—¡Pobrecita! ¿Tendréis necesidad de restaurar vuestras fuerzas?

—Sí, respondió Lucía con voz apagada.

—En mi casa, á Dios gracias, encontraremos en seguida alguna cosa. Tened ánimo, que ya no estamos lejos.

Después de esto, Lucía se dejó caer lánguidamente en el fondo de la litera, como adormecida, y entonces su compañera la dejó reposar.

Con respecto á D. Abundio, la vuelta no le causaba tanto espanto como la ida pocas horas antes; pero con todo, no fué tampoco para él un viaje agradable. Desde que dejó de tener miedo, se sintió enteramente aliviado de un gran peso; mas bien pronto empezaron á nacer en su interior cien otros disgustos, lo mismo que cuando ha sido arrancado un corpulento árbol y el terreno queda por algún tiempo vacío y desnudo, pero luego se cubre de altas yerbas. Había llegado á hacerse más impresionable que antes; y tanto en el presente como en las ideas del porvenir, hallaba materia para atormentarse. Ahora sentía mucho más que á la ida la incomodidad de viajar de aquel modo, al cual no estaba acostumbrado; y sobre todo, esto le acontecía al principio, desde la bajada del castillo al fondo del valle. El conductor, estimulado por las señas del Incógnito, hacía ir á las mulas á buen paso; ambas cabalgaduras iban una detrás de otra con la mayor uniformidad; y de esto resultaba, que en ciertos parajes en que la pendiente era más rápida, el pobre D. Abundio, como si estuviese colocado sobre un resorte, se tambaleaba, se caía hacia delante, y para sostenerse se veía obligado á agarrarse al arzón de la silla, y no se atrevía, sin embargo, á pedir que fuesen más despacio, pues por otro lado hubiera querido salir de aquel territorio lo más pronto posible. Además de esto, en donde el camino colocado sobre una eminencia formaba un arrecife, la mula, según la costumbre de los animales de su raza, parecía que hacía propósito de salirse siempre de dicho arrecife, y de andar por la misma orilla. D. Abundio veía bajo de sí, casi perpendicularmente, un gran salto, ó como él pensaba, un precipicio. “¡También tú, decía interiormente al animal, tienes el maldito gusto de ir buscando los peligros, siendo el camino tan ancho!” Y tiraba la brida hacia el otro lado, pero inútilmente. De suerte que, como de ordinario, turbado por la cólera y el miedo, se dejaba conducir á la voluntad de otro. Los bravos no le causaban ya tanto terror, al presente que él sabía más claramente del modo que pensaba su amo. “Pero sin embargo, se decía, si la noticia de esta gran conversión se esparce por aquí, mientras nosotros permanecemos todavía, ¿quién sabe cómo lo tomarán esas gentes? ¿Quién es capaz de saber lo que podrá resultar? ¿Y si llegasen á imaginar que yo he venido á hacer el misionero? ¡Pobre de mí, me martirizarían!” El aire feroz del Incógnito no le inspiraba inquietud alguna. “Para tener á raya á aquellas fachas, decía, no hay necesidad de otra cosa más que el continente de éste, bien lo comprendo; ¿pero por qué es preciso que yo me encuentre siempre mezclado entre toda esta clase de gente?”.

Mas basta ya de hablar acerca del miedo de D. Abundio. Llegaron al término de la pendiente, y finalmente salieron también del valle. La frente del Incógnito se fué serenando. D. Abundio mismo tomó un aire más natural; sacó la cabeza de entre sus hombros, en donde hasta entonces la había tenido como aprisionada; alargó los brazos y las piernas; se colocó mejor sobre la silla, lo cual le daba otro continente; respiró más á su placer y, con el ánimo más reposado, se puso á considerar otros peligros lejanos. “¿Qué dirá ese imbécil de D. Rodrigo? ¡Quedar de este modo con un palmo de narices, con la pérdida de sus esperanzas, y hecho el escarnio de todos! ¡Considerad si la píldora le parecerá amarga! Ahora es cuando se dará de veras al diablo. Lo único que al presente falta es que venga á emprenderla conmigo, sólo por haberme hallado metido en este desagradable asunto. Si él ha tenido antes de ahora valor de enviarme dos demonios con el objeto de amenazarme en medio de mi camino, ¿qué hará en la actualidad? Con su señoría ilustrísima no la podrá armar, porque es un pedazo mucho mayor que él, y se verá precisado á tascar el freno. Entretanto tendrá el veneno en el cuerpo, y querrá descargarlo sobre alguno. ¿Sabéis cómo se concluyen estos negocios? Los golpes siempre se dirigen bajos, y los andrajos al aire. Su señoría ilustrísima se ocupará, como es justo, de poner á Lucía en un lugar seguro; ese otro pobre diablo, mala cabeza, está fuera de tiro, y ha pasado ya la suya; de modo que el andrajo he llegado á ser yo. Después de tantas incomodidades, después de tantas agitaciones, ¿no sería una cosa bien cruel el que sin comerlo ni beberlo debiese pagar la pena? ¿Qué hará ahora su señoría ilustrísima para defenderme, después de haberme metido en danza? ¿Podrá impedir acaso el que ese hombre malvado no me juegue una tostada peor que la primera? ¡Y después tiene tantas cosas en su cabeza! ¡Está tan abrumado de negocios! ¿Cómo podrá atenderme? Éste es el motivo por el cual algunas veces las cosas quedan más embrolladas que antes. Los que hacen el bien lo hacen en todo: cuando han experimentado esta satisfacción, tienen bastante, y no quieren incomodarse á esperar todas sus consecuencias; pero los que tienen el gusto de hacer el mal ponen en ello más diligencia, lo siguen hasta el fin; no descansan un momento porque ellos tienen un cáncer que los devora. ¿Iré yo á decir que he venido por orden expresa de su señoría ilustrísima y no por mi propia voluntad? Parecería que quisiera formar partido con la maldad. ¡Oh, Dios mío! ¡Yo formar partido con la maldad; por las distracciones que me proporciona! ¡Vamos! Lo mejor será referir á Perpetua la cosa como es en sí, y dejársela publicar á su gusto. Con tal que á monseñor no le vengan deseos de hacer alguna cosa que llame la atención, alguna escena inútil y meterme también en ella. Á buena cuenta, apenas lleguemos, si ha salido de la iglesia iré á presentarle corriendo mis respetos, y si no dejo mis excusas, y me dirijo pian pianito á mi casa. Lucía está bien protegida; ninguna necesidad tiene de mí; y después de tantas incomodidades, bien puedo yo también pretender el ir á descansar. Y luego... ¡si monseñor tiene la curiosidad de saber toda la historia, y me es preciso darle cuenta del negocio del casamiento! ¡Es lo único que faltaba! ¡Y si va igualmente á visitar mi parroquia!... ¡Oh!, suceda lo que Dios quiera: no quiero confundirme antes de tiempo; bastantes cuidados pesan sobre mí. Por el momento voy á encerrarme en mi casa. Hasta que monseñor salga de este territorio, D. Rodrigo no tendrá deseos de hacer locuras, y después... ¿y después? ¡Ah!, ¡demasiado veo que pasaré mal mis últimos años!”

La comitiva llegó antes de concluirse los divinos oficios: atravesó por entre aquella inmensa muchedumbre, no menos conmovida que la primera vez, y luego se dividió. Los dos jinetes dieron la vuelta hacia una plazoleta, en cuyo fondo se encontraba la casa del párroco; la litera siguió adelante con dirección á la de la dama.

D. Abundio hizo lo que había pensado: apenas se hubo desmontado, cumplimentó del modo más expansivo al Incógnito, y le suplicó que le hiciese el obsequio de excusarle con el cardenal, pues debía volverse á su parroquia en derechura para atender á negocios urgentes. Fué á buscar lo que él llamaba su caballo, y que no era otra cosa más que el bastón que había dejado en un rincón de la estancia, después de lo cual se puso en camino. El Incógnito estuvo aguardando que el cardenal volviese de la iglesia.

La buena dama, habiendo hecho sentar á Lucía en el mejor sitio de su cocina, se apresuró á disponer algo que comer para reparar sus débiles fuerzas. Ella rechazaba con cierta amable aspereza las gracias y reiteradas excusas que la joven no cesaba de prodigarla.

Con la mayor prontitud colocó algunas ramas secas bajo una pequeña marmita que había puesto en el hogar, en donde nadaba un buen capón. Dejó hervir por espacio de algún tiempo todo lo que aquélla contenía, y llenando luego una gran taza, dentro de la cual había cortado algunas rebanadas de pan, por último se la presentó á Lucía. Al ver á la pobre niña que reparaba sus fuerzas á cada cucharada, se felicitaba en voz alta á sí misma de que la cosa hubiese sucedido en un día, en el cual según su expresión, el gato no estaba en el hogar. “Éste es un día de fiesta para todo el mundo”, añadió la dama, “excepto para los desgraciados que tienen la aflicción de comer pan de algarroba y polenta de maíz. Sin embargo, ellos esperan hoy recibir alguna cosa de un señor caritativo: en cuanto á nosotras, á Dios gracias, no nos hallamos en este caso: entre el oficio de mi marido, y alguna cosilla que tenemos al sol, vamos pasando. Comed, pues, con apetito, y en el entretanto esperaremos á que el capón se cueza, y así podréis recobrar un poco mejor vuestras fuerzas”. Así diciendo, volvió á cuidar de la comida y á preparar la mesa.