Después se volvió á los dueños de la casa, que se adelantaron con prontitud; renovó las gracias que les había dirigido por medio del párroco, y les preguntó si querían conservar por pocos días á los huéspedes que Dios les había enviado.
—¡Oh!, sí señor, contestó el ama con un tono de voz y un aire que expresaban mucho más que aquella corta respuesta, medio ahogada por la timidez. Pero el marido, animado por la presencia de semejante personaje que se dignaba interrogarles, como igualmente del deseo de lucirse en una ocasión tan importante, estudiaba ansiosamente una bella contestación. Arrugó la frente, puso los ojos bizcos, apretó los labios, tendió con todas sus fuerzas el arco de la inteligencia, barrenó y sintió dentro de sí un choque de ideas, á las cuales faltaba algo, y de palabras truncadas; mas el tiempo apremiaba, y el cardenal demostraba ya haber interpretado su silencio. Entonces el buen hombre abrió la boca y dijo: “Figuraos...”. Nada más pudo venirle por el pronto. No sólo quedó avergonzado allí aquel día, sino que su recuerdo importuno agrió siempre el placer del grande honor que había recibido. ¡Cuántas veces pensando en esta circunstancia, como para contrariarle, le vinieron á la imaginación una multitud de palabras, que todas hubieran valido más que su insulso “¡figuraos!”. Pero como dice un antiguo proverbio: á burro muerto, &c.
El cardenal partió diciendo: “que la bendición del Señor sea sobre esta casa”.
Por la tarde preguntó al cura cómo podría recompensarse de un modo conveniente á aquel hombre, que no debía ser rico, de una hospitalidad costosa, especialmente en aquellos tiempos. El párroco respondió que á la verdad, ni las ganancias de su profesión, ni la renta de algunos pequeños campos que el buen sastre poseía, hubieran sido suficientes aquel año para ponerlo en posición de ser liberal para con los demás; pero que habiendo economizado en los años anteriores, se encontraba al presente ser uno de los más acomodados del pueblo; que podía hacer algunos gastos sin que le causaran ninguna extorsión, y que ciertamente los haría con gusto, y que por otra parte tomaría como una ofensa el que se le hiciese aceptar recompensa alguna.
—Probablemente tendrá, dijo el cardenal, créditos contra gente que no pueda pagar.
—Ya puede figurárselo vuestra señoría ilustrísima: esas pobres gentes pagan con el sobrante de la recolección; en un año escaso nada sobra; al contrario, falta todavía lo necesario.
—Bueno; yo tomo á mi cargo todas esas deudas y vos os serviréis recoger de ellos la nota de las partidas, y las saldaréis.
—Compondrá una gran suma.
—Tanto mejor; y tendréis otros ranchos bastante necesitados, que no tendrán deudas, porque no habrá quién les preste.
—¡Oh, sí; hay muchos! Y sin embargo, se hace lo que se puede; pero, ¿cómo atender á todos en unos tiempos tan calamitosos?