El terror que causaba á Lucía el recordar aquellos hechos tan recientes y crueles, le hizo más de una vez titubear; más de una vez dijo que no tenía bastante valor para continuar, y después de muchas lágrimas y suspiros, volvió á tomar el uso de la palabra con el mayor pesar; pero un sentimiento contrario la hizo vacilar al llegar á cierto punto de su narración: cuando se trató del voto. El temor de que su madre la acusara de imprudente y precipitada, y que como había hecho en el asunto del casamiento, no le pusiera por delante aquella su tan larga regla de conciencia, y la quisiese hacer prevalecer, ó que la buena mujer le dijese en confianza á alguno, no por otra cosa más sino para que la iluminara y aconsejara, y llegase de este modo á hacerse público; al pensar esto solo Lucía percibía que sus mejillas se cubrían de un vivo carmín; añádase también cierta vergüenza que le causaba su misma madre, y una inexplicable repugnancia de hablar sobre la materia, fueron motivos todos que le hicieron ocultar aquella circunstancia importante, proponiéndose confiársela primeramente al padre Cristóbal. ¡Mas cómo se quedó, cuando preguntando por él, supo que no estaba ya en Pescarenico; que había sido enviado á un pueblo muy lejano, á un pueblo que tenía cierto nombre!...
—¿Y Renzo?, dijo Inés.
—Está en salvo, ¿no es cierto?, replicó ávidamente Lucía.
—Sí, porque todos lo dicen; se asegura que se ha refugiado en el territorio de Bérgamo; pero el paraje verdadero nadie puede decirlo: hasta ahora no ha dado noticias de su persona; es indispensable que no haya hallado el medio de hacerlo.
—¡Ah, si está en salvo, gracias sean dadas al Señor!, dijo Lucía; y procuraba mudar de conversación, cuando ésta fué interrumpida por un suceso inesperado; tal fué la aparición del cardenal arzobispo.
Éste, vuelto de la iglesia, donde lo habíamos dejado, habiendo sabido por el Incógnito la llegada de Lucía, fué á sentarse á la mesa, haciendo colocar á su derecha al señor, en medio de un círculo de sacerdotes que no podían saciarse de lanzar ojeadas sobre aquel semblante tan dulcificado sin debilidad, tan humillado sin bajeza, y de compararle con la idea que desde largo tiempo tenían de dicho personaje.
Concluido el desayuno, el Incógnito y el cardenal se retiraron de nuevo juntamente. Después de un coloquio que duró más que el primero, el señor partió para su castillo, montado en la misma mula de la mañana. El cardenal hizo llamar al párroco, y le manifestó que deseaba ser conducido á la casa en donde Lucía se había refugiado.
—¡Oh, monseñor!, respondió éste, no os molestéis: haré avisar al momento á la joven para que venga, como también la madre, si es que ha llegado, y también los dueños de la casa si quiere monseñor; todos los que vuestra señoría ilustrísima guste.
—Deseo yo mismo ir á verlos, replicó Federico.
—Vuestra señoría ilustrísima no debe molestarse: enviaré á llamarlos en seguida; es cosa de un momento, insistió el párroco asaz oficioso é impertinente (por lo demás excelente sujeto); mas no comprendía que el cardenal quería con semejante visita rendir homenaje á la desgracia, á la inocencia, á la hospitalidad y á su propio ministerio á un mismo tiempo. Pero habiendo el superior expresado de nuevo sus deseos, el inferior se inclinó y se puso en marcha.