—Me ha dicho igualmente que os animara y aconsejara á perdonar al que os ha causado el daño; á que estéis contenta por la misericordia que Dios ha usado con él, y al propio tiempo que roguéis por él mismo, porque además de que recibiréis vuestro merecido, sentiréis todavía más alivio en vuestro corazón.

Lucía respondió por medio de una mirada que expresaba su asentimiento tan claramente como la hubieran podido hacer las palabras, y con una dulzura que éstas mismas no hubieran podido significar.

—¡Excelente joven!, exclamó la dama, y prosiguió: hallándose también vuestro cura párroco en nuestro pueblo (pues que han acudido tantos de todas las cercanías, que se podrían celebrar á un tiempo cuatro misas mayores), el señor cardenal ha juzgado conveniente el que nos acompañara, á pesar que de bien poco nos ha servido. Ya había yo oído decir que era un pobre hombre; mas en esta ocasión, he podido claramente ver que él estaba tan embarazado como un pollo en medio de la estopa.

—¿Y este?... preguntó Lucía; este hombre que se ha vuelto bueno... ¿quién es?

—¡Cómo!, ¿no lo sabéis?, dijo la buena dama; y lo nombró.

—¡Oh, misericordia divina!, exclamó Lucía. ¡Cuántas veces había oído repetir aquel nombre, en más de una historia que, como en las de otro género, aparecía siempre el del Ogro[5]! Á la idea de haber estado en su terrible poder, y permanecer al presente bajo su custodia, al considerar un tan gran peligro, y una tan imprevista redención, contemplando quién era aquel hombre que había conocido tan feroz, y ahora tan conmovido y humilde, permanecía como estática, diciendo únicamente de vez en cuando: “¡Oh, misericordia!”.

—¡Es ciertamente una gran misericordia!, repetía la dama, es una dicha para medio mundo. ¡Al pensar cuánta gente tenía alarmada!, y al presente, según me ha dicho nuestro párroco... Y luego no hay más que mirarle la cara; ¡se ha vuelto enteramente un santo! Por otra parte, no hay más que ver su nuevo modo de portarse.

El decir que esta buena dama no experimentaba mucha curiosidad de conocer un poco más distintamente la grande aventura en que ella representaba también su papel, sería faltar á la verdad. Pero es preciso decir en honor suyo, que sobrecogida de una piedad respetuosa hacia Lucía, calculando en cierto modo la gravedad y dignidad del encargo que se le había confiado, no pensó, sin embargo, en hacer ninguna pregunta indiscreta y ociosa; todas sus palabras, durante aquel corto viaje, fueron para dar valor á la pobre joven, manifestándole al propio tiempo el más vivo interés.

—¡Dios sabe desde cuándo no habréis tomado alimento!

—No recuerdo..., pero hace ya algún tiempo.