Aquí nuestro anónimo nos advierte que la anterior entrevista no fué la única que tuvieron los dos personajes, ni tampoco Lucía el solo objeto de sus conversaciones; pero que se ha limitado á esto, por no separarse demasiado del principal objeto de su narración; y que por el mismo motivo no hará mención de otras cosas notables dichas por Federico en todo el curso de la visita, ni de sus liberalidades, ni de las discordias apaciguadas, ni de los odios antiguos entre personas, familias y tierras enteras apagados (sucediendo por desgracia con demasiada frecuencia que solamente se adormecen), ni de algunos guapetones ó tiranuelos calmados por algún tiempo ó para siempre; todas cosas que no dejaban de suceder siempre más ó menos, en cada uno de los lugares de la diócesis en que aquel excelente personaje se detenía.
Después dice, que á la mañana siguiente fué D.ª Prajedes, según estaba convenido, á buscar á Lucía y á cumplimentar al cardenal, el cual colmó de alabanzas á la joven y se la recomendó eficazmente. Ya podrá figurarse el lector cuántas lágrimas costaría á Lucía el separarse de su madre; salió de la casita y dió el segundo adiós á su pueblo natal, con ese sentimiento de excesiva amargura que se experimenta al abandonar un paraje que fué el solo amado, y que ya no puede serlo más. Pero con respecto á su madre, no fué ésta su última despedida; porque D.ª Prajedes había anunciado que permanecería aún algunos días en su quinta, la cual no estaba lejos del pueblo; prometiendo Inés ir á ver á su hija, para dar y recibir un más doloroso adiós.
El cardenal se disponía también á marchar para continuar su visita, cuando llegó el cura de la parroquia en donde estaba situado el castillo del Incógnito, pidiendo tener una entrevista con él. Después de haber sido introducido, le presentó un paquete y una carta, en la cual rogaba á Federico que hiciese aceptar á la madre de Lucía cien escudos de oro que iban contenidos en dicho paquete, para que sirvieran de dote á la joven, ó para el uso que ambas juzgasen conveniente: al mismo tiempo le suplicaba se dignara decirles, que si alguna vez, en cualquier tiempo, necesitaban de sus servicios, la infeliz doncella no ignoraba por desgracia su morada; y que el prestarles su ayuda, sería para él uno de los sucesos más felices y deseados de su vida.
El cardenal mandó llamar á Inés al momento, y le participó la misión que acababa de recibir, la cual fué escuchada con tanta sorpresa como alegría; y puso en sus manos el paquete, que ella se apresuró á tomar sin hacer muchos cumplimientos. Que Dios recompense á ese señor, dijo, y ruego á vuestra señoría ilustrísima que le dé nuestras más sinceras gracias; pero que esto no lo sepa nadie, porque vivimos en un pueblo, que... Perdonadme; ya lo veis; sé demasiado que un señor como vos no va ahora á hablar de semejantes cosas; pero... su señoría ya me entiende.
En seguida se volvió á casa apresuradamente, encerróse en su habitación, y abrió el paquete. Aunque preparada, vació con admiración en un pañuelo todo aquel montón de zequíes que tan pocas veces había visto, y aun esto, solamente uno á uno: los contó, costóle gran trabajo el reunirlos y colocarlos unos sobre otros, porque á cada instante se escapaban de sus inexpertos dedos, y cayendo sobre la pila que tenía hecha, tenía que volver á empezar su trabajo: habiendo logrado por último hacer un cartucho lo mejor que le fué posible, lo envolvió en un trapo, atándolo cuidadosamente con un bramante y fué á esconderlo en uno de los rincones de su jergón. El resto del día no hizo más que desvariar, formar proyectos para lo sucesivo, y suspirar el día de mañana. Se acostó y permaneció algún tiempo despierta, atormentada por la idea del oro que tenía debajo; y dormida lo veía igualmente. Se levantó al rayar el alba, y se puso en camino para la quinta en la cual se hallaba Lucía.
La repugnancia que ésta experimentaba en hablar del voto que había hecho, no se disminuía; sin embargo, estaba resuelta á violentarse, confiándose á su madre en la siguiente entrevista, que por algún tiempo á lo menos debía llamarse la última.
Apenas pudieron estar solas, cuando Inés, con el semblante animado, y al mismo tiempo en voz baja como si temiera que alguno la oyese, empezó á hablar de este modo: “Tengo que darte una gran noticia”; y se puso á referir su inesperada fortuna.
—Dios bendiga á ese señor, dijo Lucía: así tendréis con que vivir felizmente, y podréis también hacer bien á alguno.
—¡Cómo!, respondió Inés; ¿no ves cuántas cosas podemos hacer con tanto dinero? Escucha: yo no tengo más hija que tú; más que los dos, puedo decir; porque á Renzo, desde que empezó á obsequiarte, lo he mirado siempre como un hijo mío. Todo está en que no le haya sucedido alguna desgracia al ver que no nos ha dado ninguna noticia de su persona. Pero, ¡vaya!, ¡acaso ha de ir todo mal! Confiemos en que no, y esperemos. En cuanto á mí, hubiera querido dejar los huesos en mi país; mas al presente, que tú no puedes permanecer en él, por culpa de ese bribón, y solamente al pensar que lo tendría cerca, he cogido odio al pueblo que me ha visto nacer. Hasta aquí, estaba resuelta á ir con vosotros, aunque hubiese sido hasta el fin del mundo; pero, sin dinero, ¿cómo hacerlo? ¿Comprendes ahora? Los pocos cuartos que el pobre Renzo había recogido con tantos afanes y á costa de una estricta economía, he aquí que ha ido la justicia con sus manos lavadas, y ha arramblado con todo; mas el Señor en recompensa nos ha enviado la fortuna. Así, pues, luego que haya encontrado el medio de que sepamos si existe ó no, en dónde está, y cuáles son sus intenciones, voy á buscarte á Milán, no lo dudes; en otro tiempo me hubiera parecido una gran cosa; pero las desgracias le hacen á uno abrir los ojos, y le prestan atrevimiento para todo: he ido hasta Monza, y por consiguiente, sé lo que es viajar. Escojo un hombre decidido, un pariente, como por ejemplo, Alejo de Magganiaco, que según todos dicen es hombre de resolución; ¿no es cierto?, voy á Milán en su compañía, hacemos los gastos y... ¿me comprendes?
Pero viendo que en vez de animarse, apenas podía Lucía ocultar su turbación, no manifestando más que una ternura sin consuelo, interrumpió su discurso, y dijo: “¿Qué tienes? ¿no eres de mi parecer?”.