Apenas los dos personajes pusieron el pie en la calle, cuando toda la gente se encaminó hacia ellos, acudiendo de todas partes, y rodeándoles de manera que llegaban á impedirles el paso. El párroco se esforzaba en decir: “vamos, atrás, retiraos; ¡más, más!”. Y Federico le replicaba: “dejadlos, dejadlos”, é iba avanzando, tan pronto alzando la mano para bendecir al pueblo, tan pronto bajándola para acariciar á los niños que embarazaban su marcha. De este modo llegaron á la casa, en la cual entraron: la multitud permaneció agrupada en la calle. El sastre se hallaba también entre la gente que había seguido al cardenal, el cual con los ojos fijos en éste y la boca abierta, iba mirándole sin saber adónde se dirigía. Al ver que el arzobispo entraba en su casa, se abrió paso, dejando á la consideración de los lectores el estrépito que movería, gritando sin cesar: “dejad pasar á quien debe”; y entró.

Inés y Lucía oyeron en la calle un ruido que á cada paso se aumentaba: mientras pensaban lo que podría ser, vieron abrirse la puerta y aparecer el cardenal en compañía del párroco.

—¿Es aquélla?, preguntó el primero al segundo; y á una señal afirmativa se dirigió hacia Lucía, que estaba allí con la madre, ambas inmóviles y mudas de vergüenza y sorpresa. Pero el tono de aquella voz, el aspecto, el continente, y sobre todo las palabras de Federico, las tranquilizaron prontamente. “¡Pobre joven, dijo, Dios ha querido someteros á una gran prueba; mas os ha hecho ver que siempre tenía su vista fija sobre vos, y que no habíais sido olvidada! Él os ha puesto en salvo, y se ha servido de vos para consumar una grande obra, para manifestar su misericordia á un hombre, y para aliviar al propio tiempo á otros muchos”.

En esto apareció en la estancia el ama de la casa, la cual, al ruido, se había asomado á la ventana, y habiendo visto quién entraba, bajó precipitadamente la escalera, después de haberse arreglado lo mejor que pudo. El sastre entró casi al mismo tiempo por otra puerta. Al ver trabada la conversación, fueron á reunirse á un rincón, en donde permanecieron con aire respetuoso. El cardenal, saludándolos cortésmente, continuó su plática con las mujeres, mezclando á sus consuelos algunas preguntas, para ver si en las respuestas podía hallar alguna coyuntura de hacer bien á quien tanto había padecido.

—Convendría que todos los sacerdotes fuesen como vuestra señoría, que tomasen algunas veces el partido de los pobres, y no les ayudasen á meterlos en medio de las mayores dificultades para ellos huir el cuerpo, dijo Inés, animada por el aire familiar y afectuoso de Federico, y encolerizada al pensar que el Sr. D. Abundio, después de sacrificar siempre á los demás, pretendiese también impedir una pequeña expansión de espíritu, la menor queja á los que eran superiores á él, cuando por una rara casualidad se presentaba una ocasión.

—Decid todo lo que pensáis, dijo el cardenal, hablad con libertad.

—Quiero decir, que si nuestro señor cura hubiese cumplido con su deber, las cosas no hubieran llegado á tal extremo.

Mas haciéndole el cardenal nuevas instancias para que se explicara con mayor claridad, ella empezó á hallarse embarazada con tener que referir una historia en la que la misma tenía una parte que procuraba ocultar, especialmente á semejante personaje. Sin embargo, encontró el medio de arreglarla, con una pequeña variación: contó el concertado casamiento, la denegación de D. Abundio; no pasando en silencio el pretexto de los superiores que él había puesto por delante (¡ah, Inés!) y pasó al atentado de D. Rodrigo, y cómo habiendo sido avisadas habían podido escapar. “Pero sí, añadió en conclusión, escapar para caer en otros lazos. Si en aquella ocasión, el señor cura hubiese hablado con sinceridad, y casado en seguida á mis pobres jóvenes, nos hubiéramos ido todos juntos secretamente, muy lejos, á un paraje que ni siquiera el aire lo hubiera sabido. Así es como se ha perdido el tiempo y ha sucedido lo que ha sucedido”.

—El señor cura me dará cuenta de este hecho, dijo el cardenal.

—No señor, no, replicó Inés prontamente: no lo he dicho por esto; no le reprendáis, porque ya lo que está hecho, hecho se queda; y además, que de nada sirve: es un hombre de este carácter; si el caso se presentase de nuevo, obraría del mismo modo.