—Creo que sí, dijo la buena dama.
—Mas, ¿podemos marchar, podemos marchar ya de veras?, replicó Lucía bajando la voz y con aire tímido é indeciso. ¿Y toda esa gente?... prosiguió, con los labios contraídos y trémulos de espanto y horror: ¿y ese señor... ese hombre?... Él me lo había prometido.
—Aquí está también, el cual ha venido á propósito con nosotros, dijo D. Abundio, y espera fuera. Marchemos pronto; no hagamos esperar á semejante sujeto.
Entonces, aquel de quien se hablaba, empujó la puerta y se dejó ver. Lucía, que poco antes lo deseaba, no teniendo otra esperanza en el mundo; ahora, después de haber visto y oído aquellas voces amigas no pudo reprimir un súbito terror; se estremeció, contuvo su respiración, se arrimó á la buena dama, y ocultó su semblante en el seno de ésta. Al aspecto de aquella joven inocente, sobre la cual ya la noche precedente no había podido fijar su vista, al aspecto de aquella desgraciada que una larga abstinencia y prolongados sufrimientos habían vuelto pálida, abatida, inconsolable, se detuvo. Al ver luego aquel movimiento de terror, bajó los ojos, permaneció todavía un momento inmóvil y mudo; después, respondiendo á lo que la pobre niña no había dicho: “Es verdad, exclamó, ¡perdonadme!”.
—Viene á libertaros, ya no es el mismo hombre; se ha hecho bueno. ¿Ois cómo os pide perdón?, decía la buena dama al oído de Lucía.
—¿Se puede decir más? ¡Vamos!, levantad la cabeza, no seáis niña; que podamos partir al instante, le decía D. Abundio.
Lucía levantó la cabeza, miró al Incógnito, y al ver aquella frente baja, aquella mirada confusa y aterrada, presa de un sentimiento mezclado de esperanza, de reconocimiento y de piedad, dijo: “¡Oh, monseñor, que Dios os recompense vuestra misericordia!”.
—Y á vos, cien veces, el bien que me hacéis con estas palabras.
Diciendo esto, dió una media vuelta, se encaminó hacia la puerta, y salió el primero. Lucía, enteramente reanimada, con la dama que le daba el brazo, le siguieron: D. Abundio cerraba la marcha. Bajaron la escalera y llegaron á la pequeña puerta que daba al patio. El Incógnito la abrió de par en par, se dirigió á la litera, abrió la portezuela, y con una especie de cortesía llena de timidez (dos cosas nuevas en él) sosteniendo del brazo á Lucía, la ayudó á entrar, y después también á la que debía acompañarla. Enseguida tomó la mula de D. Abundio, é igualmente le ayudó á montar.
—¡Oh, qué complacencia!, dijo éste: y montó mucho más ligero que lo había hecho la primera vez. La comitiva se puso en camino, después que el Incógnito hubo también montado á caballo. Su cabeza estaba levantada; su mirada había vuelto á tomar la ordinaria expresión de mando. Los bravos que encontraba descubrían perfectamente en su rostro las señales de un vigoroso pensamiento, de una preocupación extraordinaria; mas no comprendían, no podían ir más allá. En el castillo nada sabían aún del gran cambio que se había verificado en el corazón de aquel hombre, y ciertamente ninguno de ellos hubiera podido llegar á conseguirlo sólo por conjeturas.