—¡Madre mía!, ¡infeliz madre mía!, exclamó Lucía, echándole uno de sus brazos al cuello y ocultando su rostro bañado de lágrimas en el seno de aquélla.
—¿Qué te pasa?, preguntó de nuevo la madre con la mayor inquietud.
—Hubiera debido decíroslo antes, respondió Lucía levantando el rostro, y enjugándose las lágrimas, mas me ha faltado el valor; compadecedme.
—Pero, di; habla pues.
—¡No puedo ser mujer de ese desgraciado joven!
—¿Cómo?, ¿cómo?
Lucía, con la cabeza baja, respirando apenas, sofocada por las lágrimas que derramaba sin exhalar un solo gemido, como el que cuenta una cosa que no tiene remedio, reveló el voto que había hecho; y al mismo tiempo, juntando las manos, pidió de nuevo perdón á su madre de haberle tenido hasta entonces oculto aquel misterio. Suplicóle también, encarecidamente, que no lo dijese á alma viviente, y que la ayudase á cumplir lo que había prometido.
Inés se quedó estupefacta y consternada: quería mostrarse indignada á causa del silencio que su hija había guardado con ella; mas los graves pensamientos nacidos de esta circunstancia, ahogaron su resentimiento. Primeramente, trató de vituperar su resolución; pero después le pareció que era querer habérselas con el cielo; tanto más, cuanto que Lucía le pintaba con tan vivos colores aquella espantosa noche, su fatal desconsuelo y su imprevista salvación, en medio de todo lo cual, había formulado su promesa tan expresa y solemne. Inés escuchaba entretanto con la mayor atención, y cien ejemplos que había oído referir muchas veces, y que ella misma había contado á su hija, tocante á castigos extraños y terribles, ocasionados por la violación de algún voto, se le presentaban tumultuosamente en su imaginación. Después de haber permanecido un poco como suspensa, dijo: “¿Y ahora qué harás?”.
—Ahora, respondió Lucía, al Señor toca cuidar de ello; al Señor y á la Madonna: me he puesto en sus manos; hasta aquí no me han abandonado; tampoco me abandonarán ahora que... La gracia que pido al Señor, la sola gracia, después de la salvación de mi alma, es que me haga volver pronto á vuestro lado; él me la concederá; sí, confío en que me la concederá. Aquel día terrible... en aquel fatal carruaje... ¡Ah, Virgen Santísima!... entre aquellos hombres... ¡quién me había de haber dicho al verme conducida por ellos, que debía encontrarme con vos al día siguiente!
—¡Mas no decírselo pronto á tu madre!, continuó Inés con cierto enfado templado por el cariño y compasión.