—Aceptad aun sin pena esta separación, y la incertidumbre en que os encontráis, añadió en seguida: tened la esperanza que esto debe concluirse pronto y que el Señor quiere conducir las cosas al término que se ha propuesto; pero tened por cierto que todo lo que él quiera enviaros será para vuestro mayor bien. Dió después á Lucía, en particular, algún otro consuelo amistoso, como igualmente nuevos ánimos á ambas, les echó su bendición, y las dejó partir.
Apenas hubieron puesto el pie en la calle, cuando se vieron rodeadas de un enjambre de amigos y amigas, todo el pueblo, en fin, que las aguardaba con impaciencia, y que las condujo como en triunfo hasta su casita. Todas las mujeres las felicitaban, se apiadaban de su suerte, las abrumaban con preguntas, y todas experimentaban el mayor desagrado al saber que Lucía marchaba al día siguiente. Los hombres se disputaban á porfía el ofrecerles sus servicios; cada uno quería permanecer aquella noche haciendo la guardia á la casita. Sobre este hecho, nuestro anónimo juzga conveniente poner aquí un pequeño proverbio: “Queréis tener muchos que os ayuden, procurad no tener necesidad de ellos”.
Esta brillante acogida que confundía y turbaba á Lucía, no dejó interiormente de causarle algún bien, pues la vino á distraer un poco de las ideas y recuerdos que se ofrecían á su imaginación, en medio del tumulto mismo, en aquel umbral, en aquellas habitaciones tan conocidas, á la vista de cada objeto.
Al sonido de la campana, que anunciaba la proximidad de la augusta ceremonia, todos se encaminaron á la iglesia, siendo esto para las recién venidas otro paseo triunfal.
Concluida la función, D. Abundio, que había corrido á ver si Perpetua había preparado todas las cosas para el desayuno, fué llamado por el cardenal. Se dirigió sin pérdida de momento á la estancia de su ilustre huésped, el cual, habiéndolo dejado acercar, “señor cura”, dijo. Estas palabras fueron pronunciadas de un modo que debían hacerle comprender que era la introducción de una larga y seria conversación.
—Señor cura, ¿por qué no habéis casado á esa pobre Lucía con su prometido?
“Ellas han vaciado el saco esta mañana”, pensó D. Abundio, y respondió balbuceando: “Vuestra señoría ilustrísima habrá sin duda oído hablar de todos los obstáculos que han surgido de este asunto: hay una confusión tal, que no se puede, ni aun hoy día, ver nada claro: monseñor ilustrísimo sabe bien que la joven no se halla aquí, después de tantos accidentes, más que de milagro; y que con respecto al mancebo, se ignora absolutamente su paradero”.
—Pregunto, replicó el cardenal, si es verdad que antes de todos estos sucesos habíais rehusado celebrar el matrimonio, cuando vos mismo señalasteis el día convenido.
—Ciertamente... si vuestra señoría ilustrísima supiese... qué intimaciones... qué órdenes tan terribles he recibido para que no hablase... Y se paró sin concluir nada, con un ademán que daba respetuosamente á entender, que sería una indiscreción el querer saber más.
—¡Más!, dijo el cardenal con acento y continente mucho más severos que de costumbre: es vuestro obispo el que por deber y por vuestra propia justificación quiere saber de vos los motivos por los cuales no habéis ejecutado lo que en los sucesos ordinarios de la vida estabais obligado rigurosamente á hacer.