—¡Oh, monseñor se burla de mí! ¿Quién no conoce el corazón fuerte, el celo infatigable de vuestra señoría ilustrísima? Y añadió en su interior, “Más que infatigable”.
—Yo no os pediría alabanzas que me hacen temblar, porque Dios conoce mis faltas, y también yo me conozco bastante para confundirme; pero hubiera querido, querría que nos confundiéramos juntos ante él, para confiar igualmente ambos: desearía por amor á vos que comprendieseis cuán opuesta ha sido vuestra conducta y vuestro lenguaje á las leyes, que sin embargo, predicáis, y según las cuales seréis juzgado.
“Todo se vuelve contra mí”, pensó D. Abundio.
—Pero estas personas que han venido á referíroslo todo, no os han dicho que ellas se han introducido en mi casa á traición, para sorprenderme y hacerme celebrar un matrimonio contra las reglas.
—Me lo han dicho, hijo mío; pero lo que me aflige, lo que me aterra, es el ver que aún tratáis de excusaros, procurando acusar á vuestro prójimo acerca de lo que debería formar parte de vuestra confesión. ¿Quién ha puesto á esos infortunados, no digo en la necesidad, sino en la tentación de hacer lo que han hecho? ¿Hubieran buscado esta vía irregular, si la legítima no se les hubiese cerrado? ¿Habrían pensado en tender lazos á su pastor si ellos hubiesen sido recibidos en sus brazos, auxiliados y aconsejados por él?, ¿á sorprenderle, si no se hubiera escondido? ¡Y queréis ahora hacerles soportar el peso!, ¡y os indignáis porque después de tantas desventuras, ¿qué digo?, en medio de la misma desgracia, hayan dejado escapar una palabra de consuelo delante de su pastor y del vuestro! Que las reclamaciones del oprimido, que las quejas del afligido sean odiosas al mundo, lo comprendo; ¡pero á nosotros! ¿Y qué ventaja os hubiera producido su silencio? Hubierais ganado en esto que su causa fuese enteramente al juicio de Dios. ¿No es para vos una nueva razón (teniendo ya tantas) de amar á esas personas que os han procurado la ocasión de escuchar la voz sincera de vuestro obispo, que os han dado un medio más conveniente para conocer y descontar en parte la gran deuda que tenéis con ellos? ¡Ah!, si os hubiesen provocado, ofendido, atormentado, os diría (¡y tendría acaso necesidad de decíroslo!) que los amarais justamente por lo mismo. Queredlos porque ellos han padecido, porque todavía padecen, porque forman parte de vuestro rebaño, porque son débiles, porque tenéis necesidad de perdón, y para obtenerlo, juzgad cuánto pueden valer sus súplicas.
D. Abundio guardaba silencio, pero no con ese silencio forzado é impaciente; callaba, como aquel que tiene más que pensar que no decir. Las palabras que oía eran consecuencias inesperadas, aplicaciones nuevas de una doctrina, no obstante antigua en su mente y no contrastada. El mal de su prójimo, de cuya consideración le había distraido el miedo propio, le hacía al presente una nueva impresión. Si no sentía todos los remordimientos que la amonestación quería producir, á causa de aquel maldito miedo que estaba siempre allí para el papel de defensor oficioso, experimentaba á lo menos un cierto desagrado de sí mismo, cierta compasión hacia los demás, cierta mezcla, en fin, de ternura y vergüenza. Se asemejaba, si me es permitida la comparación, á la húmeda y retorcida mecha de una vela, que aproximada á la llama de una antorcha empieza á humear, luego chisporrotea, parece que rehúsa encenderse, mas por último lo verifica y luce bien ó mal. D. Abundio se hubiera acusado abiertamente, se habría lamentado de su conducta, si no hubiese tenido la idea fija en D. Rodrigo; sin embargo, se mostró bastante conmovido para que el cardenal dejase de conocer que sus palabras habían servido de algo.
—Ahora, prosiguió el cardenal, el uno está fugitivo fuera de su casa, la otra muy próxima á abandonarla; no tienen ambos más que motivos poderosos para permanecer alejados, sin ninguna probabilidad de verse jamás reunidos, y únicamente satisfechos, esperando que Dios los junte en la otra vida; ahora, ¡ay!, ellos no tienen necesidad de vos; al presente no tenéis motivo alguno de favorecerlos, y nuestra corta previsión no alcanza á descubrir lo que podrá suceder. ¿Pero quién sabe si Dios en su misericordia no os prepara la ocasión? ¡Ah, no la dejéis escapar!, ¡buscadla, estad al acecho, rogad que se presente!
—No dejaré de hacerlo, monseñor; no dejaré de hacerlo; yo os lo aseguro, respondió D. Abundio, con un acento que en aquel instante salía del corazón.
—¡Ah, sí, hijo mío, sí!, exclamó Federico, y con afectuosa dignidad continuó: ¡El cielo sabe que hubiera deseado tener con vos otra especie de conversación! ¡Los dos hemos vivido ya mucho en este mundo! ¡Dios sabe cuán penoso me ha sido el afligir vuestra ancianidad, teniendo que usar de las reprensiones!, ¡cuánta mayor satisfacción hubiera sido para mí el haber podido consolarnos mutuamente de nuestros cuidados comunes y de nuestras penas, hablando de la bienaventurada esperanza, de la cual estamos ya tan próximos!, ¡Dios quiera que las palabras que me he visto obligado á deciros, sirvan para ambos! No hagáis que él me tenga que pedir cuenta, en aquel día terrible, de haberos conservado en un sagrado ministerio, al cual tan desgraciadamente habéis faltado. Recobremos el tiempo perdido; la hora se acerca; el esposo no puede tardar; tengamos encendidas nuestras lámparas. Ofrezcamos á Dios nuestros miserables y vacíos corazones, para que se digne llenarlos de esa caridad que repara el pasado, que asegura el porvenir, que teme y espera, llora y se regocija con sabiduría; que nos conceda en todas ocasiones la virtud que tanta falta nos hace.
Dicho esto se levantó, y D. Abundio siguió sus pasos.