“Á la verdad que estos santos son bien extraños, pensaba entretanto D. Abundio: exprimid todo el jugo de sus discursos, y sacaréis en sustancia, que prefieren más el amor de dos jóvenes, que la vida de un pobre sacerdote”. Tocante á él, se hubiera contentado que la conversación acabase allí; pero veía al cardenal que á cada pausa permanecía con el ademán de uno que aguarda una contestación, una confesión ó una apología.
—Repito, monseñor, respondió enseguida, que he faltado: el valor no se puede inspirar al que no lo tiene.
—¿Y por qué, pues, podría deciros, os habéis encargado de un ministerio que os impone la tarea de estar siempre en guerra abierta con las pasiones del siglo? ¿Mas cómo, os diré más bien, cómo no pensáis que si en este ministerio, de cualquier modo que hayáis entrado, os es indispensable el valor para llenar nuestros deberes, el Todopoderoso os lo concederá infaliblemente cuando se lo pidiereis? ¿Creéis que tantos millares de mártires como ha habido, naturalmente tuviesen valor, que no hiciesen ningún caso de la vida, tantos jóvenes que empezaban á gozar de sus encantos, tantos ancianos que veían á cada instante que se les iba á escapar, tantas vírgenes, tantas esposas y tantas madres? Todos han tenido valor porque éste era necesario, y además, tenían confianza en Dios. Conociendo vuestra debilidad y vuestros deberes, ¿habéis procurado, por ventura, prepararos para las situaciones difíciles en que podíais encontraros y en las que os habéis hallado en efecto? ¡Ah!, si durante tantos años de ejercicio pastoral habéis amado vuestra grey (como no lo dudo), si habéis hecho descansar en ella vuestras afecciones, vuestros cuidados, vuestras más caras delicias, el valor no debía faltaros en caso de necesidad; el amor es intrépido. Si vos apreciáis á los que están confiados á vuestra custodia espiritual, á aquellos que llamáis vuestros hijos; á la verdad, si los amáis, cuando habéis visto á dos de estos amenazados al mismo tiempo que vos, ¡ah!, ciertamente, la caridad ha debido haceros temblar por ellos, como la debilidad de la carne os ha hecho temblar por vos mismo. Vos habréis sido humillado con este primer temor, porque era un efecto de vuestra miseria; habréis implorado la fuerza para vencerle, para arrojarle de vos, porque era una tentación; pero el temor santo y noble para el prójimo, para vuestros hijos, lo habréis atendido; él no os habrá sin duda dejado un momento de tregua ni reposo; os habrá excitado, arrastrado á pensar todo lo posible para separar de ellos el peligro que les amenazaba... ¿Qué es lo que os ha inspirado, pues, este temor, este amor?, ¿qué habéis hecho por ellos?, ¿qué habéis pensado hacer?
Y calló en ademán de quien aguarda una respuesta.
CAPÍTULO OCTAVO
Á una tal demanda, D. Abundio, á quien había costado mucho trabajo contestar á las preguntas muy poco precisas, se quedó sin articular una palabra. Y para decir la verdad, aun nosotros, con este manuscrito delante, con la pluma en la mano, no teniendo que disputar más que con las frases, ni otra cosa que temer que la crítica de nuestros lectores, también nosotros, repito, experimentamos una cierta repugnancia en proseguir: encontramos un cierto no sé qué de extraño en este deseo de presentar tan fácilmente tantos bellos preceptos de fortaleza y de caridad, de infatigable solicitud para los demás, de ilimitado sacrificio de sí mismo. Mas pensando en seguida que dichas cosas eran proferidas por un hombre que las ponía en ejecución, avancemos con valor.
—¿No respondéis?, replicó el cardenal. ¡Ah!, si hubieseis hecho lo que la caridad, lo que el deber reclamaba, de cualquier modo que las cosas hubieran ido, no os faltaría ahora una contestación. Vos mismo veis lo que habéis hecho: obedecisteis á la iniquidad sin cuidaros de lo que os prescribía el deber. Habéis seguido puntualmente sus órdenes; ella se ha manifestado á vos únicamente para significaros su deseo, pero quería permanecer oculta al que hubiera podido defenderse y ponerse en guardia contra ella; no quería despertar sospechas, sí únicamente el secreto, para madurar con comodidad sus proyectos de asechanzas ó de violencia; os ordenó infringir vuestros deberes y que callaseis; así lo habéis hecho. Os pregunto al presente si no habéis hecho más; decidme si es verdad que disteis falsas excusas para no revelar el motivo de vuestra negativa... Pronunciadas estas palabras, guardó silencio, esperando una contestación.
“¡También han referido esto las charlatanas!”, pensaba D. Abundio, pero no daba señales de tener nada que decir.
—¿Es verdad, prosiguió el cardenal, es verdad que habéis dicho á esas pobres criaturas lo que no había, para tenerlas en la ignorancia, en la oscuridad, en la que las quería la iniquidad?... Me veo obligado á creerlo; únicamente me resta el ruborizarme con vos, y esperar que lloraréis conmigo. ¡Ved adónde os ha conducido! (¡Dios clemente, sin embargo lo presentáis como una justificación!) ¡Ved, repito, adónde os ha conducido esa solicitud por una vida que debe concluirse! Ella os ha conducido... rebatid libremente estas palabras si os parecen injustas; tomadlas como una humillación saludable si no lo son... os ha conducido, vuelvo á decir, á engañar á los débiles, á mentir á vuestros hijos.
“He aquí cómo van las cosas”, decía aún D. Abundio entre sí, “á ese demonio encarnado (y pensaba en el Incógnito), los brazos al cuello; y á mí, por una nada, por una media mentira dicha con el solo fin de salvar el pellejo, tanto ruido; pero son superiores, y siempre tienen razón; ésta es mi estrella: todos tienen que pagarla conmigo, sin exceptuar ni aun los santos”. Después dijo en alta voz: