Pero Lucía, no satisfecha de aquel modo de referir la historia, añadió: “Nosotras también, nosotras también hemos obrado mal: se ha visto que la voluntad del Señor era que la cosa no tuviese buen éxito”.

—¿Qué mal habéis podido hacer, desgraciada joven?

Lucía, á pesar de las señas que la madre le hacía á hurtadillas con los ojos, contó la aventura de la tentativa hecha en casa de D. Abundio, y concluyó diciendo: “Hemos obrado mal y Dios nos ha castigado”.

—Aceptad de su mano los padecimientos que habéis sufrido, y tened valor, dijo Federico; porque ¿quién tendrá razón de alegrarse y de esperar sino el que ha padecido y piensa en acusarse á sí mismo?

Entonces preguntó en dónde se hallaba el prometido, y sabiendo por Inés (Lucía permanecía silenciosa, con la cabeza baja) que había huido del país, experimentó y manifestó admiración y desagrado, queriendo saber la causa que lo había motivado.

Inés refirió lo mejor que le fué posible lo poco que sabía de las aventuras de Renzo.

—He oído hablar de ese joven, dijo el cardenal; ¿pero cómo permitís que un hombre que se halla comprometido en negocios de semejante especie trate de casarse con esta joven?

—Era un joven muy honrado, dijo Lucía ruborizándose, pero con voz segura.

—Era un muchacho pacífico hasta dejarlo de sobra, añadió Inés; y vuestra señoría puede preguntarlo á quien quiera, aunque sea al mismo señor cura. ¿Quién es capaz de saber las intrigas y enredos que le habrán armado por allá? Muy poca cosa se necesita para hacer pasar á los pobres por bribones.

—Es demasiado cierto, dijo el cardenal; yo me informaré: y habiéndose hecho decir el nombre y apellido del joven, lo apuntó en un librito de memorias. En seguida añadió que contaba marcharse á su país dentro de algunos días; que entonces Lucía podría ir allá sin temor, y que entretanto él se ocuparía de proporcionarle un asilo en donde pudiese estar con seguridad, hasta que todo se arreglase.