Lucía se conmovió hasta el punto de derramar lágrimas, y sintió en su alma un enternecimiento que la distrajo de su dolor. Ya el discurso anterior de aquel hombre honrado le había causado un alivio, que las palabras de consuelo, más dulces, más directas, no le hubieran podido procurar. Su espíritu, cediendo al atractivo de aquellas descripciones de pompas augustas, de aquellas emociones de piedad y admiración, sobrecogido por el mismo entusiasmo del narrador, alejaba de sí sus dolorosos pensamientos, y cuando volvían, se encontraba más fuerte contra ellos. La idea misma de su sacrificio, sin haber perdido su amargura, experimentaba una cierta alegría austera y solemne.
Poco después entró el cura del pueblo, y dijo que el cardenal le enviaba á informarse de Lucía, y para advertirla que monseñor quería verla aquel mismo día; en seguida dió las gracias en su nombre al sastre y á su mujer. Éstos y aquélla, conmovidos y turbados, no hallaban palabras para contestar á las demostraciones de semejante personaje. “¿Y vuestra madre no ha llegado todavía?”, preguntó el cura á Lucía.
—¡Mi madre!, exclamó ésta. Diciéndole luego el cura cómo había sido mandada á buscar por orden del arzobispo, se puso el delantal en los ojos, y prorrumpió en un copioso llanto, que duró mucho tiempo después de haberse marchado el eclesiástico. Cuando los sentimientos tumultuosos que se habían suscitado en su alma, á aquel anuncio, empezaron á dar lugar á ideas más tranquilas, la infeliz joven se acordó que la alegría entonces tan próxima de volver á ver á su madre, contento tan inesperado pocas horas antes, lo había también implorado expresamente en aquellas horas terribles, y lo había puesto casi como una condición á su voto. Hacedme volver sana y salva al lado de mi madre, había dicho; y estas palabras aparecieron distintamente á su memoria. Se confirmó más que nunca en el propósito de mantener su promesa, y se reprochó de nuevo y muy amargamente aquel ¡infeliz de mí! que se había escapado de su interior en los primeros momentos.
Efectivamente, cuando hablaron de Inés, ésta se encontraba ya muy cerca. Es fácil imaginar cómo se quedaría la pobre mujer á una invitación tan poco esperada, y á la noticia necesariamente truncada y confusa de un peligro, se podía decir, que ya había cesado, pero de un peligro espantoso, de una terrible aventura, que el mensajero no sabía referir ni explicar, y de la cual ella no tenía á qué agarrarse para explicársela por sí misma. Después de haber llevado las manos á su cabeza, después de haber exclamado muchas veces: “¡Ah, Señor, ah, Madonna!” después de haber hecho varias preguntas al mensajero, á las cuales éste no sabía qué responder, se lanzó furiosa y con precipitación en el carruaje, continuando, durante todo el camino, deshaciéndose en exclamaciones y preguntas inútiles. Mas al llegar á cierto paraje, se encontró de manos á boca con D. Abundio, que se adelantaba poco á poco, apoyado en su bastón. Después de un “¡oh!” proferido por ambas partes, D. Abundio se detuvo; Inés hizo parar el carruaje, y se bajó; luego, los dos se dirigieron hacia un castañar que se hallaba al lado del camino. D. Abundio le había participado todo lo que había podido saber y debido ver. La cosa no estaba tan clara todavía; pero á lo menos Inés se cercioró de que Lucía permanecía en seguridad, y respiró.
En seguida, D. Abundio quiso entablar otra clase de conversación é instruirla largamente sobre la manera de gobernarse con el arzobispo, si éste, como era probable, deseaba hablar con ella y con su hija, diciéndole, principalmente, que no convenía hacerle mención del casamiento. Pero conociendo Inés que el buen hombre no iba más que á su propio interés, lo dejó plantado, sin prometerle nada, sin resolver nada tampoco, contestando solamente que tenía otras cosas en que pensar; después de lo cual se volvió á poner en camino.
Finalmente, el carruaje llegó á su destino, y paró á la puerta de la casa del sastre. Lucía se levanta precipitadamente; Inés se apea; se precipita dentro de la expresada casa, y he aquí que se abrazan estrechamente una á otra. La mujer del sastre, que era la única que se hallaba presente, les dió ánimo, las tranquilizó, se regocijó con ellas; y después, siempre discreta, las dejó solas, diciendo que iba á disponer una cama; que podía hacerlo, sin incomodarse; pero que en todo caso, tanto su marido como ella, más bien hubieran querido dormir en el suelo, que permitir que fuesen á otra parte á buscar un asilo para aquella noche.
Pasado el primer ímpetu de abrazos y sollozos, Inés quiso saber las aventuras de Lucía, y ésta se puso á contárselas con la mayor ansiedad; mas como el lector sabe, era una historia que nadie la conocía toda; y para la misma Lucía había partes sumamente oscuras, hechos inexplicables, y principalmente aquella fatal coincidencia de haberse encontrado con el terrible carruaje en medio de su camino, justamente cuando ella pasaba por una casualidad extraordinaria; sobre esto último, la madre y la hija hacían mil conjeturas, sin acertar nunca con la verdadera causa, ni siquiera aproximarse á ella.
Con respecto al autor de la trama, ninguna de las dos podía dudar que no fuese D. Rodrigo.
—¡Ah, espíritu malo!, ¡tizón del infierno!, exclamaba Inés; pero ya le llegará su hora: el Señor se lo recompensará según sus méritos, y entonces él experimentará también...
—¡No, no, madre mía! la interrumpió Lucía; no deseéis ningún mal á él ni á nadie tampoco. ¡Si sabéis lo que es sufrir; si lo habéis experimentado! ¡No, no!, roguemos más bien por él á Dios y á la Madonna; que el Señor le toque el corazón como lo ha hecho con ese otro infeliz, que era mucho peor y ahora es un santo.