—Monseñor, dijo D. Abundio humillándose hasta el extremo; yo no quería decir del todo... pero me ha parecido que como esto se reducía á un negocio muy embrollado, á cosas ya pasadas, y hoy día sin remedio, era inútil el removerlas... sin embargo, digo... sé que vuestra señoría ilustrísima no puede estar en todo: y yo permanezco aquí, expuesto... no obstante, ya que monseñor lo manda, lo diré todo.

—Decid: no deseo más que el hallaros exento de culpa.

D. Abundio se puso entonces á referir su dolorosa historia; mas suprimió el nombre del principal personaje y lo sustituyó con la palabra un gran señor, dando de este modo á la prudencia lo que podía dársele en semejante apuro.

—¿Y no habéis tenido otro motivo? preguntó el cardenal, cuando D. Abundio hubo concluido.

—Acaso no me haya explicado bastante, respondió éste; bajo pena de la vida, me han intimado el no celebrar el matrimonio.

—¿Y es ésta una razón bastante para dejar de cumplir un deber preciso?

—Siempre he tratado de llenar mi deber aun á riesgo de grandes incomodidades; pero cuando se trata de la vida...

—¿Y cuando fuisteis presentado en la Iglesia, replicó Federico con acento aún más severo, para ser admitido al sagrado ministerio que habéis ejercido, la Iglesia os ha exceptuado el exponer la vida? ¿Os ha dicho que los deberes impuestos por este santo ministerio estuviesen libres de todo obstáculo, exentos de todo peligro? ¿Os ha manifestado que en donde empezaría el riesgo, cesaría el deber? ¿No os ha demostrado expresamente lo contrario? ¿No os ha advertido que os enviaba como un cordero en medio de los lobos? ¿No sabíais, pues, que había hombres violentos á quienes desagradaría lo que os fuese ordenado? Aquel de quien nosotros tenemos la doctrina y el ejemplo, á cuya imitación nos dejamos llamar y nos decimos pastores, viniendo á la tierra para llenar el peligroso cargo, ¿ha puesto acaso por condición que la vida estaría segura? ¿Y para salvarla, para conservarla algunos días más sobre la tierra, olvidando la caridad y el deber, era preciso, pues, que recibieseis la santa unción y la gracia del sacerdocio? El mundo basta para dar esta virtud, para enseñar esta doctrina. ¿Qué digo?, ¡oh, vergüenza! el mundo mismo la combate. El mundo hace también sus leyes que prescriben el bien y rechazan el mal; tiene igualmente su evangelio, un evangelio de orgullo y de odio; y no quiere que se diga que el amor á la vida sea una razón para traspasar sus órdenes. Lo quiere y es obedecido; ¡y nosotros, nosotros, hijos y mensajeros de la palabra de Dios!, ¿qué sería de la Iglesia, si vuestro lenguaje fuese el de todos vuestros colegas? ¿En dónde estaríais hoy si se hubiese anunciado al mundo con semejantes doctrinas?

D. Abundio permanecía con la cabeza baja; su corazón se hallaba bajo el peso de aquellos terribles argumentos, del mismo modo que un polluelo bajo las garras del halcón, que lo tiene suspendido en una región desconocida, en medio de una atmósfera que jamás ha respirado. Viendo enseguida que era absolutamente preciso contestar algo, dijo con forzada sumisión: “Monseñor ilustrísimo, he faltado; y ya que no se debe procurar por la vida, nada más tengo que decir; pero cuando uno tiene que habérselas con ciertas gentes que tienen, la fuerza en la mano y que no quieren escuchar razones, no veo qué es lo que se puede ganar con hacer el valiente; y con un señor como aquél, contra el cual no se puede vencer ni desquitar”.

—¿Ignoráis por ventura que el sufrir por la justicia es el modo que nosotros tenemos de vencer? Si no lo sabéis, ¿qué predicáis, pues? ¿Qué enseñáis? ¿Cuál es el Evangelio que anunciáis á los pobres? ¿Quién exige de vos que doméis la fuerza con la fuerza? Ciertamente no os será demandado en el día del juicio si habéis sabido reprimir á los poderosos, porque no se os ha dado ni la misión ni los medios, pero se os exigirá cuenta del modo que habéis ejecutado lo que os estaba prescrito, aun cuando se hubiera tenido la temeridad de prohibíroslo.