Lucía se había levantado apenas, empleando poco tiempo en despertarse de hecho, separando las confusas visiones de sus sueños, de los recuerdos é imágenes de aquella realidad tan semejante al funesto delirio de un enfermo. La vieja se le acercó al instante, y con aquella voz forzadamente humilde, le dijo: “¡Ah!, ¿habéis dormido? Hubierais podido dormir en el lecho; bastantes veces os lo dije ayer noche”. Y no recibiendo contestación, continuó siempre de una manera forzada: “Tomad un bocado; tened juicio. ¡Uf! ¡Os vais á poner fea! Tenéis necesidad de comer. Y después, cuando vuelva, la va á tomar conmigo”.

—No, no; quiero marchar, quiero ir adonde está mi madre. El amo me lo ha prometido; ha dicho: mañana por la mañana. ¿En dónde está el amo?

—Ha salido; pero me ha dicho que volverá pronto y que hará todo lo que vos queráis.

—¿Ha dicho esto?, ¿lo ha dicho? ¡Bien! Quiero ir adonde está mi madre; en seguida, en seguida.

De repente se oye un ruido de pisadas en la vecina estancia, y después llamar á la puerta. La vieja corre á ella y pregunta: “¿Quién es?”.

—Abre, le responde dulcemente una voz bien conocida.

La vieja descorre el cerrojo, el Incógnito empuja suavemente la puerta, la entreabre, manda á la vieja que salga, introduce en el mismo instante á D. Abundio y á la buena dama, cierra de nuevo la puerta, permanece detrás de ella por la parte de afuera, y manda á la vieja á un extremo lejano del castillo, según había ya enviado también á la mujer que se hallaba fuera de guardia. Al primer punto de vista, todo este movimiento y la aparición de personas nuevas, causaron á Lucía mucho sobresalto y agitación; porque si su situación presente le era insoportable, todo cambio, sin embargo, era un motivo de sospecha y de nuevo espanto. Mira; ve á un sacerdote, á una dama; se tranquiliza un poco, y mira con más atención: ¿es ó no es él? Reconoce á D. Abundio y permanece con los ojos fijos como vencida por un encanto. La buena dama se acerca á ella, la saluda, la mira con ademán enternecido, coge sus dos manos, como para acariciarla y levantarla al mismo tiempo, y luego le dice: “¡Oh, pobrecita!, venid, venid con nosotros!”.

—¿Quién sois, pregunta Lucía?, mas sin aguardar respuesta se vuelve hacia D. Abundio, el cual permanecía de pie, con aire compungido, á dos pasos de distancia; lo mira fijamente de nuevo, y exclama: ¡Vos!, ¿sois vos, señor cura? ¿En dónde estamos? ¡Oh, cuán desgraciada soy, estoy fuera de mí!

—No, no, repuso D. Abundio: soy yo en efecto; tened ánimo. Mirad; estamos aquí para llevaros: soy vuestro propio cura, habiendo venido aquí expresamente, á caballo...

Lucía, como si hubiese recobrado en un instante todas sus fuerzas, se enderezó precipitadamente, después fijó aún su mirada sobre aquellos dos rostros, y dijo: “¿Es, pues, la Madonna la que os ha enviado?”.