Lucía, después de haberse restaurado un poco, y sintiendo volver la tranquilidad á su alma, trató de reparar el desorden de su vestido, por una costumbre, por un instinto de curiosidad y de pudor. Trenzaba y arreglaba sus largos cabellos en desorden; ajustaba su pañuelo sobre el seno y alrededor de su cuello. Al hacer esta operación, sus dedos se enredaron en el rosario que llevaba suspendido, y que tanto le había servido la noche antes: fijó en él sus miradas, y se turbó instantáneamente. El recuerdo del voto que había hecho, ese recuerdo hasta entonces olvidado por tantas sensaciones dolorosas, se presentó de improviso clara y distintamente á su imaginación. En este momento, todas las potencias de su ánimo, apenas despiertas, fueron vencidas de nuevo en un solo instante; y si su alma no hubiese estado tan preparada por una vida llena enteramente de inocencia, de resignación y de confianza, la consternación que experimentó en aquel momento la habría llevado hasta la desesperación. Después del primer tumulto de aquellos pensamientos, demasiado confusos para venir á la imaginación con palabras, las primeras que se formaron fueron éstas: “¡Oh, infeliz de mí, qué es lo que he hecho!” Pero apenas las hubo concebido, cuando se sintió sobrecogida de cierta especie de terror. Agrupáronse en su mente todas las circunstancias del voto; sus mortales angustias, el estar sin esperanza alguna de socorro humano, el fervor de su súplica, la plenitud de sentimiento con la cual su promesa había sido hecha: el arrepentirse de ésta, después de haber obtenido la gracia que había implorado, le pareció una ingratitud sacrílega, una perfidia hacia Dios y á la santa Virgen: juzgó que semejante infidelidad le atraería nuevas y más terribles desventuras, en las cuales nada podía esperar, ni aun podría tener el auxilio de la súplica: y por lo tanto se apresuró á echarse en cara aquel arrepentimiento voluntario. Se quitó devotamente el rosario del cuello, y sosteniéndolo con mano trémula, confirmó, renovó su voto, pidiendo al mismo tiempo con súplica ferviente que el cielo le concediese la fuerza necesaria para cumplirlo; que éste arrojase lejos de ella los pensamientos y las ocasiones, las cuales hubieran podido, si no variar su ánimo, agitarlo á lo menos demasiado.
El alejamiento en que estaba Renzo, sin ninguna probabilidad de que volviera; este alejamiento que hasta entonces le había parecido tan amargo, al presente se le figuraba que era una disposición de la divina Providencia, que había hecho coincidir dos sucesos para llegar á un solo fin, esforzándose la desventurada en encontrar en el uno una razón para consolarse del otro. Detrás de este pensamiento, se le figuraba igualmente que la misma Providencia, para consumar la obra, sabría hallar el modo de hacer que Renzo también se resignase, que no pensara más... Pero apenas semejante idea se le hubo presentado á su imaginación, cuando se levantó en ella una gran confusión. Sintiendo que su corazón la llevaba involuntariamente á arrepentirse de lo que había hecho, volvió de nuevo á recurrir á la súplica, al combate, saliendo como un vencedor (si me es permitido hacer esta comparación); como un vencedor, repito, herido y abrumado de fatiga que se levanta de encima de su enemigo.
De repente se oye á lo lejos un ruido de pisadas y de gritos de alegría: era la familia de la dama que volvía de la iglesia. Dos pequeñas niñas y un niño, entraron gritando: se pararon un momento para echar una curiosa mirada sobre Lucía, y después corrieron presurosos hacia la mamá, agrupándose á su alrededor. Uno le pregunta el nombre de aquella huéspeda desconocida, y el por qué se hallaba allí: otro quiere contarle las maravillas que había visto: la buena dama respondió á unos y á otros con un: “Vamos, quietos, silencio”. El amo de la casa entró en seguida con paso más sosegado, pero pintado en su semblante una expansiva alegría. Éste era, si no lo hemos dicho ya antes, el sastre de la población y de todas las cercanías, hombre que sabía leer, que había leído efectivamente más de una vez la Leyenda de los Santos y los Reales de Francia, y pasaba en el territorio por un hombre de talento y de ciencia, alabanzas todas que rechazaba con mucha modestia, diciendo únicamente que había equivocado su vocación, y que si hubiese estudiado en lugar de tantos otros... Aparte de esto, era un hombre de la mejor pasta del mundo. Se hallaba presente cuando el párroco había suplicado á su mujer el emprender aquel viaje caritativo; y no sólo lo había aprobado, sino que también hubiera añadido sus persuasiones, si hubiera sido necesario. Al presente, que la función, el aparato, el concurso, y sobre todo el sermón del cardenal habían, como se dice vulgarmente, exaltado todos sus buenos sentimientos, volvía á su casa con la expectativa, con el deseo ansioso de saber qué es lo que había pasado, y de ver si se había salvado la pobre inocente.
—Miradla, le dijo, al entrar, la buena dama, señalando á Lucía. Ésta se levantó ruborizándose, y empezó á balbucear algunas excusas; pero él se aproximó á la joven, no sin grandes demostraciones de alegría, y exclamó: “¡Bien venida, bien venida! Vos sois la bendición del cielo en esta casa. ¡Cuán contento estoy de veros aquí! Bien seguro estaba yo que llegaríais á buen puerto, porque jamás he visto que el Señor haya empezado un milagro sin concluirlo perfectamente; pero ¡cuán contento, repito, estoy de veros aquí! ¡Pobre niña! ¡Mas sin embargo, es una cosa grande el haber sido objeto de un milagro!”.
No se crea que él solo calificase de milagro aquel acontecimiento, porque hayamos dicho que había leído la Leyenda; por todo el pueblo y por todos los alrededores no se habló en otros términos mientras duró su memoria. Y á decir verdad, con las añadiduras que le pusieron, no le podía convenir otro nombre.
Se acercó en seguida poco á poco á su mujer, que desataba la marmita de la cadena, que la tenía suspendida sobre el fuego, y le dijo en voz baja:
—¿Ha ido todo bien?
—Perfectamente, ya te lo contaré más tarde.
—Sí, sí, con comodidad.
Cuando estuvo puesta la mesa, la dueña fué á buscar á Lucía, y la acompañó hasta su asiento; cortó una ala del capón, y se la sirvió; sentáronse también los dos esposos, y ambos exhortaron á su huéspeda, abatida y vergonzosa, á que tuviese valor y comiese. El sastre empezó, á los primeros bocados, á discurrir con gran énfasis, en medio de las interrupciones de los niños, que comían alrededor de la mesa, y que habían visto cosas demasiado extraordinarias, para limitarse largo tiempo al solo papel de oyentes. Aquél describía las solemnes ceremonias, luego saltaba á hablar de la conversión milagrosa. Pero lo que le había hecho más impresión, y lo que repetía más, era el sermón del cardenal.