Á algunas millas del pueblo habitaban dos personajes importantes, á saber: D. Ferrante y D.ª Prajedes. El apellido, según costumbre, yace bajo la pluma de nuestro anónimo. D.ª Prajedes era una dama de calidad, avanzada en años y muy inclinada á hacer bien; éste es seguramente el oficio más digno que el hombre puede ejercer en el mundo; pero el exceso puede ser también perjudicial, como sucede en todas las cosas. Para hacer el bien es preciso conocerlo, y al igual de todo lo demás, nosotros no podemos conocerlo más que al través de nuestras pasiones, por medio de nuestra razón, de nuestras ideas. D.ª Prajedes se gobernaba con sus ideas, según decía, como debe hacerse con los amigos; tenía muy pocas, pero estaba muy adherida á ellas. Entre esas pocas ideas se encontraban por desgracia muchas defectuosas y no eran las que menos quería. Sucedía de ahí, ó el proponerse por bien, lo cual efectivamente no lo era, ó tomar por medios, cosas que hacían más bien inclinarse al lado opuesto, ó el creer permitidas ciertas otras que no lo eran del todo, por una cierta suposición en confuso, que el que hace más de lo que debe puede dirigir según le plazca. Algunas veces concluía por no ver en un hecho lo que tenía de real ó lo que no había, y muchas otras cosas semejantes que pueden suceder y suceden á todo el mundo, sin exceptuar á los mejores; pero esto acontecía con frecuencia á D.ª Prajedes, y casi siempre á la vez.
Al oir el gran suceso de Lucía y todo lo que en aquella ocasión se decía de la joven, le vino la curiosidad de verlas, enviando un carruaje con un viejo escudero para que le llevaran la madre y la hija. Ésta se encogía de hombros y rogaba al sastre que se había encargado del mensaje, que buscase el medio de excusarlas. Tantas veces como le habían pedido cierta clase de gentes que les proporcionase el trabar conocimiento con la joven del milagro, el sastre les había rendido voluntariamente semejante servicio; pero en esta ocasión la negativa le parecía una especie de rebelión. Hizo tantos gestos, tantas exclamaciones, dijo tantas cosas, y que no se acostumbraba así, y que era una gran casa, y que á los señores no se les dice que no, y que esto podía ser su suerte, y que la Sra. D.ª Prajedes, además de todo, era también una santa; tantas cosas en suma, que Lucía se vió obligada á ceder, tanto más cuanto que Inés confirmaba todas aquellas razones por otros tantos “seguramente, seguramente”.
Llegadas á la presencia de la noble dama, ésta les hizo una magnífica acogida y las llenó de felicitaciones; interrogó, aconsejó, todo con cierta superioridad casi innata, pero corregida por tantas expresiones dulces y modestas, templada por tanto afecto, cubierta de tanta devoción, que Inés, casi en seguida, y Lucía pocos instantes después, empezaron á sentirse aliviadas del respeto tiránico que en un principio había impreso en ellas aquella activa presencia, encontrando luego cierto atractivo. Para resumir: D.ª Prajedes, oyendo que el cardenal se había encargado de buscar un asilo para Lucía, lanzada por el deseo de secundar y prevenir al mismo tiempo tan buena intención, ofreció el tener á la joven en su casa, en la cual, sin estar adicta á ningún servicio particular, podría, cuando gustase, ayudar á las demás mujeres en sus labores, añadiendo que avisaría y daría parte de ello á monseñor.
Además del bien ordinario é inmediato que había en hacer semejante obra, D.ª Prajedes veía y se proponía otra, acaso mucho más considerable, según su parecer: ésta era curar un cerebro enfermo y guiar por una buena senda á una joven que tenía gran necesidad. Desde que había oído por la primera vez hablar de Lucía, se había de repente persuadido que una joven que había podido prometerse á un malvado, á un criminal, á uno que había escapado de la horca, tal como Renzo, debía estar un poco corrompida y ocultar algún vicio. Dime con quién andas, y te diré quién eres. La visita de Lucía la había confirmado en aquella persuasión. No era que en el fondo no le pareciese una buena joven, como se suele decir, pero había mucho que hablar. Aquella cabecita baja, aquella manía de no responder nunca ó de hacerlo con sumo trabajo y como por fuerza, podían indicar vergüenza, pero descubrían á golpe de vista mucha tenacidad. No se necesitaba un gran esfuerzo para augurar que aquella pequeña cabeza tenía sus ideas: y aquel ruborizarse á cada momento, aquellos largos suspiros... en seguida dos grandes ojos que no agradaban del todo á D.ª Prajedes. Tenía por cierto, como si lo hubiese sabido por buena parte, que todas las desgracias de Lucía eran un castigo del cielo por su amistad con aquel bribón, y un aviso de lo alto para que se separase enteramente. Esto supuesto, ella se proponía cooperar á un tan buen fin, porque así como decía á los demás y á sí misma, ¿todo su estudio no era acaso secundar la voluntad del cielo? Pero caía con frecuencia en el terrible error de tomar por el cielo los desvaríos de su cerebro. Sin embargo, ella se guardó bien de dar el más pequeño indicio de la segunda intención que hemos dicho. Una de sus principales máximas se reducía á que para conducir á su término un buen designio, lo primero era no darlo á conocer.
La madre y la hija se miraron. Una vez admitida la necesidad de separarse, la oferta pareció á ambas aceptable, si no por otra cosa, á lo menos por estar aquella quinta muy próxima á su pueblo natal. Habiendo leído cada una en su rostro su mutuo asentimiento, se volvieron á D.ª Prajedes y aceptaron la proposición, manifestándole su agradecimiento. Ésta renovó los cumplidos y promesas, y dijo que al momento escribiría una carta á monseñor.
Después de haber partido las dos mujeres, hizo extender la citada carta por D. Ferrante, del cual por ser literato, según haremos especial mención, se servía como de un secretario en las ocasiones de importancia. Como se trataba de un negocio de aquella especie, D. Ferrante hizo los mayores esfuerzos de ingenio, y al entregar la minuta á su esposa para que la copiase, le recomendó ardientemente la ortografía, que era una de las muchas cosas que había estudiado, y de las pocas sobre las cuales tenía mando en la casa. D.ª Prajedes se apresuró á copiar la carta y enviarla al sastre. Esto pasó dos ó tres días antes que el cardenal mandase la litera para conducir á nuestras mujeres á su pueblo.
Luego que hubieron llegado, se apearon en la casa parroquial, en donde se hallaba el cardenal. Se había dado orden para introducirlas inmediatamente. El capellán, que fué el primero que las vió, se apresuró á obedecer, deteniéndolas únicamente sólo lo necesario para darles apresuradamente una pequeña lección tocante al ceremonial que era preciso usar con monseñor, y sobre los títulos que debían darle, cosa que tenía costumbre de hacer, siempre que podía, ocultándose del cardenal. Era para el pobre hombre un tormento continuo el ver el poco orden que reinaba en torno del cardenal sobre dicho particular: todo esto sucede, decía á los demás de la familia, por la demasiada bondad de ese hombre bienaventurado, por su gran familiaridad. Y refería haber escuchado, con sus propios oídos, que contestaban muchas veces á monseñor: sí, señor, y no, señor.
En aquel momento el cardenal estaba conversando con D. Abundio sobre los asuntos de la parroquia, de modo que éste no tuvo ocasión de dar á su vez, según hubiera deseado, sus instrucciones á las dos mujeres: solamente al pasar junto á éstas, y mientras que él salía y ellas entraban, les pudo echar una ojeada, para darles á entender que estaba muy satisfecho de su comportamiento, y que continuasen como honradas y dignas mujeres guardando silencio.
Después de la primera acogida por una parte, y los saludos por otra, Inés sacó de su seno la carta, la presentó al cardenal diciendo: es de la Sra. D.ª Prajedes, la cual dice que conoce mucho á vuestra señoría ilustrísima, monseñor, como naturalmente, entre los grandes señores, se deben conocer unos á otros. Cuando vuestra señoría la habrá leído, quedará enterado.
—¡Bien!, dijo Federico después de haberla leído y descubierto su sentido bajo el fárrago de flores de retórica de D. Ferrante. Conocía bastante aquella familia para estar seguro que Lucía había sido invitada con buena intención, y que con ella estaría al abrigo de las asechanzas y violencias de su perseguidor. Con respecto á la opinión que podía tener acerca de D.ª Prajedes, no sabemos nada de positivo. Probablemente no era la persona que hubiera elegido para semejante obra; pero así como hemos dicho, ó hemos dado á conocer en otro lugar, no tenía costumbre de deshacer las cosas que no le pertenecían, para procurar volver á hacerlas mejor.