadie”. Se apea, ata con precipitación la mula á una reja, se dirige á la litera, se acerca á la dama que había descorrido las cortinillas, y le dice en voz baja: “Consoladla pronto; hacedle comprender que está libre, en poder de amigos; Dios os lo pagará”. Después, manda al conductor que abra; luego se aproxima á D. Abundio, y con un semblante tan sereno como éste no le había visto todavía, ni creía que pudiese tenerlo nunca, en el cual se pintaba la alegría que experimentaba, de ver tocar á su fin la buena obra que iba á consumar, le dice también en voz baja: “Señor cura, no pido que perdonéis la incomodidad que se os ha causado por mi causa; vos lo hacéis por aquel que recompensa largamente, y por esa desgraciada”. Esto dicho, cogió con una mano el morro de la cabalgadura de D. Abundio, y con la otra el estribo, y lo ayudó para que se apease.

Aquel rostro, aquellas palabras y aquel ademán, le habían dado la vida. Lanzó un suspiro que una hora hacía giraba dentro de su pecho sin poder hallar salida; se inclinó ante el Incógnito, y le contestó en voz muy baja: “¿Vuestra señoría se burla? ¡Pero, pero, pero!...”, y aceptando la mano que se le ofrecía de una manera tan cortés, se deslizó como pudo de su mula. El Incógnito la ató también, y habiendo dicho al conductor que se quedase allí esperando, sacó una llave del bolsillo, abrió la puerta, hizo entrar al cura y á la dama, en seguida entró él, pasó delante, se encaminó hacia una escalerilla, y la subió en silencio, seguido de sus compañeros.

NOTAS:

[4] Así llama el Dante á su octavo círculo del infierno, en donde este inmortal poeta coloca á los fraudulentos. Aquellos de nuestros lectores á quienes sea familiar la lengua italiana, y hayan leído las célebres obras del sublime autor de la Divina Comedia, recordarán estos magníficos versos, con los cuales empieza el canto XVIII.

Luogo è in inferno detto Malebolge
Tutto di pietra e di color ferrigno
Come la cerchia che d’intorno il volge &c.

N. del T.

CAPÍTULO SEXTO