—He faltado, conozco que he faltado; pero ¿qué debía hacer en unas circunstancias tan críticas?
—¡Y todavía lo preguntáis! ¿No os lo he dicho ya?, ¿y debíais decírmelo? Amar, hijo mío, amar y rogar. Entonces habríais visto que la iniquidad puede amenazar, dar golpes, pero no órdenes; hubierais unido, según la ley de Dios, lo que el hombre quería separar, hubierais prestado á esos desgraciados inocentes el ministerio que tenían el derecho de pediros; Dios hubiera respondido de las consecuencias, porque se habían seguido sus mandatos; hoy que habéis ejecutado otros, sobre vos sólo recae la responsabilidad. ¡Y qué consecuencias, justo cielo! ¿Y qué haríais si todos los medios humanos os faltasen, si no hubiese ninguna senda abierta para salvaros, cuando apenas habéis mirado á vuestro alrededor, cuando ni aun habéis reflexionado ni tampoco dignado buscarlos un solo instante? Sabed, pues, que esos infortunados habían pensado en su fuga después de haber celebrado su casamiento; estaban dispuestos á huir lejos de la presencia del poderoso, y habían ya elegido el lugar donde refugiarse. Y aun sin esto, ¿no os ha venido á la memoria que al fin y al cabo teníais un superior?, ¿cómo se atrevería éste á revestirse de la autoridad para reprenderos el haber faltado á vuestros deberes, si no se creyese obligado á ayudaros á cumplirlos?, ¿por qué no habéis tratado de informar á vuestro obispo de los obstáculos que una infame violencia ponía al ejercicio de vuestro ministerio?
“Éste era el parecer de Perpetua”, pensaba dolorosamente D. Abundio, á quien en medio de todos estos discursos lo que tenía presente con más claridad, era la imagen de aquellos bravos, y la idea que D. Rodrigo estaba vivo y sano, y que un día ú otro volvería glorioso y triunfante y enardecido de rabia. Aunque aquella dignidad presente, aquel aspecto y lenguaje le hiciesen estar confuso y le imprimiesen cierto temor, era, no obstante, un temor que no le subyugaba y que no impedía el que su pensamiento se rebelase, porque calculaba que al fin de la cuenta, el cardenal no empleaba arcabuces, espadas ni bravos.
—¿Cómo no habéis reflexionado, proseguía Federico, que si aquellas inocentes víctimas no hubiesen tenido abierto ningún otro asilo, yo podía acogerles, ponerles en un lugar seguro en el momento que vos me los enviaseis, como si estuvieran adheridos á un obispo, como una cosa que le pertenecía, como la parte más preciosa, no digo de su cargo, sino de sus riquezas? Por lo que toca á vos, yo hubiera permanecido inquieto; me habría sido imposible descansar un momento hasta que os hubiese puesto en seguridad, procurando que no se os tocase ni siquiera uno solo de vuestros cabellos. ¿Imagináis que no hubiera sabido cómo asegurar vuestra vida? ¿Creéis que ese hombre, por atrevido que sea, no hubiera perdido su audacia, cuando hubiese llegado á su noticia que sus tramas eran conocidas fuera de aquí, conocidas de mí que velaba, que estaba decidido á emplear para vuestra defensa todos los medios que estuviesen en mi mano? ¿Ignoráis que si el hombre promete con frecuencia mucho más de lo que puede sostener, amenaza también algunas veces más de lo que no se atreve á ejecutar? ¿No sabéis que la iniquidad no solamente se funda en sus propias fuerzas, sino también en la credulidad y en el espanto de los otros?
“Justamente, la razón es de Perpetua”, pensó todavía D. Abundio, sin reflexionar que el hallarse de acuerdo su criada y Federico Borromeo sobre lo que se hubiera podido y debido hacer, era un fuerte argumento contra él.
—Pero vos, prosiguió el cardenal, no habéis visto, no habéis querido ver más que vuestro peligro temporal. ¿Cómo os ha podido parecer tan grande para sacrificar á él todo lo demás?
—Es porque yo vi aquellas caras feroces, se le escapó decir á D. Abundio; yo mismo oí sus terribles palabras. Vuestra señoría ilustrísima dice muy bien; pero sería preciso estar en el interior de un pobre sacerdote y haber presenciado aquella escena.
Apenas hubo pronunciado estas palabras, cuando se mordió la lengua. Conoció que se había dejado vencer demasiado por el despecho, y dijo entre sí: “Ahora va á descargar la nube”; pero levantando tímidamente la vista, se quedó sumamente admirado al ver al cardenal, al cual no le era dado jamás el adivinar ni comprender, ó más bien diré, pasar de aquella gravedad de mando y reprensión, á una compungida y pensativa.
—Es demasiado cierto, dijo Federico. ¡Tal es nuestra terrible y mísera condición: nosotros queremos exigir rigurosamente de los demás lo que Dios solo sabe si nosotros estaríamos dispuestos á dar: queremos juzgar, corregir, reprender, y Dios sabe lo que nosotros haríamos en el mismo caso, lo que hemos hecho en ocasiones semejantes! ¡Pero desgraciado de mí si quisiese tomar mi debilidad por medida del deber de los otros, por norma de mi instrucción! Sin embargo, es cierto que juntamente con las doctrinas, debo dar el ejemplo á mi prójimo, no para parecerme al fariseo que impuso á los demás enormes cargas, las cuales después no quiso él ni aun tocar con el dedo. Escuchadme pues, hijo mío, querido hermano: los errores de los que mandan son frecuentemente más conocidos de los demás que de ellos mismos; si vos sabéis que yo haya descuidado por desidia, por respetos humanos, alguno de mis deberes, decídmelo francamente, hacédmelo observar, á fin de que allí, donde ha faltado el ejemplo, sobrevenga á lo menos una humilde confesión. Mostradme libremente mis debilidades, y entonces las palabras adquirirán más valor en mi boca, porque experimentaréis más vivamente que no son mías, sino de aquel que puede darnos á ambos la fuerza necesaria para hacer lo que ellas prescriben.
“¡Oh, qué hombre tan santo, pero cuánto me atormenta!” decía interiormente D. Abundio: “Siempre está sobre sí; quiere que yo examine, remueva, critique, averigüe lo que encuentre malo en su conducta”; en seguida dijo en alta voz: